domingo, 4 de octubre de 2009

ZAPATERO Y SU ESTADO FUERTE


Es el Estado fuerte (el más fuerte es el de las dictaduras más atroces), propugnado por la progresía, el que garantiza la democracia, pero es mentira. Lo que sí garantiza son las formas de la democracia, que las deja tal y como son, bien conservadas, estables y petrificadas. Las verdaderas democracias nunca pueden ser progresistas porque están sometidas al cambio, a un camino de perfección quizá inalcanzable, en el que la libertad y, por tanto, la moralidad afiancen cada vez más su presencia. El progresismo sólo atiende a las formas, a la fachada, al exterior del sepulcro.
Realmente estamos viviendo una enorme calamidad, pues es un hecho que vivimos ya en una especie de reivindicación perpetua de lo que no tiene ningún valor. Siempre se ha dicho que la humanidad está en crisis, pero la deriva tomada, desde el siglo XVIII por la humanidad hacia el desastre es, por momentos, más evidente, más amenazante, más crisis que ninguna otra vivida por la humanidad desde su aparición sobre el planeta. Se cree, de hecho, que la tecnología y la ciencia ya nos han salvado, pero, la razón, lo niega tozudamente. Los signos alarmantes se multiplican y se hace oídos sordos a los continuos avisos. Se habla de ciencia sin parar, pero se ignoran y niegan los hechos con una obstinación que ni siquiera a los inventores de las teorías heréticas del siglo XVIII dejarían de asombrar y alarmar. J. J. Rousseau, aquel marrano mugriento en palabras de Castellani, del que provienen gran parte de las necedades de nuestros días, no daría crédito a lo ocurrido desde su tiempo; quién sabe si no pediría confesión y luego se recluiría en un monasterio para hacer penitencia el resto de su vida. En todo caso no confiaría demasiado en ello.
Mi impresión es que la gente ha decidido salvarse de manera errónea, de manera moderna y avanzada: renunciando a sí mismos, a sus talentos y capacidades, a la orden divina del pensamiento y la razón, a la imaginación, a la atención a los signos de los tiempos. Para la gente es del pasado todo lo que, desde el poder, se le dice que es del pasado. Es moderna solamente la conciencia inculcada desde el poder. Creo que ahí está el quid de la cuestión: una vez que se ha perdido la razón sólo queda el poder.
Es fácil verlo: desde el poder se educa, desde el poder se sana y enferma, desde el poder se dictan los gustos culinarios, desde el poder se dice de qué podemos y de qué no podemos morir, cómo y con quién nos acostamos, qué es verdad y qué es mentira, cuál debe ser nuestra creencia y pensamiento, se dicta la estética de la moda, el arte, la cultura, se borra la naturaleza humana y se sustituye por la zoología y, lo más grave, se nos hace creer que todo es por nuestro bien, como ya he dicho en otro post anterior. Lo decía mucho mejor C.S. Lewis: “De todas las tiranías ninguna más opresora que la ejercida por el bien de sus víctimas. Más vale vivir bajo barones rapaces que estar sometidos a la autoridad de metomentodos morales y omnipotentes. La crueldad del gobernante rapaz puede dormir a veces y su concupiscencia estar momentáneamente saciada, pero quienes nos torturan por nuestro propio bien lo hacen sin cejar nunca en su trajín, pues cuentan para ello, en todo momento, con el permiso y aprobación de la voz de su conciencia”.
Es desde ahí, desde el poder, desde donde, en definitiva, se define al ser humano, se le delimita, castra y suprime. Probablemente en este orden y con la venia de una sociedad ya persuadida mediante la corrupción del lenguaje.

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