lunes, 15 de marzo de 2010

AQUELLA IZQUIERDA. ESTA IZQUIERDA.


La verdad es que no puedo dejar de maravillarme. No hace tanto, eso que llamamos izquierda, era otra cosa. Desde luego jamás he sido de izquierdas y, mucho menos he pertenecido a esa especie de callejuela estrecha de la perra gorda que era la ideología socialista (o comunista, que era lo que estaba a mitad de camino entre el haber cerrado los ojos voluntariamente o no querer abrirlos ni de broma, y el socialismo; y éste no era otra cosa que el dejarse guiar por los comunistas). De repente ya no hay ni los unos ni los otros, es decir, ni los aposentados ni los por aposentarse. La discusión es inútil; en cuanto vislumbran cualquier atisbo de razón y argumento te llaman fascista, extrema derecha, ultraderecha, ultracatólico, belicista… y lo malo es que te lo dicen con, ya, demasiado odio. El caso es que no les da ya ni siquiera para cambiar el orden de los insultos.

La cosa ha cambiado mucho. Antes se podía discutir o debatir, o como queramos llamarlo, con ellos. La ideología que profesaban no era una fe totalmente refractaria al pensamiento. El marxismo, ciertamente, tenía unas fronteras intelectuales muy estrechas y no servía para realizar demasiadas florituras mentales; pero tenía cierta coherencia interna y, desde el punto de vista teórico, servía para explicar todas las cuestiones ―en realidad no muchas― de la vida y de la sociedad siempre y cuando no tuviera que enfrentarse con la realidad. La verdad es que, en ocasiones, echo de menos aquellas alegres disputas más o menos encendidas, alrededor de una mesa. Parece haberse acabado todo eso. Por una parte no está tan mal, al fin y al cabo era un tremendo error, pero el caso es que el fracaso de algo así, ha traído, fatalmente, el surgimiento ―o resurgimiento― de algo peor: El progresismo.

Se ha vuelto a algo mucho más elemental y primario. El progresismo no es otra cosa que una especie de puré de todas las blandenguerías mentales que pululan y han pululado durante los dos últimos siglos por los mentes de los más débiles mentales y, al mismo tiempo, más dados a la violencia de los ciudadanos de Occidente. Desde el multiculturalismo ―puré hediondo ya de por si―, pasando por lo políticamente correcto, el desprecio de la vida y la imposición de la cultura de la muerte, el miedo a la libertad, la cobardía más atroz, el no saber caminar nada más que de la mano de papá Estado, el que alguien nos cuide y piense por nosotros, nos diga lo que tenemos que comer, si debemos fumar o no, qué debemos beber, si van a conducir por nosotros, si están matando o no el planeta para sacarnos la pasta para cuidarlo ellos, cómo y dónde debemos vivir, qué complejos tenemos que imponernos, en que dioses creer, en qué enemigos fijarnos, qué amistades dejar, a quién imponerle los laureles…

Todo esto y mucho más metido en una túrmix para hacer una especie de sopa atroz o zumo de letrina. Luego nos lo tendremos que beber y, si el hedor nos causa náuseas y no podemos con su pócima, nos mandarán a las tinieblas exteriores. Con el tiempo volverán a ofrecernos el asqueroso brebaje ―cada vez más maloliente e intragable― y, el que no se lo quiera pimplar recibirá la marca de no pertenencia. Con el tiempo se nos negará la categoría de seres humanos y se nos tratará como una infra raza proscrita a la que acabarán, como han hecho siempre, intentando exterminar.

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