jueves, 18 de marzo de 2010

AQUELLA IZQUIERDA. ESTA IZQUIERDA III. FINAL (por el momento).


Por el momento, sin duda. Cuando vuelva a hablar de esta izquierda espero que ya no exista o, al menos por mi parte, lo haré con otro título.

Me temo, sin embargo, que mis esperanzas son y serán vanas porque hay demasiada gente ―progresistas― que cree que merece la pena vivir creyendo que es necesario conocer tantas cosas que no son ciertas. Y este es el verdadero quid de la cuestión, el hecho de que haya tanta gente que no se pregunte si las cosas están bien o mal, si son verdaderas o falsas.

Pongamos el ejemplo más obvio: el de la vida. La progresía, o modernidad, o como queramos llamarle, cree que por decirlo, y repetirlo hasta la saciedad, solamente de ellos es la ciencia, y la contraponen a cualquier otro hecho humano. En la mayor parte de los casos son tan analfabetos ―científicamente hablando― como los demás que, reconocemos sin rubor aunque con cierta pesadumbre, que apenas sí recordamos la fórmula del agua, o de la sal común, o la del ácido sulfúrico. Seguramente sabemos mucho más que la mayoría de ellos por simple sentido común, pero debemos recibir lecciones continuas de quien cree que "Cl Na" es un antónimo de la forma verbal imperativa "entra". Tiene lógica que quien cree que ha descubierto el secreto absoluto de algo, de la vida por ejemplo, con su privativo, exclusivo y patrimonial método científico, deja de creer automáticamente en ella. Es como la creencia en Dios; deja de creer en Él quien cree estar en su secreto o quien tiene una idea falsa de Dios, que suele ser lo más usual. Si yo pudiera entender a Dios también dejaría de creer en Él y, si yo hubiese logrado entender a Dios, que es un ser infinito, sería dios yo. Ahora entiendo tantas barbaridades.

Otra de las cosas que definen a un progre ―aunque sea un postmarxista― es que está todo el día pensando en el Estado como fuente de absolutamente todo; eso significa una negación absoluta de la libertad individual. Piensa, desde luego, en la propiedad colectiva ―sobre todo en la suya propia― como panacea de toda justicia, aunque no le hace falta ni el sentido común ni la pregunta de si existe una inteligencia colectiva. Al final, este tipo de personas, necesitadas de varias tandas de ejercicios espirituales e intensivos cursos de filosofía, no tienen más reivindicación de la libertad que la de que, dicha palabra, ande siempre en sus carteles, pero sólo ahí. No creo que pueda haber gente más sumisa en este mundo, gente tan perfectamente preparada siempre para advenimiento de cualquier dictadura, que suelen apoyarla sin turbarse en absoluto. Es el tipo de personas que conforman siempre una masa, propensa siempre a ser empujada, moldeada. Necesitan la libertad, proclamada con chillido de cochina parida, para creerse libres; lo malo es que no lo son porque lo han entregado todo a la nada. No ponen su libertad individual al servicio del común porque no tienen libertad individual, van a ese común a por su ración de libertad y, como no son libres individualmente, siempre tienen sus manos vacías. Julián Marías lo decía mucho mejor: "No tener libertad es malo, pero es mucho más grave no ser libre".

Y es que cuando no se tiene nada, nada se puede aportar, ni siquiera el pudor o algo de humildad en reconocer que uno se equivoca (no como ellos dicen "se puede equivocar", sin que esa posibilidad, en sus mentes, se dé nunca) por lo menos una vez por parrafada. Sus actuaciones, en todos los campos, son siempre iguales y facilísimas de reconocer, desde la Teología de la Liberación, que tañe las campanas contra Dios, hasta el último espeluzno que pasa por cultura y arte innovador. No digo nada de los avances en derechos sociales porque eso es un apartado de múltiples análisis por cada caso que proponen.

En fin, el proceso de "cutrificacion" humana que supone la aparición de esta izquierda, absolutamente idiotizada, que ni siquiera atiende ya al flower power o a Lobsang Rampa, ni al Magic and Yellow Bus, les ha convertido en unos simples fantoches obcecados que, para más inri, se creen con derecho a repartir la moralidad y el prestigio. En fin, han llegado al nihilismo por simple insatisfacción y propugnan, sin sonrojo alguno, el "mentecatismo" cósmico como forma de pensamiento.

Nada de esto es nuevo, son la misma historia de siempre, el mismo error con imágenes reconstituidas, el mismo progresismo de boquilla y "regresismo" de hecho; un regreso a periodos anteriores al uso de la inteligencia y al convencimiento de que, ésta, no hace falta porque todo viene dado por una naturaleza humana que es buena. No me explico, si eso es así ―y es así para ellos de un modo absoluto―, por qué andan todo el día proclamando códigos o por qué los demás somos considerados tan malos.

Una vez convencidos de su progresismo creen ir avanzando hacia el infinito, pero no se dan cuenta de que son tan progresistas como lo eran sus padres, sus abuelos, sus bisabuelos, sus tatarabuelos y sus tatara, tatara, tatara…, exactamente igual de progres que todos ellos por lo que me pregunto cuánto, pues, han progresado. Estoy absolutamente convencido de que en las próximas elecciones nos volverán a hablar del "cambio", siempre lo hacen. 

Es curioso y no deja de tener cierta gracia que en la gran inscripción cuneiforme de Behistun, Darío, rey de reyes, se gloriaba de haber introducido el "cambio" trayendo la felicidad a Persia. El emperador Augusto también habla del "cambio" en su testamento.

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