miércoles, 2 de diciembre de 2009

ABORTO



Vivimos una época en la que parece que la ponderación ha pasado al baúl de los recuerdos. Si la muerte se convierte en un derecho —y no hay que hacer distinción si el que hay que matar es un nonato, un enfermo, un loco, un asesino, un down, un cojo, o tú, o yo—, la vida no podrá serlo en ese mismo sentido porque es su negación. Si fruto de la leyezuela esta de la Bibiana surge el conflicto entre el derecho a la vida y derecho a la muerte, tanto el Estado como cualquier otro agente y sujeto de esos derechos podrá ejercerlos a voluntad o, al menos, con las prevenciones aplicables que con el transcurso del tiempo vayan apareciendo.

Esto, si no fuera tan tremendo, sería graciosísimo y curiosísimo. Hete aquí que toda una nación escapa de los constructores de las pirámides y durante cuarenta años vaga por el desierto buscando el "no matarás" que, finalmente, encuentra en el Sinaí. Es como si acabaran de poner a la humanidad sobre la faz de la tierra y, al Zapatero este, no se le hubiera ocurrido otra cosa que la idea genial de "vamos a calzarnos a todos los que podamos a ver qué pasa". ¡Huy. huy, huy qué barbaridad hemos hecho! -esto vendrá después y tendrá la culpa Aznar, Bush, la guerrrrrra de Irak, Franco, Rouco o la Iglesia, así, en general dado que Pepiño y Bono dicen ser católicos, al menos tanto, según ellos, como san Ramón.

Es tremendo a estas alturas de la civilización Occidental tener que estar escribiendo sobre defender la vida. Después de un siglo XX tan terrorífico todavía hay tanta gente que está por la labor dando las excusas que primero se le presentan. Se ve a las ministras contentísimas: "Ya se puede matar, chicas. Esos que se oponen son nazis, les gusta Auswicht y el Gulag". ¡Pues, vale!

El estar contra lo que hay —la vida es lo más evidente— siempre ha sido lo propio del socialismo y todas sus variantes. Su intransigencia e hipersensibilidad en este sentido —también en otros— es el paradigma de semejante ideología. Esto, y no la gran mentira, repetida hasta la exasperación, del talante, la solidaridad y toda esa caterva de términos utilizados en plan propaganda mentirosa y siempre con la intención de sustituir al cristianismo y engañar a los menos sabios y avisados.

Otra cuestión es que, al tratar con esta gente, hay que perder toda esperanza de que los argumentos y las razones sirvan para algo. No tiene sentido, es como echarles perlas a los cerdos. Ellos sólo son capaces de decir que ninguna mujer debe ir a la cárcel por un aborto. Yo imagino que quien mata lo debe pagar, si no estaríamos apañados, pero admito que a mí se me hace muy cuesta arriba el meter en la cárcel a una mujer que haya abortado, porque ella es la segunda víctima del aborto. De hecho hace muchas décadas que no hay ninguna mujer de estas en la cárcel.

Pero estos progres son lo que son, incorregibles y desesperantes… y malos, pues deberían empecinarse en otras cosas. Todo lo que ha quedado de aquella historieta de romper los tabúes, de la llamada revolución sexual no es otra cosa —creo que lo vi en Intereconomía hace ya meses—que clínicas matadero, carnicerías y cloacas. La maldad monda y lironda es el agente principal de toda esta historia, hace pocos días en un ataque a la sede de Red Madre de Madrid se hizo una pintada que decía :"Os beberéis la sangre de nuestros abortos". Y lo realmente grave, aparte del asesinato en masa en sí, es que ese asesinato, es la nota distintiva de quien odia a Cristo, a su Iglesia y a sus seguidores. Es el hecho de darse a esa irreligiosidad —que no rechaza otras religiones o barbaries— tan atroz no es otra cosa que una forma aguda y estrafalaria de religiosidad (me es doloroso utilizar esta palabra). Eso es el laicismo y, por más retórica que le pongan, por más que traten de intelectualizar esa postura, es imposible zafarse del hecho de la transcendencia; y lo es porque el hombre es un ser dependiente y fronterizo. Quien propone el ateísmo es un simple integrista pues no quiere pensar en otra cosa que en lo que le han impuesto o se ha impuesto él mismo.

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