viernes, 26 de marzo de 2010

LA CONSTITUCIÓN DE 1812.

Conocida como "La Pepa", por haber sido promulgada el día de San José (19 de marzo) de ese año.

No hace mucho, en algún lugar de una de las entradas anteriores, hablaba y me olía que, el PSOE, iba a tratar de capitalizar las celebraciones del bicentenario de la promulgación de dicha Constitución. Pérez Reverte ya lo está sufriendo en sus propias carnes y nuevamente nos van a colar al PSOE como el novio en la boda, el niño en el bautizo y, no sé cuándo, ―espero que cuanto antes― el muerto en el entierro. Un requiescat in pace sobre la lápida política del PSOE sería uno de los más grandes favores hechos a España y haría más por la convivencia pacífica y en libertad de los españoles que ninguna otra cosa. Perderíamos, quizá, cierta diversión, pero lograríamos soportarlo.

La Constitución de 1812 es, quizá, el precedente más genuino de la actual de 1978. Es la Constitución liberal por antonomasia promulgada en ausencia de Fernando VII y que, luego, en mayo del 14, se cargó. A aquella Constitución le salió el grano de la traición de algunos españoles (empezando por el rey felón), como a esta de 1978 le han salido los socialistas y el folclore de los asesinos nacionalistas y sus conniventes.

La Constitución del 12 comienza así:


"DON FERNANDO VII, por la gracia de Dios y la Constitución de la Monarquía española, Rey de las Españas, y en su ausencia y cautividad la Regencia del reino, nombrada por las Cortes Generales y extraordinarias, a todos los que las presentes vieren y entendieren, SABED: Que las mismas Cortes han decretado y sancionado la siguiente CONSTITUCIÓN POLÍTICA DE LA MONARQUÍA ESPAÑOLA".
"En el nombre de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, autor y supremo legislador de la sociedad…"
"La Nación española es la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios". "La Nación española es libre e independiente, y no es ni puede ser patrimonio de ninguna familia ni persona". "la soberanía reside esencialmente en la Nación…". "La nación está obligada a conservar y proteger por leyes sabias y justas la libertad civil, la propiedad y los demás derechos legítimos…".
"El amor de la patria es una de las principales obligaciones de todos los españoles, y asimismo el ser justos y benéficos".
"La religión de la Nación española es y será perpetuamente la católica, apostólica, romana, única verdadera. La Nación la protege por leyes sabias y justas y prohíbe el ejercicio de cualquier otra."
"El Gobierno de la nación española es una Monarquía moderada hereditaria." "La potestad de hacer la Leyes reside en las Cortes con el Rey."
Pues muy bien, ahí está el PSOE, que vuelve a las andadas de la persecución religiosa, del odio a la monarquía, negador de la nación española ―un concepto discutido y discutible―, promulgando leyes injustas y haciendo gala de un odium fidei que le caracteriza históricamente. Sus alianzas y coincidencias con los enemigos de España es como para dejar en sus manos cualquier celebración. También fueron ellos los del ridículo de la celebración del Quinto Centenario, una verdadera oportunidad perdida sobre la más grande hazaña de la historia humana que, el PSOE, trató de colocar a su altura histórica, es decir, por los suelos.

Uno de los principales baldones que ha tenido que sufrir España en el último siglo y pico, es, con absoluta seguridad, la existencia del PSOE. Sin semejante daño orgánico y moral, España, sería ahora una vieja democracia. No hubiera existido la más atroz persecución religiosa que se recuerda, ni la Guerra Civil, ni los cuarenta años de dictadura. El PSOE es la encarnación de todos los defectos ―amplificados por su organización sistemáticamente infernal― de la España más negra, más delictiva, más perturbada. Por ejemplo, sin el apoyo del PSOE y sus esquejes ―el PCE lo es del PSOE―, el nacionalismo ―CIU, ERC, PNV, BATASUNA, el Bloque, ETA…― sería mero folclore. Pablo Iglesias, Prat de la Riva, Blas infante… son exactamente la misma estupidez en sus extremos más ridículamente redentores y localistas.

Que el PSOE quiera tener algo que ver con las celebraciones de esta Constitución y el reconocimiento de su muchos valores, es tan engañoso como cuando, tradicionalmente, ha hablado, y sigue hablando, como un pollo sin cabeza y sin rubor ni azoramiento que valga, de defensa de los obreros, patriotismo, solidaridad, justicia, libertad, igualdad, protección de la vida, extensión de derechos, libertad de expresión…

jueves, 25 de marzo de 2010

DERECHA III.


En primer lugar debo pedir perdón por el aturullamiento que se evidencia en las dos entradas anteriores. El barullo ha sido producido por una prisa en decir lo que no debía olvidárseme. Demasiadas cosas, quizá. Algunos extremos no quedan muy claros y, otros, se han quedado a medio esbozar. Motivos, quizá, para nuevas entradas menos generales, más concretas.

Bien, pues pedidas estas disculpas, sigamos adelante. Hablaba del modo en que la propaganda de los últimos años ha falseado las cosas en España. Da toda la impresión de que aquí no hay más demócratas que el PSOE y los que ellos digan que lo son. La derecha asiente, asume y bala cual oveja que sabe que si no irá al matadero. La verdad, sin embargo, es muy diferente.

Fue el franquismo, y no el antifranquismo, quien trajo la democracia. Fueron los políticos del franquismo los que tramaron la Transición empezando por el Rey, designado por Franco; el Secretario del Movimiento (partido de Franco) Adolfo Suárez y el Presidente de las Cortes Torcuato Fernández Miranda. En ello estuvieron la mayor parte de los ministros de Franco y la mayor parte de los diputados (procuradores) de la Cortes franquistas. El PSOE, desaparecido en 1939 por cobardía, no porque fuera aniquilado, cosa que ahora quieren colar, no hizo ninguna oposición al franquismo. La única oposición fue la del Partido Comunista, aunque era infinitamente mayor la inteligencia del régimen, permitiendo según qué cosas, que cualquier efecto producido por dicha oposición. Una vez muerto Franco, el PSOE, virtualmente, se refunda y, aparte de cuatro viejos históricos que pretendían el sovietismo sin tapujos (viajes a la URSS casi triunfantes) y una vuelta al estado de cosas de los años treinta, se nutre de los elementos más arrastrados, lameculos y tiralevitas del franquismo. Lo que ahora ocurre en España es el sempiterno odio a los padres de los niños más inmaduros, malcriados e inadaptados y, sobre todo, cobardes: se han hecho antifranquistas con Franco muerto, ni siquiera un segundo antes de que expirara. El ejemplo más claro de su cobardía es que sólo luchan contra las dictaduras del pasado, pero se alían con las del presente por si las moscas; unos valientes, como siempre.

En fin, todos estos esfuerzos hechos por la clase política franquista para llegar a un sistema parlamentario, de libertades individuales y homologable con las otras sociedades europeas y americanas, no hubiera sido posible sin el concurso fundamental de la Iglesia Católica.

La Iglesia, casi totalmente exterminada en la zona del Frente Popular (liderado por PSOE y PCE) en una de las mayores persecuciones religiosas de la historia (deja en mantillas a Nerón, Diocleciano, etc.) tomó, lógicamente, partido por la España que no quería ser exterminada. Estoy orgulloso de la Iglesia española en aquella tesitura y firmaría la carta de los obispos de 1937 sin pensármelo dos veces. Por supuesto mi máximo reconocimiento a todos aquellos católicos que murieron a causa del descomunal odium fidei expresado por el PSOE, el PCE, los azañistas y los demás partidos del Frente Popular, nacionalistas vascos y catalanes incluidos. Mi máxima veneración a aquellos mártires.

Desde el inicio de la dictadura, la Iglesia, comienza un proceso de adaptación a la dictadura así como de reconciliación entre los españoles. Es la Iglesia la que retoma el sindicalismo, el único sindicalismo realmente a favor del obrero y el campesino que ha existido en España desde tiempos remotos y que, durante el franquismo, fue la única oposición verdadera a éste. Comienza, la Iglesia, un proceso de adaptación del mismo franquismo, desde la base, de una ciudadanía en más de un noventa y cinco por ciento católica. Los derechos de los ciudadanos se expresaban desde las sacristías, el alimento eran las pastorales de los obispos (recordar la pastoral sobre "El pan" tan temprana); la información, los periódicos que se vendían en las sacristías. El régimen, confesional, permitía y al mismo tiempo estaba promocionando unas clases medias de las que, luego, Franco se sentiría orgulloso. Siempre habla la izquierda de las entradas bajo Palio de Franco en algunas catedrales, pero muy poco de las catedrales en que tenía prohibida su entrada por ser reticente a una democracia (reconciliación formal entre españoles) en la que él ya no creía desde el 20 de julio de 1936. Probablemente esa desconfianza fue su mayor error, aunque viendo la deriva de la izquierda (siempre en el mismo sentido) quién sabe si no tenía razón. ¿Nunca va ser posible la libertad en España nada más que en breves periodos tras largas guerras y dictaduras? ¡Hay que joderse!

Tras la guerra, unos 500.000 españoles se van al exilio en 1939. Alrededor de 470.000 vuelven a su país antes de un año y nadie les dice nada, vuelven a trabajar cada cual a su casa. Hay, desde luego, presos políticos y juicios por delitos de sangre; juicios de verdad, y condenas, y fusilamientos, y equivocaciones sin duda; y fusilamientos de, en teoría, nacionales (simples asesinos) que se habían tomado la justicia por su mano en la misma retaguardia al abrigo de una victoria ya próxima.

Y los exiliados del Frente Popular español ayudaban a Hitler a invadir Francia, por orden de Stalin, también el Frente Popular Francés. Luego todos entran en la Resistencia (que es más un cuento chino que otra cosa) cuando Hitler rompe el pacto con Stalin al invadir la URSS. Muchos españoles acaban en Mathausen y otros campos alemanes dado que eran bien conocidos por estos. Y en el año 42 se produce una amnistía general en España.

Y los españoles, imbuidos de libertad desde las sacristías y las iglesias, acogen la democracia del 78 con una naturalidad que asombró al mundo. La democracia había sido entendida perfectamente por los españoles gracias al influjo de una Iglesia que los amantes del totalitarismo habían tratado de exterminar cuarenta años antes. La libertad, la verdadera libertad (lo he repetido cien veces) solamente es el resultado de un proceso histórico de paulatina comprensión de Cristo y de su Evangelio. Es estúpido buscar la causa de la libertad en otro sitio, aunque, a menudo, trata de hacerse con los resultados que todo el mundo conoce.

La deriva contra la libertad y la democracia en España (en la España actual, por ejemplo) es el resultado (siempre) de un proceso de obcecación intelectual propiciado por una propaganda repetitiva, anticristiana en su base, que trata, sobre todo, de conseguir un grado de ofuscamiento social tan descomunal en el que pueda ser admitido, con toda naturalidad, lo malo como bueno y lo bueno como malo.

La DERECHA III es la que sabe esto, a veces es capaz de decirlo, pero se desentiende pues, su división, a pesar de la apariencia de un sólo partido, le hace desmoralizarse, creerse sin fuerzas. La DERECHA III sabe, pero anda con tácticas, incluso con desprecios intelectuales. La DERECHA III anda sentada y aburrida por las aceras del mundo como aquellos ángeles, de que nos habla el Dante, que en la Batalla de los Cielos no quisieron tomar partido ni por San Miguel ni por Lucifer. Fueron condenados a vagar sin rumbo hasta la consumación de los tiempos. Cuando se renuncia a luchar por los valores y principios en aras de tácticas o por cobardía se acaba perdiéndolo todo por culpa de las tácticas y con la necesidad inconfundible de hacer acopio de valentía para tiempos oscuros.

miércoles, 24 de marzo de 2010

DERECHA II

Está claro, pues, que, en cierto sentido ―más que nada en oposición al progresismo, modernismo, cartesianismo, socialismo, demoimbecilidad, bolchevismo, colectivismo o como queramos denominarlo―, surge, en 1939, un régimen autoritario y de derechas. Hay que recordar que la guerra la provoca la izquierda bolchevique que, en palabras de Largo Caballero, no debía tener piedad. Había, ya, que llevar a cabo la revolución aun a costa de miles o millones de vidas. Aquella izquierda, como claramente lo demostraron los hechos, iba al exterminio de una buena parte de los españoles empezando por los católicos, que eran la inmensa mayoría. Pero no voy a hablar aquí de ello pues, por fortuna, ya hay muchos libros que detallan aquel terrorífico proyecto y las fases horrorosas que ya emprendieron. De cualquier forma ahí están las hemerotecas, sobre todo los periódicos de izquierdas de aquella época que detallan con claridad cuál era su proyecto. Por fortuna, gracias a Dios, nos les fue posible llevarlo a cabo como, sin embargo, sí pudieron hacer en medio mundo.

Sí se impone un somero y sencillo repaso para entender que la historia no es en absoluto caprichosa. Nada ocurre por casualidad; aun haciendo el idiota, en cada momento, la humanidad, siempre apuesta, acertadamente, por lo menos malo. Siempre, claro está, después de haberse vuelto loca y tener todas las dificultades habidas y por haber para paliar su insensateces.

El PSOE, fundado por el tipógrafo Pablo Iglesias y legalizado por Sagasta en 1898, siempre estuvo en contra de España. La E de sus siglas fue adoptada más tarde de su nacimiento para que lo cosa no cantase demasiado. De hecho, en la guerra de Cuba, provocada por los EEUU, Pablo Iglesias, apoya a los EEUU alegando que él está con los proletarios americanos en contra de su odiada aristocracia española; al contrario que ahora en que, el PSOE, apoya a un aristócrata gallego, que tiraniza a Cuba, pero que da toda la impresión de odiar a España, que es lo que le mola. Porque, la izquierda española, odia a España ―la España Católica o la Católica España, póngase el título que se quiera, aunque sobra, porque al decir España hablamos de catolicidad y de Roma, que es la Hispania de la que proviene―, ama más a la musulmana Al-Ándalus o la caótica y bárbara Iberia prerromana y precristiana.

Pablo Iglesias intenta, incluso blandiendo su revólver en el parlamento, destruir, en repetidas ocasiones, la democracia surgida en los setenta del siglo XIX. Sus repetidos intentos de golpe de estado no tuvieron éxito hasta que la izquierda ―eso que Gustavo Bueno llama las diversas generaciones de la izquierda― mata literalmente la democracia matando a los representantes de la derecha. Llega, así, la dictadura de Primo de Rivera del año veintitrés en la que participa el PSOE asumiendo varios cargos. Su idea es meter a España en una revolución al estilo soviético. Casi lo consigue y lo ve mucho más fácil en los últimos estertores de la dictadura, con el gobierno de Berenguer. Lo tenía en la mano, y programado el golpe de estado en el Pacto de San Sebastián cuando, la derecha, desde los partidos monárquicos, el ejército y la Guardia Civil, cuyo jefe era Sanjurjo, posibilitan y traen la República en 1931. Enseguida es la izquierda quien se hace la dueña de la situación. Se inician las quemas de iglesias, conventos, bibliotecas y obras de arte y se proclama una Constitución contra la mayoría de los españoles. Se proclama la "Ley de defensa de la República" que supone la suspensión de las garantías constitucionales muy poco después de la promulgación de la Constitución; proclaman la ley de "Vagos y Maleantes", que ahora los progres atribuyen a Franco, y se mete a España en uno de los periodos de hambruna más terribles de su historia moderna, bastante mayor del que se dio después de la guerra.

En las elecciones de 1933, la CEDA (la derecha) arrasa, sin embargo, para no crear problemas decide apoyar el gobierno del ―por entonces ya― centroderechista Lerroux. Es entonces cuando, Clara Campoamor, del partido de Lerroux, consigue, con el apoyo de la CEDA, claro, el voto para la mujer. La izquierda se opone, sobre todo las componentes femeninas del PSOE, que, en bloque, vota en contra.

El PSOE advierte que si, alguien de la CEDA entra en el gobierno lo considerarían una provocación e irían, incluso, a la agresión personal, cosa que ya estaban haciendo. En octubre de 1934 directamente, el PSOE y ERC, se levantaron en armas contra la República. Es la primera batalla de la guerra en la que hay dos mil muertos en todas las provincias, aunque se haya querido esconder la cosa como una pequeña reyerta que se ha denominado ―la izquierda lo ha hecho― la Revolución de Asturias. Sí es cierto que fue en Asturias donde se pusieron las botas asesinando curas y católicos sin más y volaron hasta la magnífica Cámara Santa de la Catedral de Oviedo: la izquierda y su innato amor al arte y a la cultura. Aquella guerra logró pararse momentáneamente hasta que, de un pucherazo, la izquierda gana las elecciones de febrero del 36.

A partir de ahí el desastre: los asesinatos, continuos, la inseguridad más apabullante, el comienzo del exilio tremendo que, aún hoy, está tapado y olvidado, las risotadas del gobierno y de las Cortes cuando Gil Robles y Calvo Sotelo piden que se respete la ley, cuando a estos se les amenaza en las mismísimas Cortes y luego, la escolta de Indalecio Prieto va a buscarles para asesinarlos. A Gil Robles no lo encontraron en casa, pero a Calvo Sotelo sí y pudieron asesinarlo… y, claro, más de media España no estaba dispuesta a morir.

El 18 de julio del 36, la timorata derecha ― y no, desde luego el fascismo, o el nazismo, o cualquier otra idiotez que se quiera decir por parte de la propaganda de la izquierda―; intenta un golpe de estado con la intención de hacer cumplir la ley republicana ―de cuyo asalto por parte de la izquierda ya la había defendido en el año 34―. Aquel golpe de estado fracasó y no hubiera ocurrido nada más ―a excepción quizá de unos centenares de miles, o millones, de fusilamientos mientras se afianzaba pacíficamente un gobierno revolucionario y una sociedad proletaria― a no ser que, con esa excusa, la izquierda, saliera a la calle a matar a todo el mundo, cosa que hizo. Ya se estaba asesinando a todo asesinar mientras, Franco, aún se estaba pensando qué hacer, cómo parar aquello. Por fortuna lo paró, pero acabó convencido de que con semejante izquierda era imposible una democracia en España. Se veía muy claro en 1936 si se le sumaba el primer episodio grave de 1934. En 1939, Franco, lo tenía ya muy claro: no creía en una democracia que la izquierda utilizaba para sus propios fines ―todo el mundo sabe qué fines son esos― y para que el horror tuviera que ser frenado tan dolorosamente una y otra vez.

La izquierda sigue sin aceptar plenamente las reglas del juego y, aun hoy, la democracia y la libertad le son algo ajeno. Quieren otro tipo de sociedad, una sociedad que ellos impongan. La sociedad española ¿tendrá que volver a defenderse?, o, si la izquierda se contiene y no mata y permite una cierta disidencia, triunfará esta vez. ¿Se conformará, la libertad, con vivir en un escueto reducto permitido por papacito Zapatero?

O se va, quizá, a una cárcel sin barrotes. La deriva de la educación, y todos los demás parámetros, llevan a la sociedad española, y a buena parte de la población occidental ―quizá, aún, con la excepción de USA―, a una suerte de libertad meramente aparente, a una animalidad social en la que, cual pocilga, todo huela igual. No es esto algo que haya comenzado Zapatero, no se le puede atribuir ninguna paternidad de la herejía; le viene dado y formulado en unos pocos mandamientos claros, fáciles de memorizar y absolutamente terribles.

sábado, 20 de marzo de 2010

DERECHA.


Siempre acabamos perdiéndonos en la distinción, o tendencia, o como queramos llamarlo entre izquierda y derecha, si es que esa distinción puede existir, que me parece a mí que no; es otra gansada más del pensamiento moderno; pero, claro, casi siempre acabamos por someternos a ella aunque no sea nada más que para que nos entiendan la inmensa mayoría de los que nos leen y escuchan.

Hacia la mitad del siglo XIX viene a producirse el triunfo del reino del dinero sobre el reino medieval del honor; el triunfo del homo económicus y racionalísticus, sobre el hombre espiritual y de pensamiento. Sólo hay que leer el teatro clásico español, el Quijote incluido, para darse cuenta de que la gente, toda, era infinitamente más feliz, desde todos los puntos de vista, por aquel entonces; dentro de lo que es humanamente posible, desde luego. Cierto es que los modernetes de mala uva han inculcado a fuego que, lo de aquellas épocas, era realmente terrible. Pues, como otras grandes falacias propugnadas por la modernidad, es una mentira esparcida con la intención de justificarse a sí mismos y a los efectos de sus taras mentales. Y es que la consecuencia del racionalismo del XIX no es otra que el irracionalismo del XX; es de suyo y tengo para mí que, más que una consecuencia, es un elemento constitutivo de aquel. Pasa lo mismo, porque es el mismo, con el homo de Debe, Haber y Balance. Tanto el homo ecónómicus (socialismo, comunismo…) como el homo racionalísticus (un poco anterior al económicus, del que éste proviene y padre del liberalismo cartesiano) han dado lugar a utopías con resultados tan espectacularmente catastróficos como los que la historia contempla.

Nada hay en este mundo, sin embargo, absolutamente malo ni absolutamente bueno. Pero el alborear del progreso técnico ―como si no hubiera existido el progreso técnico hasta entonces― ha intentado eliminar el progreso humano, un poco en el sentido en el que lo decía Unamuno cuando afirmaba que había avanzado más la civilización que la cultura. Cuando se producen tales desfases son posibles todas las barbaridades, pues "no está el hombre hecho para el sábado, sino el sábado para el hombre". Puedo hablar más claro, pero la felicidad ―aunque se intente mentir tan descaradamente― está en el Brazo de Dios y sólo desde Él se puede avanzar, tanto desde el punto de vista humano, como espiritual, racional o económico. Y, a la postre, creamos o no, siempre hay que hacer ese ajuste entre unas cosas y las otras. A veces esos ajustes son muy dolorosos, véase el siglo XX. Tales ajustes, me temo, serán cada vez más dolorosos.

A veces se intentaba, equivocadamente, volver a un estado más natural, más espiritual, más humano. Digo equivocadamente porque se prescinde, generalmente, de Dios. El resultado es siempre el fracaso, desde el jipismo a la New Age y otras experiencias. Lo curioso es que se intente prescindir también de la técnica, que también es algo humano, en vez de intentar llegar a equilibrios razonables.

En el Antiguo Régimen, aunque siempre con las taras propias de lo humano, el equilibrio era más o menos estable y, desde luego, mucho más justo. No podían surgir socialismos, fascismos, totalitarismos ―todos son la misma cosa― porque había una conciencia de lo humano y sus límites, había una frontera nítida que no se podía franquear. Las Guerras Mundiales, los socialismos, los fascismos, los totalitarismos son siempre contra Dios, es decir, contra el hombre. Y son el resultado de las renuncias a lo más propiamente humano; son simples ajustes, aunque, ya digo, muy dolorosos y que realiza la propia naturaleza humana.

No son derecha Hitler y Mussolini ―que a sí mismos se consideraban socialistas y de izquierdas―, no cabe en la derecha el totalitarismo porque, la derecha, siempre es conservadora, es decir, sabe de los límites, sabe de lo humano. En los casos extremos, la derecha, puede llegar, sin duda, al autoritarismo. Un caso gráfico es el franquismo, al que la izquierda quiere elevar a la categoría de totalitarismo. La izquierda basa su existencia en la maldad absoluta asignada al franquismo y, más que otra cosa, imaginada y esparcida contra sus contrarios electorales, a los que ven como enemigos siempre. Encontrará esta izquierda, casi seguro, las cámaras de gas franquistas detrás de algunas panaderías, los experimentos de Mengele en alguna covacha inmunda, las fosas de Katyn en cualquier cuneta y todo tipo de genocidios que se producían a tres metros de nosotros mientras viajábamos a Londres o a París, o cruzábamos el charco y nos íbamos a ver a nuestros parientes en Buenos Aires, Motevideo o Santiago. Mientras leíamos, en una terraza de Madrid, el Times, Le Figaró o el WSJ… se producían unas matanzas atroces a tres calles de distancia y, en casi todos los rincones de las plazas de España, se masacraban demócratas a tutiplén, cosa que todo el mundo sabe aunque nadie lo viésemos. Pero, claro, ellos dicen, que no veíamos lo que no queríamos; y, yo, tengo la impresión de que ellos viven en sus mentes, ahora, lo que no vivieron, entonces, en la realidad. En fin, son miles, los libros que hablan de los abusos de aquella dictadura (algunos hubo, claro) y unas pocas decenas los que tratan de decir la verdad. El tiempo, si se nos da, lo aclarará todo.

Lo más grave es que la izquierda ha roto ―está rompiendo y trata de que se afiance esa ruptura― la convivencia. Se atribuye todas las verdades y virtudes, aunque no ha aportado nada genuino ―no ha aportado, realmente, nada en absoluto a excepción de unas cuantas lacras―, desde su nacimiento, que merezca la pena recordar. Eso sí, se lo atribuye todo, como, por ejemplo, la convivencia, el odio al racismo, la libertad... Eso sí, siempre hace gala de su unidad, aunque se trata, en realidad, de uniformidad y achaca, a la derecha, su división. Y tienen razón, la derecha está dividida, y siempre lo estará, porque es real, es la vida misma y, la vida, es caótica. ¿Quién le va a dar los palos más gordos a Rajoy que sus propios correligionarios? ¿Cómo se van a poner de acuerdo un libertario, un neocón, un liberal, un tradicionalista, un conservador a secas…? ¡Es imposible! La izquierda habla, perora, grita palabras como libertad, multiculturalismo… pero no sabe lo que son. La derecha está viviendo todo eso, lo lleva puesto y rechaza, como el aceite al agua, que quieran quitarle esa libertad, se revuelve como gato panza arriba, porque quien experimenta la libertad está dispuesto a dar la vida para no perderla.

Fue la derecha la que elaboró la Constitución de 1812, fue la derecha la que trajo los cincuenta años de democracia de la Restauración, fue la derecha la que trajo la IIª República que se cargó la izquierda y, en fin, fue la derecha la que trajo la democracia que estamos viviendo y que tanto odian los colectivistas : izquierda y nacionalistas capitaneados por Zapatero. Y es que, cuando alguien sale idiota, sin tener más elementos innovadores que la uniformidad de que participa, es capaz de romper con todo lo genuinamente humano, más llevado del rencor, la ignorancia y el abuso de autoridad que del respeto a posibles fórmulas nuevas, las cuales le están vedadas por su propia naturaleza.

jueves, 18 de marzo de 2010

AQUELLA IZQUIERDA. ESTA IZQUIERDA III. FINAL (por el momento).


Por el momento, sin duda. Cuando vuelva a hablar de esta izquierda espero que ya no exista o, al menos por mi parte, lo haré con otro título.

Me temo, sin embargo, que mis esperanzas son y serán vanas porque hay demasiada gente ―progresistas― que cree que merece la pena vivir creyendo que es necesario conocer tantas cosas que no son ciertas. Y este es el verdadero quid de la cuestión, el hecho de que haya tanta gente que no se pregunte si las cosas están bien o mal, si son verdaderas o falsas.

Pongamos el ejemplo más obvio: el de la vida. La progresía, o modernidad, o como queramos llamarle, cree que por decirlo, y repetirlo hasta la saciedad, solamente de ellos es la ciencia, y la contraponen a cualquier otro hecho humano. En la mayor parte de los casos son tan analfabetos ―científicamente hablando― como los demás que, reconocemos sin rubor aunque con cierta pesadumbre, que apenas sí recordamos la fórmula del agua, o de la sal común, o la del ácido sulfúrico. Seguramente sabemos mucho más que la mayoría de ellos por simple sentido común, pero debemos recibir lecciones continuas de quien cree que "Cl Na" es un antónimo de la forma verbal imperativa "entra". Tiene lógica que quien cree que ha descubierto el secreto absoluto de algo, de la vida por ejemplo, con su privativo, exclusivo y patrimonial método científico, deja de creer automáticamente en ella. Es como la creencia en Dios; deja de creer en Él quien cree estar en su secreto o quien tiene una idea falsa de Dios, que suele ser lo más usual. Si yo pudiera entender a Dios también dejaría de creer en Él y, si yo hubiese logrado entender a Dios, que es un ser infinito, sería dios yo. Ahora entiendo tantas barbaridades.

Otra de las cosas que definen a un progre ―aunque sea un postmarxista― es que está todo el día pensando en el Estado como fuente de absolutamente todo; eso significa una negación absoluta de la libertad individual. Piensa, desde luego, en la propiedad colectiva ―sobre todo en la suya propia― como panacea de toda justicia, aunque no le hace falta ni el sentido común ni la pregunta de si existe una inteligencia colectiva. Al final, este tipo de personas, necesitadas de varias tandas de ejercicios espirituales e intensivos cursos de filosofía, no tienen más reivindicación de la libertad que la de que, dicha palabra, ande siempre en sus carteles, pero sólo ahí. No creo que pueda haber gente más sumisa en este mundo, gente tan perfectamente preparada siempre para advenimiento de cualquier dictadura, que suelen apoyarla sin turbarse en absoluto. Es el tipo de personas que conforman siempre una masa, propensa siempre a ser empujada, moldeada. Necesitan la libertad, proclamada con chillido de cochina parida, para creerse libres; lo malo es que no lo son porque lo han entregado todo a la nada. No ponen su libertad individual al servicio del común porque no tienen libertad individual, van a ese común a por su ración de libertad y, como no son libres individualmente, siempre tienen sus manos vacías. Julián Marías lo decía mucho mejor: "No tener libertad es malo, pero es mucho más grave no ser libre".

Y es que cuando no se tiene nada, nada se puede aportar, ni siquiera el pudor o algo de humildad en reconocer que uno se equivoca (no como ellos dicen "se puede equivocar", sin que esa posibilidad, en sus mentes, se dé nunca) por lo menos una vez por parrafada. Sus actuaciones, en todos los campos, son siempre iguales y facilísimas de reconocer, desde la Teología de la Liberación, que tañe las campanas contra Dios, hasta el último espeluzno que pasa por cultura y arte innovador. No digo nada de los avances en derechos sociales porque eso es un apartado de múltiples análisis por cada caso que proponen.

En fin, el proceso de "cutrificacion" humana que supone la aparición de esta izquierda, absolutamente idiotizada, que ni siquiera atiende ya al flower power o a Lobsang Rampa, ni al Magic and Yellow Bus, les ha convertido en unos simples fantoches obcecados que, para más inri, se creen con derecho a repartir la moralidad y el prestigio. En fin, han llegado al nihilismo por simple insatisfacción y propugnan, sin sonrojo alguno, el "mentecatismo" cósmico como forma de pensamiento.

Nada de esto es nuevo, son la misma historia de siempre, el mismo error con imágenes reconstituidas, el mismo progresismo de boquilla y "regresismo" de hecho; un regreso a periodos anteriores al uso de la inteligencia y al convencimiento de que, ésta, no hace falta porque todo viene dado por una naturaleza humana que es buena. No me explico, si eso es así ―y es así para ellos de un modo absoluto―, por qué andan todo el día proclamando códigos o por qué los demás somos considerados tan malos.

Una vez convencidos de su progresismo creen ir avanzando hacia el infinito, pero no se dan cuenta de que son tan progresistas como lo eran sus padres, sus abuelos, sus bisabuelos, sus tatarabuelos y sus tatara, tatara, tatara…, exactamente igual de progres que todos ellos por lo que me pregunto cuánto, pues, han progresado. Estoy absolutamente convencido de que en las próximas elecciones nos volverán a hablar del "cambio", siempre lo hacen. 

Es curioso y no deja de tener cierta gracia que en la gran inscripción cuneiforme de Behistun, Darío, rey de reyes, se gloriaba de haber introducido el "cambio" trayendo la felicidad a Persia. El emperador Augusto también habla del "cambio" en su testamento.

martes, 16 de marzo de 2010

AQUELLA IZQUIERDA. ESTA IZQUIERDA II.


Siempre se ha dicho, y nos lo tienen bien machacado, que, la cultura, es de izquierdas. Cualquiera que fuera perorando por las televisiones, y muchas radios, tenía la obligación de ser de izquierdas. Sólo si lo era se le daba el título de intelectual. Ese "intelectual" solía ser un licenciado en cualquier cosa que iba exhibiendo su título como permiso para opinar y sentar cátedra sobre infinidad de asuntos sobre los que no tenía ni la menor idea.

La derecha les escuchaba como quien oye llover, al fin y al cabo sólo eran una serie de consignas que no tenían más valor ni más base real que el efecto que producía la mera repetición. Lo cierto es que la derecha es la que compra y lee libros y la que sabe y tiene cultura. Lo malo es que la derecha ha renunciado a educar a una sociedad que sólo atiende ya a la propaganda. "Tontos los tendréis siempre con vosotros…" ¡Pues, bueno! En otras palabras, casi todos los medios de comunicación son de izquierdas.

La derecha (ese resto que son todos los demás, todos los no colectivistas) sabe que los primeros que caen en las redes del diablo son los sabihondos, los sofistas que, como decía Sócrates, eran quienes poseían una sabiduría meramente aparente; espíritus fuertes que, a la postre, son los mejores colaboradores de la iniquidad. La derecha utiliza aquel saber de los Santos Padres que recomienda que, a los demonios, no hay que prestarles demasiada atención ni darles crédito.

Se dice también, y se repite del mismo modo, que, España, es de izquierdas y, en realidad, no es ni de izquierdas ni de derechas, es simplemente de televisión.

Franco decía que, cuando él desapareciera, no iba a ser posible una nueva guerra civil porque, él, había propiciado la aparición de la clase media. Probablemente tenía razón; aunque no sé si será por eso que, la izquierda, se ha empeñado, y se está empeñando con empecinado arrojo, en degradar esas clases medias. La izquierda quiere, por antifranquismo y todas sus demás lacras ideológicas, degradar a la clase media hasta el grado más atroz de proletarización y ahondar hasta extremos risibles en un tremendo error de civilización. El objetivo es la anulación, de raíz, de cualquier sentido común y que, el ciudadano, pisotee voluntariamente, en la mayor de las suciedades, cualquier honorabilidad personal. Eso se consigue a través de la televisión y de la educación.

Las televisiones, las que hasta ahora eran analógicas, cuya putrefacción se destila en programas tipo "La Noria, Sálvame, Gran Hermano, informativos mentirosos, físicas y químicas y demás series idiotas, debates amañados…", están consiguiendo una especie de sumisión moral que sólo se había conseguido, en otras épocas y latitudes, mediante el miedo y el ejercicio de todo tipo de atrocidades y terrores.

Y mediante la enseñanza, también. La izquierda aspira a enseñar a los niños, y con apariencia académica --a base de libros de texto, fichitas y ordenadores--, los mismos espeluznos que, en horario no escolar, machaca con la tele el resto del día. La educación busca --buscaba--, precisamente, el librarnos de esas y otras muchas vulgaridades. A mí me da la impresión de que, como decía Jardiel, hay que ir eligiendo entre la vulgaridad y la soledad. Se está literalmente en una carrera atroz por la consecución del derecho (en el idioma de la izquierda; en realidad quiere decir "obligación") a ser idiota, inmoral, vulgar, analfabeto, soez…

lunes, 15 de marzo de 2010

AQUELLA IZQUIERDA. ESTA IZQUIERDA.


La verdad es que no puedo dejar de maravillarme. No hace tanto, eso que llamamos izquierda, era otra cosa. Desde luego jamás he sido de izquierdas y, mucho menos he pertenecido a esa especie de callejuela estrecha de la perra gorda que era la ideología socialista (o comunista, que era lo que estaba a mitad de camino entre el haber cerrado los ojos voluntariamente o no querer abrirlos ni de broma, y el socialismo; y éste no era otra cosa que el dejarse guiar por los comunistas). De repente ya no hay ni los unos ni los otros, es decir, ni los aposentados ni los por aposentarse. La discusión es inútil; en cuanto vislumbran cualquier atisbo de razón y argumento te llaman fascista, extrema derecha, ultraderecha, ultracatólico, belicista… y lo malo es que te lo dicen con, ya, demasiado odio. El caso es que no les da ya ni siquiera para cambiar el orden de los insultos.

La cosa ha cambiado mucho. Antes se podía discutir o debatir, o como queramos llamarlo, con ellos. La ideología que profesaban no era una fe totalmente refractaria al pensamiento. El marxismo, ciertamente, tenía unas fronteras intelectuales muy estrechas y no servía para realizar demasiadas florituras mentales; pero tenía cierta coherencia interna y, desde el punto de vista teórico, servía para explicar todas las cuestiones ―en realidad no muchas― de la vida y de la sociedad siempre y cuando no tuviera que enfrentarse con la realidad. La verdad es que, en ocasiones, echo de menos aquellas alegres disputas más o menos encendidas, alrededor de una mesa. Parece haberse acabado todo eso. Por una parte no está tan mal, al fin y al cabo era un tremendo error, pero el caso es que el fracaso de algo así, ha traído, fatalmente, el surgimiento ―o resurgimiento― de algo peor: El progresismo.

Se ha vuelto a algo mucho más elemental y primario. El progresismo no es otra cosa que una especie de puré de todas las blandenguerías mentales que pululan y han pululado durante los dos últimos siglos por los mentes de los más débiles mentales y, al mismo tiempo, más dados a la violencia de los ciudadanos de Occidente. Desde el multiculturalismo ―puré hediondo ya de por si―, pasando por lo políticamente correcto, el desprecio de la vida y la imposición de la cultura de la muerte, el miedo a la libertad, la cobardía más atroz, el no saber caminar nada más que de la mano de papá Estado, el que alguien nos cuide y piense por nosotros, nos diga lo que tenemos que comer, si debemos fumar o no, qué debemos beber, si van a conducir por nosotros, si están matando o no el planeta para sacarnos la pasta para cuidarlo ellos, cómo y dónde debemos vivir, qué complejos tenemos que imponernos, en que dioses creer, en qué enemigos fijarnos, qué amistades dejar, a quién imponerle los laureles…

Todo esto y mucho más metido en una túrmix para hacer una especie de sopa atroz o zumo de letrina. Luego nos lo tendremos que beber y, si el hedor nos causa náuseas y no podemos con su pócima, nos mandarán a las tinieblas exteriores. Con el tiempo volverán a ofrecernos el asqueroso brebaje ―cada vez más maloliente e intragable― y, el que no se lo quiera pimplar recibirá la marca de no pertenencia. Con el tiempo se nos negará la categoría de seres humanos y se nos tratará como una infra raza proscrita a la que acabarán, como han hecho siempre, intentando exterminar.

lunes, 8 de marzo de 2010

ABORTO. IMPRESIONES.


Por supuesto que me alegra el rotundo éxito de las manifestaciones a favor de la vida, aunque, como todo el mundo sabe, lo más tremendo es que haya que salir en su defensa. Ciertamente a los stalinazis también les parecía absurdo que la gente estuviera contra Dachau, Mathaussen, Babi Yar, el Gulag… Era realmente absurdo, ¿no estaban acaso defendiendo a la gran masa proletaria, a la gran masa aria, el futuro inevitable de la humanidad? Estaban absolutamente convencidos de que era bueno matar gente, era una manera como otra cualquiera de extender los derechos de esas grandes masas elegidas. Había, pues, consenso, al menos en algunos ámbitos, aunque luego se demostró que medio mundo no estaba dispuesto a ir al matadero. Pero es que al menos podían luchar, podían, en algunos casos muy precariamente, defenderse. Ahora no, ahora ni siquiera se les oye quejarse, ni siquiera se oyen los horrorosos quejidos de las madres que los abortaron porque también les han metido un trapo en la boca.

"La ciencia está de nuestra parte", decía ayer una hojita parroquial. Desde luego, ¿cómo no va a estar al lado de lo humano y a su favor un instrumento humano como es la ciencia? Si no lo estuviera no podría calificársele de ciencia, sino de otra cosa. Desde luego, por más que se empeñen algunos, lo de Menguele no era ciencia.

Lo más alarmante de todo es que, con la juerga de los integrantes de la famosa foto de Caamaño rodeado de feministas aborteras y los numerosos componentes de otras imágenes sangrantes, todo se haya preparado para el feliz chapoteo hemático. En primer lugar el aborto en sí mismo, en segundo lugar la rebaja de la edad en este deporte ―aledaño al botellón y al bacalao―, como es lo del matachín de fin de semana en alguna de esas rutas y, en tercer lugar, la previa preparación pública, en las escuelas, para que todo eso sea posible. El grado de premeditación determina el nivel de horror del crimen. Todo está mucho más y mejor preparado que los genocidios del siglo XX.

"Hoteles subvencionados con habitaciones a dos euros y los abortorios no podrán estar, en las carreteras, a menos de doscientos metros". Esta debe de ser la nueva ley que está preparando Zapatero. Lo de los doscientos metros debe de ser para evitarle la competencia a los amiguetes

Sé que las sociedades que abandonan a los más débiles están condenadas a desaparecer, pero las manifestaciones pro vida son un síntoma de que hay resistencia a la muerte, al horror, de que siempre hay esperanza, hasta en los peores momentos de la historia humana.

viernes, 5 de marzo de 2010

DE TRACA.

Unos cuantos han proclamado una Cataluña independiente, propalestina y desafían al ejército. Esa es la noticia. Algunos de ellos afirman que, España, ya no tiene ni Francos ni Tejeros, por lo que están seguros de poder "robarle la cartera a España". Estos stalinazis ven enemigos por todas partes, que es la forma de proceder de la España más negra y, en el peor de los sentidos, más tradicional. Lo curioso es que se alimentan de sí mismos, porque, si en España ya no hay ni Francos ni Tejeros, ¿contra quién luchan? Lo más curioso es que una España desfondada asiste con estupefacción, un poco de cabreo y mucha sorna a la pantomima de estos seres. Temen, quizá, que les coja la paparrasolla y, por eso, se alimentan de hierba venenosa como el catoblepas. Así, de esa manera, si la paparrasolla se los come, morirá envenenada. Borges cuenta que, este mítico animal, una vez, mientras pastaba sus hierbas venenosas, inadvertidamente, se comió sus propios pies. Eso es lo que les pasa, se alimentan de su propio veneno, del veneno que destilan. Decía A. Glucksman que "… la única verdad a la que consienten los monstruos es la del discurso que tejen".

Siempre, sin duda, hay algún progre que sirve de aliño a estas ensaladas, cuando no las promueve y cocina, ya que, el progre, al igual que el nacionalista ―colectivistas ambos― se ha maleducado con apasionamiento, vehemencia y de un modo sistemático. Ni unos ni otros se enteran de que una frontera es buena porque es, no existe porque sea buena.

En segundo lugar son propalestinos, es decir, que son discípulos de Mahomarx. A las casas del pueblo, sin saber bien cómo, les han crecido minaretes; el cava se ha alargado y nacionalistizado aún más, ahora se le llama kaaba. Mientras cantan Els Segadors, sin afilar la hoz ni pulir el martillo, adoran la momia de Lenin tanto como la de Bin Laden en las montañas de Afganistán. Seguidamente recitan los Hadditt del profeta insertos entre los párrafos de El Capital. En fin, estos atontados, se creen que el quid del antisemitismo son los judíos; no se les ocurre, ni por lo más remoto, que la clave del antisemitismo es el antisemita.

Todas las majaderías, parodias, futilidades mentales, crueldades y perversidades acaban juntándose para producir, en ocasiones, atrocidades incalculables y, en otras, bobadas universales. En cualquier caso pienso que nunca conviene tentar al diablo. Algunos dirigentes serán responsables ante la historia por haber llevado a toda una sociedad a la mayor bagatela mental y vital que narrarse sea posible en siglos venideros. Probablemente sea ese el espejo en que quieren y pueden mirarse. Está claro que, Dios, suele volver locos a los que quiere perder. Ya no vivimos en una sociedad sana. La progresía y sus adláteres ha introducido, de rondón y ya desde hace tiempo, la prerrogativa o privilegio efectivo de la inhumanidad, el disparate y la burricie. Lo peor es que muchos han renunciado al combate y, con ello, también, al igual que los sujetos agentes, a ser personas; prefieren ser falsos diosecillos o simples animalejos.

Algunos, con pronunciar la palabra democracia, lo tienen todo hecho. Quizá tengan razón porque semejante taumaturgia funciona de lo lindo. La puesta en práctica de lo que el vulgo entiende por democracia, que no va más allá de echar una papeleta en una caja con ranura ―de niños era la perra gorda en el cerdito, en esencia es lo mismo y significa lo mismo para una gran parte―, no garantiza que ese pueblo soberano, soberanamente inconsciente, pueda "democráticamente" instalar en el poder a dementes, idiotas, jeques, caudillos, sultancitos, comandantes, gorilas, mentecatos, soplagaitas, innovadores imaginativos de la estulticia y el delito…

Ese tipo de Calahorra que se llamaba Quintiliano solía decir que sólo sirven las reglas cuando guían por el camino derecho. Hoy, la verdad, en esta España de Zapatero, no sabemos si es que las reglas no sirven porque no nos llevan por el camino derecho o es que ya no existen las reglas sino solamente sus excepciones. Ya no hay ninguna lógica en casi nada, sólo suele aparecer en la vida privada de la gente menos importante y también de la menos culta o que menos cosas sabe que no son así.

Se es idiota por afición, porque ser un pasmado trae cuenta, porque el desequilibrio y la flojera están de moda, porque, en definitiva, el desenfreno y la incontinencia más asnal y ordinaria se han convertido en algo grande. Chesterton intentaba aclarar este estado de confusión que, en su tiempo, también existía en cierto grado. Decía muy gráficamente: "Que un hombre sea bípedo no quiere decir que cincuenta hombres sean un ciempiés". ¿Pues anda que, hoy, no hay ciempiés por ahí! Y encima en grupitos que se cogen de la manita.

Por más que mucha gente se esfuerce hay que tener la clara conciencia de que, como decía Edith Stein, "ya no me importa el tener razón… Había aprendido que, a los hombres, sólo muy raramente se les mejora por el hecho de decirles las cuatro verdades".

En la orilla del Tiberiades se hallaban sentados dos amigos, el uno creyente y el otro ateo. De repente vieron venir, caminando sobre las aguas, a Jesucristo. El creyente se arrodilló y se puso a alabarle, pero el ateo, alarmado, le dijo: ¿Qué haces? ¿Tú estás loco? ¿Cómo va a ser Dios un tío que no sabe ni nadar?

Pues eso

 

martes, 2 de marzo de 2010

CAPITALISMO.


Dicen, algunos incluso desde los púlpitos, que es el gran satán, no enterándose de que Satanás es el nombre de alguien, no de algo y debe escribirse con mayúscula, dado que es un nombre propio. El capitalismo es algo y todos vienen a coincidir en que tiene su nacimiento en las revoluciones industriales. La inglesa, primero, y la alemana, después. Curiosamente, quienes primero claman contra aquellas condiciones que empiezan a imponerse sobre los trabajadores, que los gobiernos ignoran, son, curiosamente, los propios capitalistas y es la Iglesia quien primero clama contra aquella forma de explotación. Ahora, los de siempre, siempre dispuestos a reescribir la historia pretenden contárnosla de otra manera. Cuando se lee el Manifiesto Comunista de Marx y Engels da toda la impresión, en las primeras páginas, de que está defendiendo el capitalismo, a pesar de que lo que generalmente conocemos es la redacción final de 1898 y no la de 1846. Resumiendo: el capitalismo aquel era producto, al igual que el socialismo y todo lo que vino después, de aquel liberalismo ultra racionalista del siglo XVIII y que aún logró acentuarse más en el XIX. Es el liberalismo que tiene muy poco de hispánico, muy poco de inglés. Más que nada es un modernismo, o naturalismo, o progresismo, o como queramos llamarlo que no supo nada de la libertad ni de la trascendencia. Provenía de las sociedades secretas francesas, imaginadas y fundadas por las desocupadas mujeres de la aristocracia francesa a finales del XVII y principios del XVIII. Lo que generalmente hace Íker Jiménez en la Cuatro, lo hacían las mujeres francesas en sus conciliábulos en el siglo XVII y quizá ya durante el XVI. La influencia mayor en aquellas reuniones, por las que luego se interesaron los enciclopedistas del XVIII, era sobre todo el judaísmo. Nace, así, la masonería en 1717, que desde entonces nutre abundantemente el mundo de la política y la economía. Elabora sus constituciones fundantes en 1723 sobre las cenizas de las verdaderas de los massons de la Edad Media ―que queman ritual y literalmente―, que no eran otra cosa que sindicatos de albañiles profundamente católicos.

El liberalismo cartesiano masónico es básicamente, en principio, igual al socialismo. Es un modernismo, progresismo, naturalismo… que consiste, en primer lugar, en negar lo sobrenatural y endiosar a lo natural. Tanto el uno como el otro nacen para luchar contra el catolicismo y lógicamente contra España. Sólo hay que fijarse en los símbolos de muchos países de Hispanoamérica. Cómo se logró destruir el Imperio español y cómo la masonería trabajó con tanto ahínco es fácil de ver hoy día en la abundancia de soles y triángulos en las enseñas de muchos de esos países y denota cuál fue la lucha contra la católica España. Baste recordar que los adeptos de la masonería, al llegar al grado 33, tienen que pisar la corona ―la española, claro― y la mitra papal. Inequívoca la cuestión.

Sin embargo, el liberalismo español, es otra cosa. Es el genuino y verdadero liberalismo ―que nada tiene que ver con el americano o europeo― y no hay que confundirlo con el exterior. Viene por la vía de la escuela de Salamanca y algo de él hay en la Constitución americana. Se plasma documentalmente en la Constitución de Cádiz de 1812, que es la Constitución liberal por antonomasia. La elaboración de aquella Constitución cuenta, desde luego, con el concurso de algunos curas y no es en absoluto masónica, ya que proclama la Monarquía como forma de gobierno y el cristianismo como religión. Esto último es para que lo sepan algunos socialistas, que, por lo visto, también quieren apropiarse de dicha Constitución. Lo vamos a ver y podremos reírnos a carcajadas en su bicentenario dentro de dos años. Seguro que dicen que Fernando VII, cuando en mayo de 1814 se cargó dicha Constitución, estaba aliado con el PP, con Aznar, con Franco, con Bush y con el imperialismo capitalista.

Volviendo al hilo, hoy día, el capitalismo debe entenderse en el sentido de libertad de mercado. Aquel breve periodo histórico de, quizá explotación e inadaptación humana, a un proceso tecnológico nuevo y de expansión del acceso a los medios de vida de cada vez más gente, pudo tener entonces una serie de desajustes, aunque ya desde el principio se alzaron voces para paliar los efectos secundarios de algo que, en términos generales, era bueno. El capitalismo, o la iniciativa privada, o la libertad de mercado sólo existe donde hay un estado de derecho fuerte, donde hay un férreo control de las leyes, es decir, sólo se puede hablar de capitalismo en las verdaderas democracias. En países donde hay dictaduras islámicas o socialistas, no hay capitalismo; por ejemplo, en Rusia, donde aún no se ha consolidado el estado de derecho, no hay capitalismo, sino mafia. En China, donde no hay estado de derecho ni por asomo, tampoco hay capitalismo sino explotación de unos por parte de los otros, generalmente los amigos del poder.

El capitalismo es, pues, la iniciativa privada, a veces pública y, dependiendo de dónde, más o menos justa. Siempre ha existido, sin embargo, de una forma u otra, bien como autarquía ―clarísimo en las dictaduras anticapitalistas― o como plutocracia, incluyendo todos los términos medios que se quieran. No hay alternativa, solo el imperio de la ley y la moral pública y privada pueden prevenir los abusos del capitalismo, que es ―históricamente comprobado― inevitable. León XIII clamó contra las condiciones terribles a las que estaban sometidos los trabajadores en aquella encíclica titulada "Rermn novarum". En ese mismo documento avisaba de que había que tener muchísimo cuidado porque el remedio podía ser peor que la enfermedad. Desgraciadamente tenía razón, 1917 acabó llegando.

Hace cuatrocientos mil años, cuando un cavernícola se encontró en su cueva con que había recolectado un montón de manzanas silvestres, salió al exterior y, cuando vio a su vecino, que había cazado un uro, se preguntó si no podría cambiarle unas cuantas manzanas por un poco de carne. Lo intentó y, tras duras negociaciones, aquel día los dos comieron una dieta más variada y, sus cerebros crecieron y se hicieron más listos. Poco más tarde inventaron el dinero para que aquellos intercambios fueran más justos, incluso, Dios, les dijo que no robaran ni codiciaran los bienes ajenos, y que no se obcecaran con la riqueza, que era un simple utensilio, ningún fin en sí mismo. Les pidió también que fueran buenos y generosos, que fueran caritativos e hicieran limosnas y que, en definitiva, buscaran la verdadera riqueza y que la atesoraran.

¿No serán el capitalismo, la libertad de mercado, la iniciativa privada elementos constitutivos del carácter humano? ¿Las sociedades humanas no se construyen mediante toda clase de intercambios? ¿No es el colectivismo, literalmente, la destrucción de lo humano?

No, el capitalismo no es satán. Satán es el que lo pudre, lo hace injusto, lo falsea…