lunes, 21 de diciembre de 2009

O MORAL O INHUMANO.

Mientras se aprueba en primera instancia la legalización del aborto y, por tanto, la legalización del homicidio, aduciendo para ello las razones más peregrinas y los sentimentalismos más rastreros —eso sí, usando para ello las palabras más nobles—, suelen mentarse las cuestiones de la moralidad, la de la objetividad y otras muchas cosas que no acaban de entender muy bien o, más bien, mal.

Quienes están a favor del homicidio —que siempre ponen por delante el respeto a la libertad de los que matan, con toda la lógica— achacan siempre, a los que nos oponemos a la libertad de asesinar, que estamos influidos gravemente por ciertas actitudes morales y que, en semejante debate —es terrorífico que lo haya—, no deben entrar actitudes morales y, mucho menos, actitudes morales cristianas; como si hubiese alguna moralidad o ética verdaderas que no sean cristianas y puedan llamarse así, con la venia de la superioridad intelectual más peregrina que tanto impera, de ese modo.

Es un horror que, el ser humano, ya no cuente en absoluto para toda esa gente. Para ellos vale más un lince, un oso chino, o de los hielos, o cualquier criatura inferior que siempre será superior a cualquier persona o —como ya se trasluce de la diáfana claridad que conceden y reparten sus meninges—, sujeto contaminante y que estorba una enormidad a las ansias conservacionistas y de purificación de quienes mandan en esto, que no son otros que los progres o "decididores" de quienes son dignos de conservar la vida. Aproximadamente les sobran unos mil millones de seres humanos. Ni un solo lince, ballena, oso polar o progre les sobra, lo que dice mucho de cuáles son las razas superiores y de cómo se sabe que lo son. Independientemente de que yo recomiende aquí, encarecidamente, el respeto al medio ambiente --que hago por amor a la naturaleza, pero, sobre todo, por el propio bien del ser humano--, no hay nada que pueda tener el valor de un ser humano en ningún ambiente, ni siquiera el medio ambiente, porque no creo ni de broma que el hombre sea incompatible con el medio ambiente incluido el más puro y virgen.

Estos intelectuales se han quedado en la primigenia definición de ser humano que está muy bien para uso de la arqueología: ser racional. Es decir, que lo que nos diferencia del resto de los seres vivos es nuestra capacidad para pensar y construir cosas y estructuras que con el tiempo pueden rastrearse, o sea, nuestra inteligencia. Pero he aquí que, el ecorrojismo, acabó encontrando un nuevo argumento para igualar o, en general, rebajar la dignidad humana: el hecho de que los animales, bien que en grado mucho menor, también poseían inteligencia. Para el ecorrojismo las diferencias del ser humano con el resto de los animales habían quedado abolidas y, en caso de tener que elegir, siempre era mejor elección la de un animal en peligro de extinción que la de una persona, siempre y cuando no fuesen ellos los que anduvieran implicados en semejante elección.

Creo sinceramente que este argumento, el de la racionalidad, sólo sirve para justificar lo injustificable porque, si en algún punto coinciden chimpancés, delfines y seres humanos al hablar de inteligencia, no es menos cierto que la diferencia cualitativa y cuantitativa es tal que considerar inteligencia lo animal es más bien sacar las cosas de su contexto. En cualquier caso, si lo concedemos y optamos por despojarnos de la dignidad humana que tanto propugnan los ecorrojistas, no podemos conceder al resto de las especies la capacidad de obrar moralmente, ni siquiera en grado ínfimo, ni siquiera por imitación.

Ese es el quid de la cuestión: lo estrictamente humano es su capacidad de obrar moralmente. Se puede obrar moralmente al seguir el código de las buenas costumbres, del Derecho Natural, de la Revelación o directamente rechazar todo esto y optar por la oposición a la moral, es decir, la inmoralidad. El tiempo en el que vivimos ha dado en que veamos la aparición atroz, como jamás había ocurrido hasta ahora, de la amoralidad en una proporción desconocida.

Si el obrar moral o inmoralmente (hay quien evidentemente ha decidido hacerlo desde el principio) es una capacidad estrictamente humana, la amoralidad es el mayor intento de deshumanización que pueda hacerse y no va ya en el sentido de animalizar al ser humano sino de cosificarlo, de objetivarlo, de sacarlo de sí mismo. En realidad es la religión del Anticristo. Hay quien duda de la existencia del Diablo, los hay tan idiotas que no quieren que exista porque les causa miedo, por eso no creen en él. Es terrible que eso esté ocurriendo precisamente cuando cada vez se embosca menos.

La amoralidad la ejercen las piedras, los yerbajos, las amebas y, desde ahí, hasta los primates superiores pasando por la lombriz de tierra y la mula Francis. Si para hablar del aborto —o de cualquier otro tema— hay que prescindir de criterios morales, nuestras palabras sirven igual que las de un papagayo —véase Zapatero y, en general, la progresía—, nuestras leyes menos que el nido de un gorrión. Si esto es así, Hitler Stalin, Mao, Castro, Pol Pot… tenían razón, toda la razón. Lo peor es que algunos ya se la están dando.

¡Oh, tempora; oh, mores!

domingo, 13 de diciembre de 2009

NACIONALISMO Y CATOLICIDAD

Estos días se habla profusamente del voto afirmativo del PNV a la pretensión progre de legalizar el homicidio. No sé, desde luego, cómo, toda la gente que sabemos de la simpatía y apoyo a los separatistas asesinos, nos sorprendemos de esto. Yo pensaba que apoyaban a los etarras por su separatismo, pero resulta que no, que lo que más les gusta a los colectivistas es otra cosa. Así que no es casual que participaran aliados con el Frente Popular (la URSS) en la Guerra Civil y que poseyeran checas —todos sabemos para que servían las checas. Cierto es que cuando le vieron las orejas al lobo traicionaron al Frente Popular. 

Una de las cosas que más revientan es que se ponga de manifiesto siempre, al hablar del PNV, su tradición católica, confesional… Bien, vale, de acuerdo, mera palabrería. Creo que ha llegado el momento de los argumentos sencillos, sin complicaciones, de dejar de embrollar las cosas y emitir preguntas personales a cuestiones colectivas o viceversa: nacionalismo es, por definición, lo contrario de catolicismo. Catolicismo significa universal y proviene del griego. En su sentido literal significa “el que se queda con todo”. Si de ese todo sólo elegimos una parte nos empobrecemos y, de esa elección empobrecedora, proviene la herejía. Hereje, también proviene del griego y significa, literalmente, el que elige.

No existe, sin duda, una Iglesia española o francesa, y menos una iglesia vasca, riojana, bilbaína, irunesa o del duranguesado. Lo propio del nacionalismo es el victimismo al mismo tiempo que el ejercicio de un atroz complejo de superioridad que, comúnmente, se llama racismo. Un nacionalista siempre pensará que la basura de su casa es infinitamente mejor —mucho más nutritiva y sabrosa—  que la confitura del vecino. Catolicismo y nacionalismo son incompatibles, vuelvo a repetir y cuando, entre uno y otro puede surgir cierto conflicto, el nacionalista, siempre es nacionalista y en absoluto católico. Véase lo que ocurre cuando surge la contradicción más cruda y evidente. En ese momento podemos ver cuál es el verdadero rostro del nacionalista. Es más, cualquier nacionalismo funciona siempre de la misma forma, ahí está Durán y Lérida.

sábado, 5 de diciembre de 2009

LA RED Y LA LIBERTAD.

Andamos estos días con el sempiterno intento izquierdoso colectivista de imponer la censura que es propio de todo colectivismo nacionalsocialista, o progre a secas, que se precie. Ya lo intentó Montilla desde el Ministerio de Industria y, por supuesto, los colectivistas de las diversas porcioncillas nación. La red, para ellos es un peligro evidente, algo, en cierto modo, incontrolable y que, por tanto, los saca de quicio. La búsqueda de cualquier excusa para la censura se convierte, así, en el empeño primordial de quienes, al final, no tienen otro programa que el control, asalto y mantenimiento del poder, la esclavización de la sociedad mediante la desaparición de la ciudadanía y el control económico mediante la promulgación de naderías legislativas mientras se apela al sentimentalismo más bobo y rastrero.

La censura es un elemento imprescindible para que todo este estado de cosas se estabilice. Está claro que esto es leninismo puro y descarado, pero dada la gran desinformación que existe no tiene ninguna importancia y, aunque la gente tuviera esa información, les daría igual, el PSOE no va a renunciar a su programa máximo porque haya que respetar la libertad. Para ellos la libertad no existe porque no existe la verdad. Y si eso es así, es el poder el que justifica y legitima todo, así que a por él a costa de lo que sea y de quien sea.

Debemos darnos cuenta de esto porque, aunque muchos socialistas no podrían dar cuenta de ello, pues no saben articularlo, es algo casi grabado en sus genes, en su subconsciente. La censura es lo propio de ellos y basta nombrar el CAC en Cataluña y el intento de imponerlo en toda España, la persecución a muchos medios de comunicación hasta llegar a su cierre, las listas negras de periodistas…

Y eso, ahora con Zapatero y con Felipe, pero nada más apropiarse de la IIª República —hay que recordar que la trajo la derecha— promulgaron una Constitución contra la mayoría de los españoles y lo segundo que hicieron fue cerrar 11 periódicos que no les gustaban, también se dedicaron a quemar iglesias y conventos con ingentes cantidades de obras de arte, bibliotecas… Ahora también destruyen archivos y museos vía decretos estúpidos y cuasi incendiarios. Siempre hacen lo mismo.

Los que estos días andamos preocupados por los intentos de censura del gobierno no debemos despistarnos ocupados en los pequeños detalles. La SGAE es una mera excusa aunque sea un buen instrumento para el logro de sus pretensiones, pero en el mismo sentido va lo de los crucifijos, aunque más grave, porque es la prohibición pura y dura y sin el subterfugios de la defensa de derechos de autor. Lo más grave, y atentos a ello, es la futura ley de Libertad Religiosa. Van de cabeza a meter en la cárcel a todo el que discrepe y diga lo que no debe. La promulgación de esa ley, si lo consiguen, va directamente a cargarse la RED, pues la Libertad Religiosa es la madre de la Libertad de Expresión. Esa ley va directamente contra el catolicismo, el cristianismo… no contra otras religiones a las que utiliza como ariete contra los cristianos. En el cristianismo es la libertad de creencia la que lleva a la elaboración de un pensamiento, de una argumentación, de unas ideas que, luego, se expresan o no según la voluntad y libertad de cada uno. La ley de Libertad Religiosa no va, en realidad, contra la creencia, va contra la Libertad de Expresión, contra la libertad de expresar lo que se piensa. He aquí cómo una ley engañosa en sus concreciones va contra la libertad en general, contra la libertad primigenia.

Lo más curioso es que siempre tenga que ser el cristianismo el que se tenga que enfrentar a estas cosas y ser, desde sus presupuestos, desde donde continuamente vienen a salvarse las sociedades civiles. Las democracias más avanzadas y respetuosas de la libertad y del ser humano no son otra cosa que el producto de un proceso histórico de comprensión de lo cristiano, por supuesto que dicha comprensión está siempre en vías de perfeccionamiento. Los ataques más feroces a esas democracias provienen, curiosamente y con toda la lógica, de las herejías cristianas: pelagianismo, judaizantes, islam, enciclopedismo, revolucionarismo, marxismo y nazismo, fascismo —que proviene del socialismo—, ateísmo, agnosticismo, protestantismo, progresismo, liberalismo cartesiano, individualismo…

¡Ah, y el PP, mirando las musarañas, hablando sólo de una crisis que todo el mundo está sufriendo ya!

jueves, 3 de diciembre de 2009

CRUCIFIJOS



Cierto que, bien aconsejado por el diablo, el hombre se las tuvo tiesas con Dios durante el siglo XX. Todas las barbaridades de ese siglo, inspiradas en las teorías heréticas de los enciclopedistas del siglo XVIII y que fueron tamizadas, sutilizadas y finalmente aplicadas por todos los bárbaros del XIX y XX, eran cosa no tan del diablo como del hombre. Durante casi todo ese tiempo, el diablo, estuvo cómodamente sentado y encantado de la vida. Casi todas esas barbaridades son sólo una muestra de lo lejos que puede llegar el hombre por sí solo, enfrentándose a Dios, mordiendo la manzana del paraíso que le daba el conocimiento del bien y del mal. El diablo solamente nos había mostrado la manzana y nos había dicho: "¡Vosotros podéis!

En las últimas décadas del XX se vio con claridad que todo ese entramado de ideas, ideologías e ideuchas eran un bluf, un fracaso intelectual cuyos frutos habían sido terribles. El diablo lo vio venir con claridad cuando en el sesenta y ocho pudo comprobar la enorme debilidad de esos presupuestos y sus últimos estertores. En 1989 caía todo ese edificio, exactamente doscientos años después del comienzo de la Revolución Francesa y cien después del nacimiento de Hitler.

El diablo ha espabilado y ya no quiere ideologías, pues, aunque las inspire él, no le queda más remedio que admitir que sea el hombre quien las desarrolle. Al hombre le ha dado Dios la libertad y el diablo nada puede contra ello. Así es que, ha decidido, y es muy fácil de comprobar, inspirar el no hacer caso de argumentos, razones, ideas… Todo eso le repele y repugna absolutamente y, además, es la única forma posible de obviar o dar un rodeo para poder librarse de la libertad humana. Quien se deja inspirar de ese modo se cree poseedor de todas las razones simplemente porque no usa ni tiene ninguna. El espejismo que esa gente vislumbra es descomunal y ya muy fácil de ver. Se hace el mal por el mal mismo (ver el post anterior, más abajo) y no se da otra razón que la de que es lo que hay que hacer, es lo progresista, es lo moderno, los demás sois unos carcas y sanseacabó.

El crucifijo no sólo es un elemento cultural, el símbolo y alimento fundamental de la Civilización Occidental —dicho sea de paso, la única civilización propiamente dicha—, sino que por él sabemos (metiendo por medio desde el derecho natural, la declaración de los DDHH, y la teoría de la Relatividad, por poner) que las demás no pueden considerarse civilizaciones, pues son más barbarie que civilización, y si, como quiere Zapatero, tenemos que aliarnos con esas civilizaciones tendremos, obligatoriamente, que asalvajarnos y barbarizarnos. En otras palabras: culturas hay muchas, pero civilización no hay nada más que una.

Pero esa civilización, la que ha puesto al hombre en la luna, la de los adelantos médicos, medios de locomoción, comunicación etc., no hubiera sido posible sin el cristianismo, sin la cruz, sin Cristo. Y el que no lo ve es porque es medio memo o pertenece ya a la banda del diablo.

El diablo, además, sólo tiene una teoría. La usa continuamente, embozada o disfrazada de modos diversos. Vía Pelagio, en el siglo IV, retomó Rousseau lo que llevamos sufrido y, tras su fracaso en 1945 y 1989, ahora nos lleva al siglo VII. Ya no es la patria del proletariado, sea obrero o ario, lo que propugna, sino la umma musulmana o internacional islámica, que es exactamente lo mismo, la misma historieta, el sempiterno reto sangriento del socialismo, del modernismo o de cómo quiera llamarse.

¡Cuidado! Ahora es el auténtico y, quizá, final engaño y embozo. Tras el velo terrible del Islam, está él. El Islam sólo es otra nueva pantalla, pretende engañarnos con el peligro islámico, pero lo peligroso es lo que está detrás: el vacío, la ausencia, la nada que el hombre lleva dentro. Se puede quitar un escudo o una bandera, se puede quitar la media luna, la hoz y el martillo o el puño y la rosa. Sin embargo nunca se quita un crucifijo, sino que se sustituye.

Probablemente, en muchos lugares, ya no habrá crucifijos y no importa si ponen la media luna o no, no importa si ponen la hoz y el martillo o no. Lo que importa es si no hay nada, porque si no hay nada habrá triunfado la negación del crucifijo. Decía Goethe que el diablo es el espíritu que siempre niega.

Si quitamos el crucifijo, y lo que ello significa, estaremos despreciando la razón, el argumento, la Civilización. El evidente Pecado original, tan visible durante los tres últimos siglos, se hará menos evidente, pues ya no queremos razones, ya no queremos saber cuál es el bien o el mal. Ahora ya sólo maldad, sólo muerte, aborto, eutanasia, experimentaciones celulares engañosas y horribles… (sigan ustedes poniendo lo que quieran). Lo que significa es absolutamente terrible porque la naturaleza odia el vacío y donde estaba Dios ya no hay nada, quizá sólo el hombre adorándose a sí mismo y a sus obras, como los locos, para acabar adorando al diablo que es lo que, sin Dios, lleva el hombre dentro.

Tras el pecado original hubo un gran malestar en el paraíso: "ganarás el pan con el sudor de tu frente…., parirás con dolor…". Lo más curioso es que Adán y Eva no fueron expulsados del paraíso por esa razón. Dios se decidió a expulsarlo porque "no vaya a tomar también del fruto del árbol de la vida".

Ya estamos ahí y en el tris de adorar al diablo públicamente.

Que nadie me venga con que el crucifijo es sólo un símbolo de paz o alguna otra zarandaja parecida. Si lo que pasa en España fuera sólo en España quizá no tuviera mucha importancia. Desgraciadamente España no es ninguna excepción y, cuando se afiance la ausencia estaremos perdidos.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

ABORTO



Vivimos una época en la que parece que la ponderación ha pasado al baúl de los recuerdos. Si la muerte se convierte en un derecho —y no hay que hacer distinción si el que hay que matar es un nonato, un enfermo, un loco, un asesino, un down, un cojo, o tú, o yo—, la vida no podrá serlo en ese mismo sentido porque es su negación. Si fruto de la leyezuela esta de la Bibiana surge el conflicto entre el derecho a la vida y derecho a la muerte, tanto el Estado como cualquier otro agente y sujeto de esos derechos podrá ejercerlos a voluntad o, al menos, con las prevenciones aplicables que con el transcurso del tiempo vayan apareciendo.

Esto, si no fuera tan tremendo, sería graciosísimo y curiosísimo. Hete aquí que toda una nación escapa de los constructores de las pirámides y durante cuarenta años vaga por el desierto buscando el "no matarás" que, finalmente, encuentra en el Sinaí. Es como si acabaran de poner a la humanidad sobre la faz de la tierra y, al Zapatero este, no se le hubiera ocurrido otra cosa que la idea genial de "vamos a calzarnos a todos los que podamos a ver qué pasa". ¡Huy. huy, huy qué barbaridad hemos hecho! -esto vendrá después y tendrá la culpa Aznar, Bush, la guerrrrrra de Irak, Franco, Rouco o la Iglesia, así, en general dado que Pepiño y Bono dicen ser católicos, al menos tanto, según ellos, como san Ramón.

Es tremendo a estas alturas de la civilización Occidental tener que estar escribiendo sobre defender la vida. Después de un siglo XX tan terrorífico todavía hay tanta gente que está por la labor dando las excusas que primero se le presentan. Se ve a las ministras contentísimas: "Ya se puede matar, chicas. Esos que se oponen son nazis, les gusta Auswicht y el Gulag". ¡Pues, vale!

El estar contra lo que hay —la vida es lo más evidente— siempre ha sido lo propio del socialismo y todas sus variantes. Su intransigencia e hipersensibilidad en este sentido —también en otros— es el paradigma de semejante ideología. Esto, y no la gran mentira, repetida hasta la exasperación, del talante, la solidaridad y toda esa caterva de términos utilizados en plan propaganda mentirosa y siempre con la intención de sustituir al cristianismo y engañar a los menos sabios y avisados.

Otra cuestión es que, al tratar con esta gente, hay que perder toda esperanza de que los argumentos y las razones sirvan para algo. No tiene sentido, es como echarles perlas a los cerdos. Ellos sólo son capaces de decir que ninguna mujer debe ir a la cárcel por un aborto. Yo imagino que quien mata lo debe pagar, si no estaríamos apañados, pero admito que a mí se me hace muy cuesta arriba el meter en la cárcel a una mujer que haya abortado, porque ella es la segunda víctima del aborto. De hecho hace muchas décadas que no hay ninguna mujer de estas en la cárcel.

Pero estos progres son lo que son, incorregibles y desesperantes… y malos, pues deberían empecinarse en otras cosas. Todo lo que ha quedado de aquella historieta de romper los tabúes, de la llamada revolución sexual no es otra cosa —creo que lo vi en Intereconomía hace ya meses—que clínicas matadero, carnicerías y cloacas. La maldad monda y lironda es el agente principal de toda esta historia, hace pocos días en un ataque a la sede de Red Madre de Madrid se hizo una pintada que decía :"Os beberéis la sangre de nuestros abortos". Y lo realmente grave, aparte del asesinato en masa en sí, es que ese asesinato, es la nota distintiva de quien odia a Cristo, a su Iglesia y a sus seguidores. Es el hecho de darse a esa irreligiosidad —que no rechaza otras religiones o barbaries— tan atroz no es otra cosa que una forma aguda y estrafalaria de religiosidad (me es doloroso utilizar esta palabra). Eso es el laicismo y, por más retórica que le pongan, por más que traten de intelectualizar esa postura, es imposible zafarse del hecho de la transcendencia; y lo es porque el hombre es un ser dependiente y fronterizo. Quien propone el ateísmo es un simple integrista pues no quiere pensar en otra cosa que en lo que le han impuesto o se ha impuesto él mismo.