domingo, 4 de octubre de 2009

LA VIDA, ARGUMENTO IMPRESCINDIBLE.


Hace muchos años, en la época de la Transición, había argumentos, la gente se esforzaba por tener ideas sobre las cosas, incluso la gente que era de izquierdas leía algo, al menos hasta octubre de 1982 en que, desde el poder, se le dijo: “Vuestra es la sabiduría, la bondad, la verdad, la ciencia, la razón, la belleza, la democracia y la paz”. Los que jamás hemos creído en la existencia de eso que llaman “la izquierda y la derecha”, que es un invento de los que se creen de izquierdas, seguimos empeñados en aprender un poco cada día sobre algo, nada damos por hecho, por eso nos llaman reaccionarios, fachas o qué sé yo qué lindezas —siempre las mismas, ya debería saberlo—, y cuantos más argumentos encontramos, más censuras e insultos recibimos. Dado que el edificio de la mentalidad dominante está construido a base de infinidad de falacias, perfectamente demostrables de que lo son, el trabajo es divertido, pero, a veces, peligroso. Buscar la verdad en un mundo en el que tanta gente vive de la mentira siempre es peligroso, pero cuando la gran mentira que hay que combatir es la cultura de la muerte que se ha instalado en la sociedad, que alguien ha instalado en la sociedad como curalotodo, chollo, elixir o bálsamo de fierabrás, el odio se vuelve realmente persecución más o menos solapada. La cultura de la muerte pretende, por lo visto, dar solución a la cuestión social.
¿Y qué es la cuestión social? La cuestión social no es ni más ni menos que la cuestión de la pasta. ¿Y quién se lleva la pasta?  El que mata. ¿Con qué argumentos? Con ninguno, pues la madre de todos los argumentos es la vida.

Durante la aprobación de la Constitución del 78, o quizá en los primeros meses de 1979, escribí, torpemente, una serie de reflexiones sobre el tema de la vida que me tenía ya bastante preocupado. No podía de ningún modo entender —sigo sin poder hacerlo— como algunos encontraban, con tanta facilidad, alternativas a la vida con la excusa de salvaguardar valores que no existen sin ella[1]. Me parecían gentes muy bobas; ahora ya no, ya están avisadas, me parecen simplemente malas personas o, como poco, simples ignorantes abducidos por el infierno. Mi escrito no era filosóficamente muy allá pero sí  lo guardé durante años. Lo recuperé y lo publiqué en una pequeña revista local en 1992 ó 1993[2]. El susodicho escrito era este:

Había un médico en la Francia del siglo XVII que mataba a sus pacientes para así tener la seguridad de que también acababa con la enfermedad que padecían. Desde hace tres siglos, esa historia, se ha transformado en un chiste que ha hecho partirse de risa a unas cuantas generaciones. Hoy, a ese chiste, basado en la historia real de un asesino simplón y terrible, se le llama, con toda seriedad, eutanasia, muerte digna[3], o qué sé yo que otros subterfugios nominales. A quienes han provocado tan turbio debate social, curiosamente, no se les llama payasos, sino que se les llega a tomar muy en serio, llegan, en ocasiones, a diputados, ministros y presidentes. Del nebuloso debate quién sabe lo que saldrá, lo que sí es seguro es que se está perdiendo el sentido del humor. ¡Hay algo más terrible que debatir gravemente sobre un chiste!
La cuestión de la eutanasia es un jalón más de la atroz falta de pensamiento que tiene como hecho más deleznable, y moralmente reprobable, el mayor de los crímenes que existen: el aborto. Hace tiempo que en muchos países del mundo ya se permite, por tanto esperemos lo peor.
Para poder matar a un ser humano, y así resolver algún que otro problemilla provocado por las personas que tienen la osadía de venir a la existencia sin preguntar, hay que sacarlo de su especie porque parece claro que no está bien visto matar a un ser humano[4]. Suelen decir que lo que crece en el vientre de una mujer es una especie de colección de células amalgamadas de un modo particular pero que no van más allá de lo que es un simple tumorcillo benigno. El aborto vendría a ser algo así como cortarse el pelo o las uñas[5]. Para descargar conciencias se recurre al eufemismo, que es la mejor forma de enmascarar la verdad y hablar de embriones o pre embriones o cualquier otra cosa para no nombrar al niño, al ser humano. Es cierto que si decimos “embriones humanos” estamos diciendo que el embrión no puede ser menos que humano y ya sabemos que no está bien visto matar a seres humanos (mi parco saber científico, desde luego, no puede llegar a imaginar qué otra especie o subespecie puede gestar la mujer que no sea la especie humana. Un caso de atroz desprecio hacia la mujer, sin duda, aunque argüirán su defensa). Pero si decimos pre humano o pre persona, que también lo he oído y leído, nos encontramos en el campo de la perfección absoluta. Es como si desde la concepción, el pre humano, emprendiera un camino de perfección física, mental…, que con el transcurso del tiempo y los diversos avatares de la vida, llegara a alcanzarse en un momento dado. Pongamos a los treinta o cuarenta años o a la edad más conveniente y que mejor pueda parecernos desde los diversos puntos de vista. Lo más extraño es que después del súmmum de la perfección humana llegue poco a poco el declive y, finalmente, la muerte. ¡Vaya una perfección! ¿No será que el ser humano es imperfecto tal y como nos enseñaron en la escuela?
Lo cierto es que podemos llegar a un acuerdo sobre lo que sería la perfección humana. No sería difícil llegar al consenso de que esta consistiría en haber alcanzado la plenitud física y la plena sabiduría y, también, podríamos llegar al consenso de que eso es imposible con enorme rapidez. Pongamos que alcanzamos la plenitud física a los treinta años —más tarde ya parece poco probable, salvo casos aislados—, pero, a esa edad, uno, no tiene ni la experiencia ni la sabiduría de un hombre de setenta u ochenta años y, claro, a esa edad ya no se puede batir el record de los mil quinientos metros, ni siquiera de los cien, que es mucho menos. Parece, pues, claro que, el hombre, es un ser imperfecto, por muchas ayudas técnicas que pueda procurarse, desde que es concebido hasta su muerte y que el sentido común de nuestros maestros no era otra cosa que el sentido común del que empezamos a carecer alarmantemente.
El descenso del sentido común me consta, incluso otras atrofias de la modernidad, pero, aun así,  no entiendo, y me pregunto, con auténtico dolor, —si el hombre en ningún momento de su existencia es perfecto, es decir, no se le puede llamar HOMBRE, así, con mayúsculas—, por qué se llega a la conclusión de que se pueden matar personas antes de que nazcan, ¿por qué no antes de que empiecen a dar sus primeros pasos, o antes de que aprendan a hablar, o antes de que lleguen al uso de razón, o antes de que empiecen a pedir dinero, trabajo y Seguridad Social?: ¡Misterio! ¡Misterio absoluto!
La aceptación social actual del aborto, ¿hará que sí?, ¿hará que muy pronto, como sucedió no hace mucho, pueda estar aceptado el homicidio antes de alcanzar determinadas arbitrarias perfecciones?
Lo acabo de decir, pero nunca está de más repetir que ya ha ocurrido cuando se ha pensado en la supuesta perfección de la raza, de la clase, de la nacionalidad, del sexo, de la religión —con la única excepción del catolicismo[6]—. La puerta abierta por el aborto hace que no necesitemos tantas excusas para asesinar a la gente. Simplemente no es gente y no importa demasiado.


En fin, claro, soy cristiano, católico para más INRI, que es la única forma de ser un cristiano acorde. Al contrario que los que no los son, soy, como diría Frossard del cristiano, “el hombre que continuamente se alegra de no ser Dios porque sólo Tú lo eres”. Desde luego es desde ahí, solamente desde ahí, desde donde se puede llegar a ser hombre.
A veces se comienza a escribir escondiendo a Dios y sólo sacándolo a colación al final de los razonamientos de los que, aposta y no sé para afirmar qué, se le excluye; por regla general para no provocar el rechazo de los mentecatos de turno. Se pierde así casi todo el virtuosismo de ese pensamiento precisamente en un momento en que el cristianismo —sólo puede hacerlo el cristianismo—, tiene que volcarse en el restablecimiento de la razón. ¡Lo ha tenido que hacer ya tantas veces!




[1] Algunos dirán que ya están ellos vivos para salvaguardar esos valores, que no les hace falta nadie más. No lo dicen tan claro, pero sí mucho más insultantemente.
[2] No puedo precisar verdaderamente si realicé añadidos de importancia. No lo descartaría.
[3] La muerte es lo más indigno que conozco.
[4] Al menos de momento.
[5] Hoy en día sigue pensándose lo mismo y da un poco de risa que se siga utilizando este argumento cuando, a estas alturas, la televisión y los demás medios gráficos, nos muestran con diáfana claridad las fecundaciones in vitro o la experimentación en los laboratorios con embriones “vivos”. Que yo sepa no se raja a ninguna mujer para ello.
[6] Esto está puesto con todas las de la ley, desde luego, pero sobre todo está puesto para molestar a los gansos y a los simplones más analfabetos.

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