domingo, 4 de octubre de 2009

¡DISCURRE, CABEZÓN!


Hablando de esto, y en este sentido (post anterior publicado más abajo), hay infinidad de ejemplos en contra de la patraña reinante que podrían ayudar a pensar y defendernos, argumentos elaborados casi con el único método de parar un poco el trajín de la vida y pensar durante unos minutos para darnos cuenta de los garrafales errores de concepción a que nos someten y que admitimos. Dos simples ejemplos; el primero: decía don Julián Marías que el nacionalismo no era otra cosa que una simple enfermedad, una inflamación patológica de la condición nacional. Añadía que lo más curioso de todo es que si un pueblo se presenta como eminente y superior, dotado de excelencias y virtudes, ¿cómo se puede admitir que haya estado oprimido durante siglos, tal vez durante toda su historia? Se trataría de un pueblo realmente inferior, o bien la supuesta opresión es una falsedad. ¿Cómo es posible, me pregunto yo, que ni siquiera los políticos sepan defenderse y defendernos de esa patraña? Es fácil, ahí están los libros y la reflexión periódica en cortos periodos de tiempo. Si estamos donde estamos es por una acumulación de renuncias, no por falta de capacidad y sabiduría. Einstein decía algo así como que los malos no son los que hacen el mal sino los que se sientan a ver lo que pasa.

Segundo ejemplo: la prostitución vista como un oficio, el oficio más viejo del mundo —sempiterna esclavitud femenina—, como lección bien aprendida de lo “políticamente correcto” o “socialmente aceptable”. Pues, no, desde luego que no es un oficio, es simplemente una desgracia, una enorme desgracia que en el noventa y nueve por ciento de los casos es, además, una imposición horrorosa. Dice, muy gráficamente Vázquez Rial que el cliente de prostitutas es un violador que sabe que puede violar porque otro tiene su navaja puesta en el cuello de la mujer con la que se relaciona. Se paga al cómplice que amenaza a la víctima. Bastante gráfico y brutal, pero real.
Si los ciudadanos anduviésemos atentos a los argumentos más que a la propaganda del poder y de la pasta, otra sociedad tendríamos. Mucho mejor, sin duda, e infinitamente más divertida, lo malo es que habría poco espacio para los malos y los tontos.
Los dos ejemplos anteriores son evidencias y si anduviéramos más atentos encontraríamos infinidad de argumentos —incluso los elaboraríamos nosotros mismos con sorprendente perspicacia— en contra del engaño monumental al que estamos sometidos.

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