domingo, 4 de octubre de 2009

MALOS Y TONTOS. TONTOS Y MALOS.


Es muy probable que alguien piense que escribo por soberbia, por dar lecciones, por distracción o por cualquier otro motivo raro, egoísta o espurio. Si bien es posible que pueda, en cualquier caso, calificarse de ese modo, verdaderamente escribo para escapar de la fila que va al matadero balando, como soniquete tremendo: “¡Es por nuestro bien! ¡Es por nuestro bien!”[1]
El caso es que te tomas un tanto en serio la vida, las personas, la sociedad y te pones a pensar profundamente en qué valores hay que defender, qué mentiras enormes atacar, cómo asegurar la libertad, cómo hacer presente la justicia, cómo preservar la dignidad humana y, de repente, te sale un marica vestido de obispo y haciendo gansadas, o un progre, medio idiota, con el pañuelito del terrorista Arafat liado al cuello, o un pacifista volcando contenedores y quemando coches, o un bobo de Green Peace poniendo en peligro la seguridad de un central nuclear intentando luchar por no se sabe qué, o…, en fin, un idiota hablando de profunda espiritualidad blandiendo algún libro de Paulo Coelho, incluso, otro, bajo el búdico árbol de su fortuna amasada a base del timo realizado esparciendo propaganda para memos, ordenarte que debes convertirte en un renunciante. Es decir, el típico renuevo laicista que no es otra cosa que un retorno confuso, en mezcolanza maloliente, de viejos tópicos.
Al final acaba uno dándose cuenta de cuánta razón encierra aquel dicho griego, fruto de la experiencia, que decía: “de nada demasiado”. Sin embargo, se acaba por tener la impresión de que los malos, en masa amorfa y moldeable quizá, son mayoría; es como si el diablo fuera un arrapiezo más.
Y es que, también, los malos y los tontos se confunden; los malos para no parecer malos, los tontos para que no los consideren tontos. Y se mezclan y se entremezclan para que andemos extraviados. Así, los unos, para esconder su aspecto execrable, se camuflan de mentecatos y, los otros, en el colmo de la necedad, se tornan reos voluntarios de crímenes, desmanes, ofensas y calumnias. Todos acaban haciéndose progres que es la única puerta, en apariencia, con el exterior que les queda: acceden, así, a la siguiente galería lóbrega e igual de profunda. Y es que el ocaso de una ideología va seguido fatal y desdichadamente, por el surgimiento de otra más burda y peligrosa.

 ¿Qué hacer cuando ruge la marabunta? ¿Qué hacer ante el sonsonete “¡es por nuestro bien!, ¡es por nuestro bien!”? Decía Jardiel que cada vez más hay que elegir entre la soledad y la vulgaridad, aunque en este aterrador caso, eso de la vulgaridad, me parece demasiado amable. Yo propongo cada vez esperar menos del Estado, renunciar incluso a las subvenciones para que el Estado controle menos nuestras vidas: más libertad es menos Estado. La libertad no es gratis nunca, pero es condición sine qua non para la moralidad. Hay que renunciar al amasijo progre —ahíto de la superioridad propia de la sumisión más inmaculada— de complejos sin ventilar, clichés, prejuicios y demás suspicacias propias del odio a lo humano y a su dignidad.
Está claro de lo que abjuro, pues no quiero tener que salir a la carretera a conducir como un loco y desfogar mientras acabo convertido en un simple aplastagatos y tener que aguantar, luego, por obligación, el estribillo: “No podemos conducir por ti! ¡No podemos conducir por ti!”. O tengo que emigrar a las profundidades de la tierra para poder fumarme un cigarro o zamparme una macrohamburguesa con un par de vasos de vino. No quiero Estado, no. Sólo quiero Estado para que gane las guerras que no se  puedan evitar, para que garantice un adecuado mínimo vital, para que no convierta en legal el delito y para que haga carreteras. Lo demás es inmiscuirse donde no le llaman, en lo que no entiende ni tiene ni idea. Sobre todo, debe evitarse que, el Estado, calumnie al pueblo y le busque enemigos como excusa para perpetrarle agresiones sin cuento.
Quizá alguien quiera hacerme la aclaración de que he estado hablando del Estado progre. Pues eso. Odio a más no poder ese rostro estatal que pone cara de caridad oculta, que vaga en la oscuridad de la razón, que inspira a Orwel y que propugna con vehemencia la aparición de los hombres grises de Momo.




[1] Soy demasiado ignorante como para hacerlo por algún otro motivo que no sea el miedo.

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