jueves, 8 de octubre de 2009

I+D+I ZAPATERO, EL REVOLUCIONARIO DE POSTGRADO


No sé a qué viene ahora el sorprenderse por las actuaciones del “tonto de la Moncloa”. Zapatero no necesita ciencia ni nada de nada; el socialismo, en general, no la ha necesitado nunca a no ser en el Gulag. Zapatero lo sabe todo y, lo que ignora, es capaz de aprenderlo en dos tardes. ¡Admiremos la capacidad del genio! Las hijas le han salido góticas por la misma regla de tres que le podía haber salido una verruga. ¡Leamos la carta que ha dirigido a los maestros y admirémosle! ¡Treinta y tantas faltas de sintaxis en un folio! ¿No es genial? Pero, ¿quién ha dicho que se necesiten ciencia y científicos? Hitler tan solo necesitaba mengeles e inventores de V2;  a Stalin se le fue la mano y no pudo tener mengeles hasta más tarde, para empezar se cargó a todos los genetistas pues las revoluciones no necesitan ciencia, aunque sí necesitaba psiquiátricos. Tampoco la Revolución Francesa, como decían aquellos revolucionarios, necesitaba científicos por lo que todos los que fueron encontrados fueron pasados por la guillotina y si no que se lo pregunten a Lavoissier. Todo esto, desde luego, tiene su lógica pues la redención del hombre no la va a lograr la religión, o la política, o la ciencia, o la filosofía, o la sabiduría, así, en general. ¡No! ¡Os equivocáis! Eso sólo lo logrará el partido, el partido por antonomasia y su gran líder “papacito sabio y bueno .
Lo tremendamente desagradable de todo esto es que, la ciencia como otras muchas cosas, es poner en común, es por el bien común, necesita debate, verdad, libertad, justicia…, en definitiva, necesita una nación y, claro, no hay nación si faltan soldados y frailes.

domingo, 4 de octubre de 2009

PERSECUCIONES NO TAN SOLAPADAS



La diana de todos los odios en épocas como esta, siempre es el cristianismo, es cuando de un modo u otro arrecian las persecuciones. Aparte de otras cosas, el cristianismo siempre ha defendido[1], la familia, la persona y sus derechos, el arte, el saber y la razón. El totalitarismo comienza cambiando conceptos, desechando el saber y la razón, degenerando la enseñanza y persiguiendo la naturaleza humana; el cristianismo pues. Vuelvo s citar a Frossard cuando decía que la filosofía —la pseudofilosofía más bien— ha roto con la realidad para no oírla hablar de Dios.Cuando comienzan estos desastres humanos, como los que se han vivido en los últimos dos siglos y pico, siempre lo hacen por el mundo de los conceptos. El primer síntoma es cuando se vacían las iglesias, cosa que no ocurre como muchos creen, por falta de fe, sino por falta de curiosidad intelectual, aunque también influye la moda y el respeto humano, lo que, por otra parte, también es síntoma de pereza circunvolutiva. Cuando falla la razón, falla la fe y viceversa. Una vez conseguido esto es muy fácil, a los fieles que quedan, como son pocos, se les aparta, se les arrumba en el desván de la sociedad o tienda de antigüedades, cuando no se les elimina directamente. Entonces se comienza por la enseñanza y da la impresión de que el Estado presta durante un ratito, al día, los hijos a sus padres, siempre que estos no se extralimiten dejando de hacer con ellos lo ordenado por el Estado en esos breves momentos. El resto del tiempo, casi todo, los niños son del Estado. Esto se hace para redefinir a la persona, para que deje de serlo o hacerla de tal modo que satisfaga las pretensiones del demenciado poderoso de turno. Cuando este proceso está a medias —véase la España de Zapatero de cuya reversibilidad se empieza a dudar— se está en el proceso de la anulación de la razón, en el proceso de la fe pura que sustituye a la religión, que al contrario que el catolicismo, anonada a la persona y le impone unos ritos que intentan asemejarse a los de su religión de procedencia pero con otro dios: el Estado y sus pueriles representantes.

Quizá mucha gente no se ha dado cuenta, algunos, por desgracia, no se darán cuenta nunca, a otros les traerá cuenta y seguirán en el machito en este o aquel partido, en esta empresa o en aquel sindicato, confesando una cosa hoy y mañana otra…, es un nuevo mundo, un mundo en el que impera el diablo y, para nuestra desgracia, el imperdonable pecado contra el Espíritu Santo: el de los que pregonan que el mal ya no es el mal y que el bien es el mal. Siempre se aprende y es muy posible que, durante mucho tiempo, suframos el totalitarismo sin brutalidades. Será, o es ya, un totalitarismo en que el catolicismo y el pensamiento verdadero serán sustituidos por los simplones mitos sicológicos, sociológicos, antropológicos, pseudocientíficos, hipótéticos… Está naciendo una religión ultraortodoxa e hiperdogmática  progresista y laicista. Es decir, el totalitarismo de siempre, quizá con cara más amable, posiblemente porque ahora las imágenes son en color y no en vieja y desgastada película de blanco y negro.

He dicho muchas veces que no creo en la división “izquierda - derecha”, probablemente lo trataré con mayor extensión más adelante. De momento hay que poner sobre la palestra a la extrema izquierda —en España no hay otra suponiendo que semejante cosa no sea extremista siempre— en el sentido de su rápido crecimiento y en su empeño, obcecación o naturaleza, de tomar, como sea, generalmente mediante fraude de ley o por la fuerza, los medios de comunicación y la enseñanza. Desde ahí y a partir de ese momento el hombre normal y corriente se transforma en un monstruo peligroso: ultraconservador, fascista, ultraderechista… Muchas personas normales y corrientes acaban pensando que verdaderamente los son, tal es la reiteración del mensaje, y otros muchos optan por hacerse de la banda para no causar sospecha. Cuando toda esta falacia se aliña de un buenismo pleno de requiebros, ternezas y galanterías, los bobos sobreabundan casi tanto como sus monsergas y tabarras. Lo cierto es que es bastante nauseabundo para ser tolerado, no descartando que sea una de las peores torturas de estas dictaduras.
Creo que a estas alturas de lo que llevo escrito ya ha quedado bastante claro que todas estas sandeces que hoy vivimos no son otra cosa que una secularización de conceptos religiosos castrados y falseados. A esto es a lo que se llama modernismo, naturalismo, progresismo, relativismo o como se quiera. Desde el siglo XVIII se han ido añadiendo a este movimiento, subterráneo y no identificable por la mayoría, memeces de la Revolución Francesa, qué sé yo, como el liberalismo cartesiano, el marxismo, el racismo, ciertas concepciones democráticas y herejías como el luteranismo, el mahometismo, la new age… Al final todas son lo mismo: endiosamiento de lo natural y supresión de lo sobrenatural.

Este naturalismo o progresismo, o como se quiera llamar, ha producido una raza de seres nihilistas babeantes, considerablemente incultos, rechiflados en las deshonestidades sin corazón que confunden el humor con lo soez, ajenos a su propia sangre y anonadados por tópicos sin prueba. Su discurso es la mentira cuya argumentación más especiosa es la simple insistencia. Para semejante personaje, que denominaremos pasajeramente izquierdista, el que no comulga con su salmodia es de derechas y le atribuye todas las maldades existentes y por existir. Incluso le inventa una historia. En demasiados aspectos ni siquiera el franquismo apretó tanto la cincha a la burra.




[1] Sobre él se basan todo lo que de verdaderas y reales tienen estas palabras —las que siguen.

LA VIDA, ARGUMENTO IMPRESCINDIBLE.


Hace muchos años, en la época de la Transición, había argumentos, la gente se esforzaba por tener ideas sobre las cosas, incluso la gente que era de izquierdas leía algo, al menos hasta octubre de 1982 en que, desde el poder, se le dijo: “Vuestra es la sabiduría, la bondad, la verdad, la ciencia, la razón, la belleza, la democracia y la paz”. Los que jamás hemos creído en la existencia de eso que llaman “la izquierda y la derecha”, que es un invento de los que se creen de izquierdas, seguimos empeñados en aprender un poco cada día sobre algo, nada damos por hecho, por eso nos llaman reaccionarios, fachas o qué sé yo qué lindezas —siempre las mismas, ya debería saberlo—, y cuantos más argumentos encontramos, más censuras e insultos recibimos. Dado que el edificio de la mentalidad dominante está construido a base de infinidad de falacias, perfectamente demostrables de que lo son, el trabajo es divertido, pero, a veces, peligroso. Buscar la verdad en un mundo en el que tanta gente vive de la mentira siempre es peligroso, pero cuando la gran mentira que hay que combatir es la cultura de la muerte que se ha instalado en la sociedad, que alguien ha instalado en la sociedad como curalotodo, chollo, elixir o bálsamo de fierabrás, el odio se vuelve realmente persecución más o menos solapada. La cultura de la muerte pretende, por lo visto, dar solución a la cuestión social.
¿Y qué es la cuestión social? La cuestión social no es ni más ni menos que la cuestión de la pasta. ¿Y quién se lleva la pasta?  El que mata. ¿Con qué argumentos? Con ninguno, pues la madre de todos los argumentos es la vida.

Durante la aprobación de la Constitución del 78, o quizá en los primeros meses de 1979, escribí, torpemente, una serie de reflexiones sobre el tema de la vida que me tenía ya bastante preocupado. No podía de ningún modo entender —sigo sin poder hacerlo— como algunos encontraban, con tanta facilidad, alternativas a la vida con la excusa de salvaguardar valores que no existen sin ella[1]. Me parecían gentes muy bobas; ahora ya no, ya están avisadas, me parecen simplemente malas personas o, como poco, simples ignorantes abducidos por el infierno. Mi escrito no era filosóficamente muy allá pero sí  lo guardé durante años. Lo recuperé y lo publiqué en una pequeña revista local en 1992 ó 1993[2]. El susodicho escrito era este:

Había un médico en la Francia del siglo XVII que mataba a sus pacientes para así tener la seguridad de que también acababa con la enfermedad que padecían. Desde hace tres siglos, esa historia, se ha transformado en un chiste que ha hecho partirse de risa a unas cuantas generaciones. Hoy, a ese chiste, basado en la historia real de un asesino simplón y terrible, se le llama, con toda seriedad, eutanasia, muerte digna[3], o qué sé yo que otros subterfugios nominales. A quienes han provocado tan turbio debate social, curiosamente, no se les llama payasos, sino que se les llega a tomar muy en serio, llegan, en ocasiones, a diputados, ministros y presidentes. Del nebuloso debate quién sabe lo que saldrá, lo que sí es seguro es que se está perdiendo el sentido del humor. ¡Hay algo más terrible que debatir gravemente sobre un chiste!
La cuestión de la eutanasia es un jalón más de la atroz falta de pensamiento que tiene como hecho más deleznable, y moralmente reprobable, el mayor de los crímenes que existen: el aborto. Hace tiempo que en muchos países del mundo ya se permite, por tanto esperemos lo peor.
Para poder matar a un ser humano, y así resolver algún que otro problemilla provocado por las personas que tienen la osadía de venir a la existencia sin preguntar, hay que sacarlo de su especie porque parece claro que no está bien visto matar a un ser humano[4]. Suelen decir que lo que crece en el vientre de una mujer es una especie de colección de células amalgamadas de un modo particular pero que no van más allá de lo que es un simple tumorcillo benigno. El aborto vendría a ser algo así como cortarse el pelo o las uñas[5]. Para descargar conciencias se recurre al eufemismo, que es la mejor forma de enmascarar la verdad y hablar de embriones o pre embriones o cualquier otra cosa para no nombrar al niño, al ser humano. Es cierto que si decimos “embriones humanos” estamos diciendo que el embrión no puede ser menos que humano y ya sabemos que no está bien visto matar a seres humanos (mi parco saber científico, desde luego, no puede llegar a imaginar qué otra especie o subespecie puede gestar la mujer que no sea la especie humana. Un caso de atroz desprecio hacia la mujer, sin duda, aunque argüirán su defensa). Pero si decimos pre humano o pre persona, que también lo he oído y leído, nos encontramos en el campo de la perfección absoluta. Es como si desde la concepción, el pre humano, emprendiera un camino de perfección física, mental…, que con el transcurso del tiempo y los diversos avatares de la vida, llegara a alcanzarse en un momento dado. Pongamos a los treinta o cuarenta años o a la edad más conveniente y que mejor pueda parecernos desde los diversos puntos de vista. Lo más extraño es que después del súmmum de la perfección humana llegue poco a poco el declive y, finalmente, la muerte. ¡Vaya una perfección! ¿No será que el ser humano es imperfecto tal y como nos enseñaron en la escuela?
Lo cierto es que podemos llegar a un acuerdo sobre lo que sería la perfección humana. No sería difícil llegar al consenso de que esta consistiría en haber alcanzado la plenitud física y la plena sabiduría y, también, podríamos llegar al consenso de que eso es imposible con enorme rapidez. Pongamos que alcanzamos la plenitud física a los treinta años —más tarde ya parece poco probable, salvo casos aislados—, pero, a esa edad, uno, no tiene ni la experiencia ni la sabiduría de un hombre de setenta u ochenta años y, claro, a esa edad ya no se puede batir el record de los mil quinientos metros, ni siquiera de los cien, que es mucho menos. Parece, pues, claro que, el hombre, es un ser imperfecto, por muchas ayudas técnicas que pueda procurarse, desde que es concebido hasta su muerte y que el sentido común de nuestros maestros no era otra cosa que el sentido común del que empezamos a carecer alarmantemente.
El descenso del sentido común me consta, incluso otras atrofias de la modernidad, pero, aun así,  no entiendo, y me pregunto, con auténtico dolor, —si el hombre en ningún momento de su existencia es perfecto, es decir, no se le puede llamar HOMBRE, así, con mayúsculas—, por qué se llega a la conclusión de que se pueden matar personas antes de que nazcan, ¿por qué no antes de que empiecen a dar sus primeros pasos, o antes de que aprendan a hablar, o antes de que lleguen al uso de razón, o antes de que empiecen a pedir dinero, trabajo y Seguridad Social?: ¡Misterio! ¡Misterio absoluto!
La aceptación social actual del aborto, ¿hará que sí?, ¿hará que muy pronto, como sucedió no hace mucho, pueda estar aceptado el homicidio antes de alcanzar determinadas arbitrarias perfecciones?
Lo acabo de decir, pero nunca está de más repetir que ya ha ocurrido cuando se ha pensado en la supuesta perfección de la raza, de la clase, de la nacionalidad, del sexo, de la religión —con la única excepción del catolicismo[6]—. La puerta abierta por el aborto hace que no necesitemos tantas excusas para asesinar a la gente. Simplemente no es gente y no importa demasiado.


En fin, claro, soy cristiano, católico para más INRI, que es la única forma de ser un cristiano acorde. Al contrario que los que no los son, soy, como diría Frossard del cristiano, “el hombre que continuamente se alegra de no ser Dios porque sólo Tú lo eres”. Desde luego es desde ahí, solamente desde ahí, desde donde se puede llegar a ser hombre.
A veces se comienza a escribir escondiendo a Dios y sólo sacándolo a colación al final de los razonamientos de los que, aposta y no sé para afirmar qué, se le excluye; por regla general para no provocar el rechazo de los mentecatos de turno. Se pierde así casi todo el virtuosismo de ese pensamiento precisamente en un momento en que el cristianismo —sólo puede hacerlo el cristianismo—, tiene que volcarse en el restablecimiento de la razón. ¡Lo ha tenido que hacer ya tantas veces!




[1] Algunos dirán que ya están ellos vivos para salvaguardar esos valores, que no les hace falta nadie más. No lo dicen tan claro, pero sí mucho más insultantemente.
[2] No puedo precisar verdaderamente si realicé añadidos de importancia. No lo descartaría.
[3] La muerte es lo más indigno que conozco.
[4] Al menos de momento.
[5] Hoy en día sigue pensándose lo mismo y da un poco de risa que se siga utilizando este argumento cuando, a estas alturas, la televisión y los demás medios gráficos, nos muestran con diáfana claridad las fecundaciones in vitro o la experimentación en los laboratorios con embriones “vivos”. Que yo sepa no se raja a ninguna mujer para ello.
[6] Esto está puesto con todas las de la ley, desde luego, pero sobre todo está puesto para molestar a los gansos y a los simplones más analfabetos.

¡DISCURRE, CABEZÓN!


Hablando de esto, y en este sentido (post anterior publicado más abajo), hay infinidad de ejemplos en contra de la patraña reinante que podrían ayudar a pensar y defendernos, argumentos elaborados casi con el único método de parar un poco el trajín de la vida y pensar durante unos minutos para darnos cuenta de los garrafales errores de concepción a que nos someten y que admitimos. Dos simples ejemplos; el primero: decía don Julián Marías que el nacionalismo no era otra cosa que una simple enfermedad, una inflamación patológica de la condición nacional. Añadía que lo más curioso de todo es que si un pueblo se presenta como eminente y superior, dotado de excelencias y virtudes, ¿cómo se puede admitir que haya estado oprimido durante siglos, tal vez durante toda su historia? Se trataría de un pueblo realmente inferior, o bien la supuesta opresión es una falsedad. ¿Cómo es posible, me pregunto yo, que ni siquiera los políticos sepan defenderse y defendernos de esa patraña? Es fácil, ahí están los libros y la reflexión periódica en cortos periodos de tiempo. Si estamos donde estamos es por una acumulación de renuncias, no por falta de capacidad y sabiduría. Einstein decía algo así como que los malos no son los que hacen el mal sino los que se sientan a ver lo que pasa.

Segundo ejemplo: la prostitución vista como un oficio, el oficio más viejo del mundo —sempiterna esclavitud femenina—, como lección bien aprendida de lo “políticamente correcto” o “socialmente aceptable”. Pues, no, desde luego que no es un oficio, es simplemente una desgracia, una enorme desgracia que en el noventa y nueve por ciento de los casos es, además, una imposición horrorosa. Dice, muy gráficamente Vázquez Rial que el cliente de prostitutas es un violador que sabe que puede violar porque otro tiene su navaja puesta en el cuello de la mujer con la que se relaciona. Se paga al cómplice que amenaza a la víctima. Bastante gráfico y brutal, pero real.
Si los ciudadanos anduviésemos atentos a los argumentos más que a la propaganda del poder y de la pasta, otra sociedad tendríamos. Mucho mejor, sin duda, e infinitamente más divertida, lo malo es que habría poco espacio para los malos y los tontos.
Los dos ejemplos anteriores son evidencias y si anduviéramos más atentos encontraríamos infinidad de argumentos —incluso los elaboraríamos nosotros mismos con sorprendente perspicacia— en contra del engaño monumental al que estamos sometidos.

ZAPATERO Y SU ESTADO FUERTE


Es el Estado fuerte (el más fuerte es el de las dictaduras más atroces), propugnado por la progresía, el que garantiza la democracia, pero es mentira. Lo que sí garantiza son las formas de la democracia, que las deja tal y como son, bien conservadas, estables y petrificadas. Las verdaderas democracias nunca pueden ser progresistas porque están sometidas al cambio, a un camino de perfección quizá inalcanzable, en el que la libertad y, por tanto, la moralidad afiancen cada vez más su presencia. El progresismo sólo atiende a las formas, a la fachada, al exterior del sepulcro.
Realmente estamos viviendo una enorme calamidad, pues es un hecho que vivimos ya en una especie de reivindicación perpetua de lo que no tiene ningún valor. Siempre se ha dicho que la humanidad está en crisis, pero la deriva tomada, desde el siglo XVIII por la humanidad hacia el desastre es, por momentos, más evidente, más amenazante, más crisis que ninguna otra vivida por la humanidad desde su aparición sobre el planeta. Se cree, de hecho, que la tecnología y la ciencia ya nos han salvado, pero, la razón, lo niega tozudamente. Los signos alarmantes se multiplican y se hace oídos sordos a los continuos avisos. Se habla de ciencia sin parar, pero se ignoran y niegan los hechos con una obstinación que ni siquiera a los inventores de las teorías heréticas del siglo XVIII dejarían de asombrar y alarmar. J. J. Rousseau, aquel marrano mugriento en palabras de Castellani, del que provienen gran parte de las necedades de nuestros días, no daría crédito a lo ocurrido desde su tiempo; quién sabe si no pediría confesión y luego se recluiría en un monasterio para hacer penitencia el resto de su vida. En todo caso no confiaría demasiado en ello.
Mi impresión es que la gente ha decidido salvarse de manera errónea, de manera moderna y avanzada: renunciando a sí mismos, a sus talentos y capacidades, a la orden divina del pensamiento y la razón, a la imaginación, a la atención a los signos de los tiempos. Para la gente es del pasado todo lo que, desde el poder, se le dice que es del pasado. Es moderna solamente la conciencia inculcada desde el poder. Creo que ahí está el quid de la cuestión: una vez que se ha perdido la razón sólo queda el poder.
Es fácil verlo: desde el poder se educa, desde el poder se sana y enferma, desde el poder se dictan los gustos culinarios, desde el poder se dice de qué podemos y de qué no podemos morir, cómo y con quién nos acostamos, qué es verdad y qué es mentira, cuál debe ser nuestra creencia y pensamiento, se dicta la estética de la moda, el arte, la cultura, se borra la naturaleza humana y se sustituye por la zoología y, lo más grave, se nos hace creer que todo es por nuestro bien, como ya he dicho en otro post anterior. Lo decía mucho mejor C.S. Lewis: “De todas las tiranías ninguna más opresora que la ejercida por el bien de sus víctimas. Más vale vivir bajo barones rapaces que estar sometidos a la autoridad de metomentodos morales y omnipotentes. La crueldad del gobernante rapaz puede dormir a veces y su concupiscencia estar momentáneamente saciada, pero quienes nos torturan por nuestro propio bien lo hacen sin cejar nunca en su trajín, pues cuentan para ello, en todo momento, con el permiso y aprobación de la voz de su conciencia”.
Es desde ahí, desde el poder, desde donde, en definitiva, se define al ser humano, se le delimita, castra y suprime. Probablemente en este orden y con la venia de una sociedad ya persuadida mediante la corrupción del lenguaje.

MALOS Y TONTOS. TONTOS Y MALOS.


Es muy probable que alguien piense que escribo por soberbia, por dar lecciones, por distracción o por cualquier otro motivo raro, egoísta o espurio. Si bien es posible que pueda, en cualquier caso, calificarse de ese modo, verdaderamente escribo para escapar de la fila que va al matadero balando, como soniquete tremendo: “¡Es por nuestro bien! ¡Es por nuestro bien!”[1]
El caso es que te tomas un tanto en serio la vida, las personas, la sociedad y te pones a pensar profundamente en qué valores hay que defender, qué mentiras enormes atacar, cómo asegurar la libertad, cómo hacer presente la justicia, cómo preservar la dignidad humana y, de repente, te sale un marica vestido de obispo y haciendo gansadas, o un progre, medio idiota, con el pañuelito del terrorista Arafat liado al cuello, o un pacifista volcando contenedores y quemando coches, o un bobo de Green Peace poniendo en peligro la seguridad de un central nuclear intentando luchar por no se sabe qué, o…, en fin, un idiota hablando de profunda espiritualidad blandiendo algún libro de Paulo Coelho, incluso, otro, bajo el búdico árbol de su fortuna amasada a base del timo realizado esparciendo propaganda para memos, ordenarte que debes convertirte en un renunciante. Es decir, el típico renuevo laicista que no es otra cosa que un retorno confuso, en mezcolanza maloliente, de viejos tópicos.
Al final acaba uno dándose cuenta de cuánta razón encierra aquel dicho griego, fruto de la experiencia, que decía: “de nada demasiado”. Sin embargo, se acaba por tener la impresión de que los malos, en masa amorfa y moldeable quizá, son mayoría; es como si el diablo fuera un arrapiezo más.
Y es que, también, los malos y los tontos se confunden; los malos para no parecer malos, los tontos para que no los consideren tontos. Y se mezclan y se entremezclan para que andemos extraviados. Así, los unos, para esconder su aspecto execrable, se camuflan de mentecatos y, los otros, en el colmo de la necedad, se tornan reos voluntarios de crímenes, desmanes, ofensas y calumnias. Todos acaban haciéndose progres que es la única puerta, en apariencia, con el exterior que les queda: acceden, así, a la siguiente galería lóbrega e igual de profunda. Y es que el ocaso de una ideología va seguido fatal y desdichadamente, por el surgimiento de otra más burda y peligrosa.

 ¿Qué hacer cuando ruge la marabunta? ¿Qué hacer ante el sonsonete “¡es por nuestro bien!, ¡es por nuestro bien!”? Decía Jardiel que cada vez más hay que elegir entre la soledad y la vulgaridad, aunque en este aterrador caso, eso de la vulgaridad, me parece demasiado amable. Yo propongo cada vez esperar menos del Estado, renunciar incluso a las subvenciones para que el Estado controle menos nuestras vidas: más libertad es menos Estado. La libertad no es gratis nunca, pero es condición sine qua non para la moralidad. Hay que renunciar al amasijo progre —ahíto de la superioridad propia de la sumisión más inmaculada— de complejos sin ventilar, clichés, prejuicios y demás suspicacias propias del odio a lo humano y a su dignidad.
Está claro de lo que abjuro, pues no quiero tener que salir a la carretera a conducir como un loco y desfogar mientras acabo convertido en un simple aplastagatos y tener que aguantar, luego, por obligación, el estribillo: “No podemos conducir por ti! ¡No podemos conducir por ti!”. O tengo que emigrar a las profundidades de la tierra para poder fumarme un cigarro o zamparme una macrohamburguesa con un par de vasos de vino. No quiero Estado, no. Sólo quiero Estado para que gane las guerras que no se  puedan evitar, para que garantice un adecuado mínimo vital, para que no convierta en legal el delito y para que haga carreteras. Lo demás es inmiscuirse donde no le llaman, en lo que no entiende ni tiene ni idea. Sobre todo, debe evitarse que, el Estado, calumnie al pueblo y le busque enemigos como excusa para perpetrarle agresiones sin cuento.
Quizá alguien quiera hacerme la aclaración de que he estado hablando del Estado progre. Pues eso. Odio a más no poder ese rostro estatal que pone cara de caridad oculta, que vaga en la oscuridad de la razón, que inspira a Orwel y que propugna con vehemencia la aparición de los hombres grises de Momo.




[1] Soy demasiado ignorante como para hacerlo por algún otro motivo que no sea el miedo.