martes, 24 de noviembre de 2009

LUCHADORES POR LA DEMOCRACIA

Estoy hablando de la Transición, fundamentalmente de la descomunal trola que nos están contando. La progresía se inventó que habían sido el PSOE y Santiago Carrillo los que habían traído la democracia, pero nada más alejado de la realidad.

La Transición comienza, realmente, con la designación, por parte del General Franco, de don Juan Carlos como su sucesor a título de Rey. El Rey, desde luego, intensificó el proceso y activó el diseño de don Torcuato Fernández Miranda —intelectual y político del franquismo— y todo esto que hoy vivimos —la democracia, la libertad postfranquista—fue refrendado por las Cortes franquistas y, finalmente, conducido por el Secretario General del Movimiento —el partido único franquista— don Adolfo Suárez.

Es cierto que la única oposición al franquismo fue la realizada por el PCE, pero resultó infinitamente más inteligente la tolerancia franquista y efectivo su servicio de información que dicha oposición no acabó siendo otra cosa que mero folklore. Lo más curioso es lo que cuentan muchos de esos militantes que estaban en la lucha contra el franquismo; casi todos coinciden en que lo que pretendían no era otra cosa que la revolución, es decir una dictadura soviética (mil veces atroz en comparación con el autoritarismo franquista) y no, ni de broma, la democracia.

Pensar hoy en que la gente sepa cómo fueron las cosas es labor casi inútil. Muy pocos que tengan menos de cincuenta años pueden acordarse de todo aquello. Todo lo que saben es prestado y, la inmensa mayoría, mentira. Todo ha sido tergiversado desde 1983 con un empeño que ha tenido tanto éxito que incluso ha sido plasmado en una ley, la ley de la mentira o de la Memoria Histórica. El empeño comenzado aquel año por el PSOE, que utilizó como instrumento fundamental al historiador Tuñón de Lara, a la sazón agente del KGB, ha tenido un éxito indudable y muy pocos que no tengan cincuenta años saben la historia real y no la de la propaganda socialista. Lo curioso es que mucha gente que lo vivió cree, por fuerza de la propaganda, que vivió otra.

La derecha, durante décadas ha dimitido de explicar la verdad y, en cierto modo, ha decidido, quizá por comodidad y sobre todo por cobardía, asumir la falaz explicación izquierdista. Que Fraga diga que él también luchó contra el franquismo desde dentro da cuenta de lo rendidos que están a la mendacidad progre los del PP, al menos en este asunto.

El antifascismo, tan cobarde él —por eso nació en 1945 cuando el fascismo ya estaba derrotado—, ejercía su función y caía en los mismos errores, o peores, que el fascismo que pretendía combatir. Sería largo de explicar ahora cuáles han sido los derroteros de ese movimiento que lo cala casi todo en la segunda mitad del siglo XX y de lo que llevamos del XXI. En España hubo que esperar hasta 1975 y siguientes, es decir, una vez muerto Franco, para que apareciera el antifascismo; aquí, lógicamente, se llamó y se llama antifranquismo y lo ejercen, cada vez con más fuerza, una caterva de cobardes mentirosos y aprovechados, puesto que el antifranquismo se subvenciona.

La consecuencia de todo esto es bien sencilla: fueron ellos, los antifranquistas (PSOE y S. Carrillo), los que trajeron la democracia y por tanto hay que emparentar ésta con aquella cosa que ellos montaron en los años treinta y que no tenía nada más que dos alternativas : la revolución o la guerra. Acabó en lo segundo pues había una mayoría de españoles que no querían morir o, como poco, ser esclavos. El genocida Carrillo y un desaparecido PSOE durante todo el franquismo quieren atribuirse la autoría de la democracia del 78. Es mentira, desde luego, la democracia la trajo el franquismo y no el antifranquismo. La izquierda lo sabe, por eso pretende una segunda transición. Una segunda transición hacia lo suyo, Hugo Chávez, Evo Morales, Fidel Castro, el islam, socialismo, comunismo, nazismo, fascismo, liberalismo cartesiano, nacionalismo… todo es lo mismo, simples herejías cristianas, elecciones terribles de simples aspectos parciales de la realidad y de considerar cualquier cosa más importante que el ser humano. Todos son simples colectivismos cuyo enemigo es el ser humano, el individuo y, por su puesto Dios. A Dios no le gustan ni las banderías ni los socialismos porque sólo sabe contar hasta uno, y ama a todos, a todos y cada uno. Sabe de bien común y no de colectivismos.

Confieso que nunca corrí delante de los grises, ni estuve en asambleas clandestinas, ni viajé a París en mayo. A todas esas cosas acudieron muy pocos, aunque yo me he encontrado con infinitos que dicen haber asistido a incalculables happenings, corralas o aquelarres antifranquistas. Cualquiera era capaz de defender a aquel partido terrible de Stalin, el Frente Popular, que no era otra cosa que una amalgama de partidos racistas, golpistas y totalitarios… (PSOE, ERC, PCE, diversas izquierdas republicanas, PNV…), y que si realmente fuera verdad que había tanta gente en contra del franquismo, para empezar, ni siquiera habría existido.

Quienes sí saben olfatear dónde están las prebendas y sinecuras son los artistas, actores, titiriteros y demás cómicos, saltimbanquis y volatineros. Hoy son más antifranquistas que nadie, véase Ana Belén, Víctor Manuel, Gila e infinidad de gente de esta índole que como éstos eran del régimen y vivieron cómodamente de él y en él.

Ya tiene narices que la democracia la trajeran los que se cargaron la IIª República, por cierto, en esencia, también la primera, aunque entonces estuvieran en pañales. Luego, a base de asesinatos se cargaron la época democrática más larga de la que, por el momento, ha disfrutado España, la Restauración. Pero ellos, los mentirosos, son los héroes; ellos, los colectivistas, son los que tajeron las libertades individuales... ¡manda huevos!. ¡Ah!, y ellos son, ni más ni menos, que el PSOE, IU, ERC, CIU, PNV y la ETA, el Bloque, y las personas no pueden ser otras que Pablo Iglesias, Carrillo, Largo Caballero, Aguirre, Ibarreche, Pujol, Prat de la Riba, Sabino Arana, Blas Infante...  ¡Que panda, Dios Santo! ¡No sé cuándo podremos librarnos de tanta patraña!

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