domingo, 28 de febrero de 2010

EL ABORTO Y LA QUINACALLA INTELECTUAL.


En este mismo blog hay algunas entradas sobre este asunto y, por lo que parece, ni siquiera esta entrada va a ser la antepenúltima, sino una más y de muy al principio de mi tratamiento sobre este asunto y en este lugar. La foto que he visto por ahí ―la de todas esas socialistas, cantando alegres a coro la maravilla de desgraciar hijos antes de que nazcan, rodeando al macho Caamaño, es bien significativa―, la verdad es que me produce cierto estupor, aunque, Zapatero, dice que, esto, es extender derechos. Siempre digo que, este señor, suele extender los derechos sobre el suelo para pisotearlos con mayor comodidad. El derecho a la vida está definido en las meninges progres como un proceso irrevocable de actualización stalinazi de proporciones polpotianas. Algo muy chic, intelectualmente evolucionado, y que como neofrase puede llegar a encandilar a todos aquellos idiotas que aún piensan que era José María Aznar el que manejaba, medio borracho, el timón del Prestige. El que sean considerados fascistas los que defienden la vida es bien significativo de cómo están "esas cabezas".

A veces se habla de la televisión y es cierto que hay un porcentaje demasiado elevado que se la cree a pies juntillas. Está claro que vamos a peor; antes, cuando no había televisión, la gente iba a l teatro o al circo. Allí había mujeres barbudas, forzudos que levantaban cien toneladas, perros de siete cabezas y montones de cosas extrañísimas, pero a nadie se le ocurría ordenar su vida respecto de aquellas cosas excepcionales, raras o engañifas totales. Había dementes, excéntricos y gente muy insólita que tenían incluso éxito popular, pero a nadie se le ocurría tenerlos como modelos. Hoy se tiene como modelos a aquellos que, no hace mucho, eran considerados, por todos, como dementes, asesinos, ladrones… La tele ―cierto que no todas― se ha convertido en el charlatán moderno, más convincente que en ninguna otra época de la historia. Lo que debe quedar claro es que, la cuestión, no es que el charlatán sea más listo sino que nosotros creemos, sin lugar a ninguna duda ni análisis de la experiencia que valga, que el elixir que nos están vendiendo a precio de oro cura el cáncer, el sida, la ELA … con absoluta seguridad. Y, encima, después del primer trago, incluso nos vemos curados y transformados. El crecepelo, que nos han dado de regalo, también ha funcionado y aunque se resbalen las moscas por nuestro cráneo nos vemos con un flequillo que, en verano, nos protege hasta del sol. Zapatero no sabe de nada excepto de esto y, de esto, se lo sabe todo.

Desgraciadamente, por la acción de unos y la omisión de otros, se ha conseguido la aparición de una mayoría moldeada a placer como si se tratara de una especie de arcilla o plastilina biológica. Hemos llegado a un estado de las cosas en el que, parafraseando a Orwel, va a ser necesario ocuparse de las cosas más elementales y evidentes. Quizá sea esa la labor más urgente desde el punto de vista intelectual, de la cultura y, desde luego, político. Hay que iniciar el gran trabajo de desterrar las deformaciones, enredos y desfiguraciones de la realidad que venimos padeciendo; ya no caben tácticas, también hay que desterrarlas como cómplices del desastre.

Hay asuntos muy elementales y primordiales que la pseudointelectualización rampante promovida por los más malos ha hecho que se pierdan entre la maleza, como pequeños diamantes entre toneladas de bisutería. No se puede legislar sobre cuestiones previas al derecho positivo. No se pueden elaborar códigos sino para preservar en la medida de lo humanamente posible esas cuestiones anteriores al consenso: vida, verdad, libertad, justicia. Pero es cierto que, una vez que la maldad ha logrado internarse y tergiversar estas cuestiones dentro de la ―simplifiquemos que es más fácil― maraña del odio, de río revuelto para ganancia del diablo, va a ser necesario luchar en la arena en que han logrado encerrarnos.

Los malos utilizan el eufemismo por dos razones fundamentales. La primera y más evidente para engañar y, la segunda, para tratar de curar en cierto modo su mala conciencia ya que no pueden renunciar totalmente a su condición humana. Es la misma cosa el uso de frases como "interrupción voluntaria del embarazo", "ley para la salud sexual y reproductiva", etc., cuando se habla del aborto, que "solución final" para hablar del exterminio de judíos o "medida suprema de protección social" que es como los soviéticos llamaban a la pena de muerte aplicada de forma tan multitudinaria por ellos. Es la misma cosa, aunque lo primero es muchísimo más grave porque los asesinados siempre son inocentes, totalmente inocentes e indefensos. No creo que ningún ser que exista por el amplio universo pueda cometer un acto más atroz que ese; bueno, sí, torturarlo antes de asesinarlo.

El totalitarismo es así. Cuando todo es relevante desde el punto de vista político aparece sin que casi nos demos cuenta. Cuando alguien gana unas elecciones y cree que por ese hecho ya tiene poder para dar y quitar la vida, para definir lo que es verdad y lo que no lo es… aparece lo terrorífico. La justificación de más de cien mil muertos al año, en España, por causa del aborto sólo es la primera de las justificaciones de la muerte, quizá la más grave, pero solamente la primera. Es muy gráfico que fuera la URSS la que promoviera el aborto como hasta entonces no lo había hecho nadie, poco después lo hicieron los nazis y luego nos llegó Londres empezando a poner en práctica esa cosa que se llama "lo políticamente correcto", por cierto, en principio se llamó "ideológicamente correcto" y fue una idea del nazi Joseph Goebbels, la mano derecha de Hitler. Todo está en el mismo saco, conviene no despistarse y vacunarse pronto.

Decía Chesterton que "las cosas ocurren sin que intervengamos, sin que nos lo tengamos merecido, sin que hayamos hecho nada mal. Esto es algo tremendo, nos muestra que, aparte de nosotros, hay otras cosas". Es decir, la verdad está más allá de nosotros, aunque seamos muchísimos millones e incluso todos, y ni siquiera el más absoluto de los consensos puede, en forma alguna, llegar, ni remotamente, a redefinirla.

A mí me importan una mierda los demócratas. La gente es decente o no lo es y en la medida en que lo sea podrá ser demócrata; es una cuestión previa, sin duda. Por desgracia vivimos una época que, aunque disfruta de montones de recursos, escatima de un modo atroz el pensamiento sobre las cuestiones más importantes y decisivas. En plantearse esta cuestión estriba, desde luego, nuestra decencia. El aborto sirve para matar nonatos y el alma de los nacidos que odian volver a nacer del modo en que Cristo le decía a Nicodemo.

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