martes, 2 de marzo de 2010

CAPITALISMO.


Dicen, algunos incluso desde los púlpitos, que es el gran satán, no enterándose de que Satanás es el nombre de alguien, no de algo y debe escribirse con mayúscula, dado que es un nombre propio. El capitalismo es algo y todos vienen a coincidir en que tiene su nacimiento en las revoluciones industriales. La inglesa, primero, y la alemana, después. Curiosamente, quienes primero claman contra aquellas condiciones que empiezan a imponerse sobre los trabajadores, que los gobiernos ignoran, son, curiosamente, los propios capitalistas y es la Iglesia quien primero clama contra aquella forma de explotación. Ahora, los de siempre, siempre dispuestos a reescribir la historia pretenden contárnosla de otra manera. Cuando se lee el Manifiesto Comunista de Marx y Engels da toda la impresión, en las primeras páginas, de que está defendiendo el capitalismo, a pesar de que lo que generalmente conocemos es la redacción final de 1898 y no la de 1846. Resumiendo: el capitalismo aquel era producto, al igual que el socialismo y todo lo que vino después, de aquel liberalismo ultra racionalista del siglo XVIII y que aún logró acentuarse más en el XIX. Es el liberalismo que tiene muy poco de hispánico, muy poco de inglés. Más que nada es un modernismo, o naturalismo, o progresismo, o como queramos llamarlo que no supo nada de la libertad ni de la trascendencia. Provenía de las sociedades secretas francesas, imaginadas y fundadas por las desocupadas mujeres de la aristocracia francesa a finales del XVII y principios del XVIII. Lo que generalmente hace Íker Jiménez en la Cuatro, lo hacían las mujeres francesas en sus conciliábulos en el siglo XVII y quizá ya durante el XVI. La influencia mayor en aquellas reuniones, por las que luego se interesaron los enciclopedistas del XVIII, era sobre todo el judaísmo. Nace, así, la masonería en 1717, que desde entonces nutre abundantemente el mundo de la política y la economía. Elabora sus constituciones fundantes en 1723 sobre las cenizas de las verdaderas de los massons de la Edad Media ―que queman ritual y literalmente―, que no eran otra cosa que sindicatos de albañiles profundamente católicos.

El liberalismo cartesiano masónico es básicamente, en principio, igual al socialismo. Es un modernismo, progresismo, naturalismo… que consiste, en primer lugar, en negar lo sobrenatural y endiosar a lo natural. Tanto el uno como el otro nacen para luchar contra el catolicismo y lógicamente contra España. Sólo hay que fijarse en los símbolos de muchos países de Hispanoamérica. Cómo se logró destruir el Imperio español y cómo la masonería trabajó con tanto ahínco es fácil de ver hoy día en la abundancia de soles y triángulos en las enseñas de muchos de esos países y denota cuál fue la lucha contra la católica España. Baste recordar que los adeptos de la masonería, al llegar al grado 33, tienen que pisar la corona ―la española, claro― y la mitra papal. Inequívoca la cuestión.

Sin embargo, el liberalismo español, es otra cosa. Es el genuino y verdadero liberalismo ―que nada tiene que ver con el americano o europeo― y no hay que confundirlo con el exterior. Viene por la vía de la escuela de Salamanca y algo de él hay en la Constitución americana. Se plasma documentalmente en la Constitución de Cádiz de 1812, que es la Constitución liberal por antonomasia. La elaboración de aquella Constitución cuenta, desde luego, con el concurso de algunos curas y no es en absoluto masónica, ya que proclama la Monarquía como forma de gobierno y el cristianismo como religión. Esto último es para que lo sepan algunos socialistas, que, por lo visto, también quieren apropiarse de dicha Constitución. Lo vamos a ver y podremos reírnos a carcajadas en su bicentenario dentro de dos años. Seguro que dicen que Fernando VII, cuando en mayo de 1814 se cargó dicha Constitución, estaba aliado con el PP, con Aznar, con Franco, con Bush y con el imperialismo capitalista.

Volviendo al hilo, hoy día, el capitalismo debe entenderse en el sentido de libertad de mercado. Aquel breve periodo histórico de, quizá explotación e inadaptación humana, a un proceso tecnológico nuevo y de expansión del acceso a los medios de vida de cada vez más gente, pudo tener entonces una serie de desajustes, aunque ya desde el principio se alzaron voces para paliar los efectos secundarios de algo que, en términos generales, era bueno. El capitalismo, o la iniciativa privada, o la libertad de mercado sólo existe donde hay un estado de derecho fuerte, donde hay un férreo control de las leyes, es decir, sólo se puede hablar de capitalismo en las verdaderas democracias. En países donde hay dictaduras islámicas o socialistas, no hay capitalismo; por ejemplo, en Rusia, donde aún no se ha consolidado el estado de derecho, no hay capitalismo, sino mafia. En China, donde no hay estado de derecho ni por asomo, tampoco hay capitalismo sino explotación de unos por parte de los otros, generalmente los amigos del poder.

El capitalismo es, pues, la iniciativa privada, a veces pública y, dependiendo de dónde, más o menos justa. Siempre ha existido, sin embargo, de una forma u otra, bien como autarquía ―clarísimo en las dictaduras anticapitalistas― o como plutocracia, incluyendo todos los términos medios que se quieran. No hay alternativa, solo el imperio de la ley y la moral pública y privada pueden prevenir los abusos del capitalismo, que es ―históricamente comprobado― inevitable. León XIII clamó contra las condiciones terribles a las que estaban sometidos los trabajadores en aquella encíclica titulada "Rermn novarum". En ese mismo documento avisaba de que había que tener muchísimo cuidado porque el remedio podía ser peor que la enfermedad. Desgraciadamente tenía razón, 1917 acabó llegando.

Hace cuatrocientos mil años, cuando un cavernícola se encontró en su cueva con que había recolectado un montón de manzanas silvestres, salió al exterior y, cuando vio a su vecino, que había cazado un uro, se preguntó si no podría cambiarle unas cuantas manzanas por un poco de carne. Lo intentó y, tras duras negociaciones, aquel día los dos comieron una dieta más variada y, sus cerebros crecieron y se hicieron más listos. Poco más tarde inventaron el dinero para que aquellos intercambios fueran más justos, incluso, Dios, les dijo que no robaran ni codiciaran los bienes ajenos, y que no se obcecaran con la riqueza, que era un simple utensilio, ningún fin en sí mismo. Les pidió también que fueran buenos y generosos, que fueran caritativos e hicieran limosnas y que, en definitiva, buscaran la verdadera riqueza y que la atesoraran.

¿No serán el capitalismo, la libertad de mercado, la iniciativa privada elementos constitutivos del carácter humano? ¿Las sociedades humanas no se construyen mediante toda clase de intercambios? ¿No es el colectivismo, literalmente, la destrucción de lo humano?

No, el capitalismo no es satán. Satán es el que lo pudre, lo hace injusto, lo falsea…

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