domingo, 4 de octubre de 2009

PERSECUCIONES NO TAN SOLAPADAS



La diana de todos los odios en épocas como esta, siempre es el cristianismo, es cuando de un modo u otro arrecian las persecuciones. Aparte de otras cosas, el cristianismo siempre ha defendido[1], la familia, la persona y sus derechos, el arte, el saber y la razón. El totalitarismo comienza cambiando conceptos, desechando el saber y la razón, degenerando la enseñanza y persiguiendo la naturaleza humana; el cristianismo pues. Vuelvo s citar a Frossard cuando decía que la filosofía —la pseudofilosofía más bien— ha roto con la realidad para no oírla hablar de Dios.Cuando comienzan estos desastres humanos, como los que se han vivido en los últimos dos siglos y pico, siempre lo hacen por el mundo de los conceptos. El primer síntoma es cuando se vacían las iglesias, cosa que no ocurre como muchos creen, por falta de fe, sino por falta de curiosidad intelectual, aunque también influye la moda y el respeto humano, lo que, por otra parte, también es síntoma de pereza circunvolutiva. Cuando falla la razón, falla la fe y viceversa. Una vez conseguido esto es muy fácil, a los fieles que quedan, como son pocos, se les aparta, se les arrumba en el desván de la sociedad o tienda de antigüedades, cuando no se les elimina directamente. Entonces se comienza por la enseñanza y da la impresión de que el Estado presta durante un ratito, al día, los hijos a sus padres, siempre que estos no se extralimiten dejando de hacer con ellos lo ordenado por el Estado en esos breves momentos. El resto del tiempo, casi todo, los niños son del Estado. Esto se hace para redefinir a la persona, para que deje de serlo o hacerla de tal modo que satisfaga las pretensiones del demenciado poderoso de turno. Cuando este proceso está a medias —véase la España de Zapatero de cuya reversibilidad se empieza a dudar— se está en el proceso de la anulación de la razón, en el proceso de la fe pura que sustituye a la religión, que al contrario que el catolicismo, anonada a la persona y le impone unos ritos que intentan asemejarse a los de su religión de procedencia pero con otro dios: el Estado y sus pueriles representantes.

Quizá mucha gente no se ha dado cuenta, algunos, por desgracia, no se darán cuenta nunca, a otros les traerá cuenta y seguirán en el machito en este o aquel partido, en esta empresa o en aquel sindicato, confesando una cosa hoy y mañana otra…, es un nuevo mundo, un mundo en el que impera el diablo y, para nuestra desgracia, el imperdonable pecado contra el Espíritu Santo: el de los que pregonan que el mal ya no es el mal y que el bien es el mal. Siempre se aprende y es muy posible que, durante mucho tiempo, suframos el totalitarismo sin brutalidades. Será, o es ya, un totalitarismo en que el catolicismo y el pensamiento verdadero serán sustituidos por los simplones mitos sicológicos, sociológicos, antropológicos, pseudocientíficos, hipótéticos… Está naciendo una religión ultraortodoxa e hiperdogmática  progresista y laicista. Es decir, el totalitarismo de siempre, quizá con cara más amable, posiblemente porque ahora las imágenes son en color y no en vieja y desgastada película de blanco y negro.

He dicho muchas veces que no creo en la división “izquierda - derecha”, probablemente lo trataré con mayor extensión más adelante. De momento hay que poner sobre la palestra a la extrema izquierda —en España no hay otra suponiendo que semejante cosa no sea extremista siempre— en el sentido de su rápido crecimiento y en su empeño, obcecación o naturaleza, de tomar, como sea, generalmente mediante fraude de ley o por la fuerza, los medios de comunicación y la enseñanza. Desde ahí y a partir de ese momento el hombre normal y corriente se transforma en un monstruo peligroso: ultraconservador, fascista, ultraderechista… Muchas personas normales y corrientes acaban pensando que verdaderamente los son, tal es la reiteración del mensaje, y otros muchos optan por hacerse de la banda para no causar sospecha. Cuando toda esta falacia se aliña de un buenismo pleno de requiebros, ternezas y galanterías, los bobos sobreabundan casi tanto como sus monsergas y tabarras. Lo cierto es que es bastante nauseabundo para ser tolerado, no descartando que sea una de las peores torturas de estas dictaduras.
Creo que a estas alturas de lo que llevo escrito ya ha quedado bastante claro que todas estas sandeces que hoy vivimos no son otra cosa que una secularización de conceptos religiosos castrados y falseados. A esto es a lo que se llama modernismo, naturalismo, progresismo, relativismo o como se quiera. Desde el siglo XVIII se han ido añadiendo a este movimiento, subterráneo y no identificable por la mayoría, memeces de la Revolución Francesa, qué sé yo, como el liberalismo cartesiano, el marxismo, el racismo, ciertas concepciones democráticas y herejías como el luteranismo, el mahometismo, la new age… Al final todas son lo mismo: endiosamiento de lo natural y supresión de lo sobrenatural.

Este naturalismo o progresismo, o como se quiera llamar, ha producido una raza de seres nihilistas babeantes, considerablemente incultos, rechiflados en las deshonestidades sin corazón que confunden el humor con lo soez, ajenos a su propia sangre y anonadados por tópicos sin prueba. Su discurso es la mentira cuya argumentación más especiosa es la simple insistencia. Para semejante personaje, que denominaremos pasajeramente izquierdista, el que no comulga con su salmodia es de derechas y le atribuye todas las maldades existentes y por existir. Incluso le inventa una historia. En demasiados aspectos ni siquiera el franquismo apretó tanto la cincha a la burra.




[1] Sobre él se basan todo lo que de verdaderas y reales tienen estas palabras —las que siguen.

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