jueves, 3 de diciembre de 2009

CRUCIFIJOS



Cierto que, bien aconsejado por el diablo, el hombre se las tuvo tiesas con Dios durante el siglo XX. Todas las barbaridades de ese siglo, inspiradas en las teorías heréticas de los enciclopedistas del siglo XVIII y que fueron tamizadas, sutilizadas y finalmente aplicadas por todos los bárbaros del XIX y XX, eran cosa no tan del diablo como del hombre. Durante casi todo ese tiempo, el diablo, estuvo cómodamente sentado y encantado de la vida. Casi todas esas barbaridades son sólo una muestra de lo lejos que puede llegar el hombre por sí solo, enfrentándose a Dios, mordiendo la manzana del paraíso que le daba el conocimiento del bien y del mal. El diablo solamente nos había mostrado la manzana y nos había dicho: "¡Vosotros podéis!

En las últimas décadas del XX se vio con claridad que todo ese entramado de ideas, ideologías e ideuchas eran un bluf, un fracaso intelectual cuyos frutos habían sido terribles. El diablo lo vio venir con claridad cuando en el sesenta y ocho pudo comprobar la enorme debilidad de esos presupuestos y sus últimos estertores. En 1989 caía todo ese edificio, exactamente doscientos años después del comienzo de la Revolución Francesa y cien después del nacimiento de Hitler.

El diablo ha espabilado y ya no quiere ideologías, pues, aunque las inspire él, no le queda más remedio que admitir que sea el hombre quien las desarrolle. Al hombre le ha dado Dios la libertad y el diablo nada puede contra ello. Así es que, ha decidido, y es muy fácil de comprobar, inspirar el no hacer caso de argumentos, razones, ideas… Todo eso le repele y repugna absolutamente y, además, es la única forma posible de obviar o dar un rodeo para poder librarse de la libertad humana. Quien se deja inspirar de ese modo se cree poseedor de todas las razones simplemente porque no usa ni tiene ninguna. El espejismo que esa gente vislumbra es descomunal y ya muy fácil de ver. Se hace el mal por el mal mismo (ver el post anterior, más abajo) y no se da otra razón que la de que es lo que hay que hacer, es lo progresista, es lo moderno, los demás sois unos carcas y sanseacabó.

El crucifijo no sólo es un elemento cultural, el símbolo y alimento fundamental de la Civilización Occidental —dicho sea de paso, la única civilización propiamente dicha—, sino que por él sabemos (metiendo por medio desde el derecho natural, la declaración de los DDHH, y la teoría de la Relatividad, por poner) que las demás no pueden considerarse civilizaciones, pues son más barbarie que civilización, y si, como quiere Zapatero, tenemos que aliarnos con esas civilizaciones tendremos, obligatoriamente, que asalvajarnos y barbarizarnos. En otras palabras: culturas hay muchas, pero civilización no hay nada más que una.

Pero esa civilización, la que ha puesto al hombre en la luna, la de los adelantos médicos, medios de locomoción, comunicación etc., no hubiera sido posible sin el cristianismo, sin la cruz, sin Cristo. Y el que no lo ve es porque es medio memo o pertenece ya a la banda del diablo.

El diablo, además, sólo tiene una teoría. La usa continuamente, embozada o disfrazada de modos diversos. Vía Pelagio, en el siglo IV, retomó Rousseau lo que llevamos sufrido y, tras su fracaso en 1945 y 1989, ahora nos lleva al siglo VII. Ya no es la patria del proletariado, sea obrero o ario, lo que propugna, sino la umma musulmana o internacional islámica, que es exactamente lo mismo, la misma historieta, el sempiterno reto sangriento del socialismo, del modernismo o de cómo quiera llamarse.

¡Cuidado! Ahora es el auténtico y, quizá, final engaño y embozo. Tras el velo terrible del Islam, está él. El Islam sólo es otra nueva pantalla, pretende engañarnos con el peligro islámico, pero lo peligroso es lo que está detrás: el vacío, la ausencia, la nada que el hombre lleva dentro. Se puede quitar un escudo o una bandera, se puede quitar la media luna, la hoz y el martillo o el puño y la rosa. Sin embargo nunca se quita un crucifijo, sino que se sustituye.

Probablemente, en muchos lugares, ya no habrá crucifijos y no importa si ponen la media luna o no, no importa si ponen la hoz y el martillo o no. Lo que importa es si no hay nada, porque si no hay nada habrá triunfado la negación del crucifijo. Decía Goethe que el diablo es el espíritu que siempre niega.

Si quitamos el crucifijo, y lo que ello significa, estaremos despreciando la razón, el argumento, la Civilización. El evidente Pecado original, tan visible durante los tres últimos siglos, se hará menos evidente, pues ya no queremos razones, ya no queremos saber cuál es el bien o el mal. Ahora ya sólo maldad, sólo muerte, aborto, eutanasia, experimentaciones celulares engañosas y horribles… (sigan ustedes poniendo lo que quieran). Lo que significa es absolutamente terrible porque la naturaleza odia el vacío y donde estaba Dios ya no hay nada, quizá sólo el hombre adorándose a sí mismo y a sus obras, como los locos, para acabar adorando al diablo que es lo que, sin Dios, lleva el hombre dentro.

Tras el pecado original hubo un gran malestar en el paraíso: "ganarás el pan con el sudor de tu frente…., parirás con dolor…". Lo más curioso es que Adán y Eva no fueron expulsados del paraíso por esa razón. Dios se decidió a expulsarlo porque "no vaya a tomar también del fruto del árbol de la vida".

Ya estamos ahí y en el tris de adorar al diablo públicamente.

Que nadie me venga con que el crucifijo es sólo un símbolo de paz o alguna otra zarandaja parecida. Si lo que pasa en España fuera sólo en España quizá no tuviera mucha importancia. Desgraciadamente España no es ninguna excepción y, cuando se afiance la ausencia estaremos perdidos.

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