miércoles, 24 de marzo de 2010

DERECHA II

Está claro, pues, que, en cierto sentido ―más que nada en oposición al progresismo, modernismo, cartesianismo, socialismo, demoimbecilidad, bolchevismo, colectivismo o como queramos denominarlo―, surge, en 1939, un régimen autoritario y de derechas. Hay que recordar que la guerra la provoca la izquierda bolchevique que, en palabras de Largo Caballero, no debía tener piedad. Había, ya, que llevar a cabo la revolución aun a costa de miles o millones de vidas. Aquella izquierda, como claramente lo demostraron los hechos, iba al exterminio de una buena parte de los españoles empezando por los católicos, que eran la inmensa mayoría. Pero no voy a hablar aquí de ello pues, por fortuna, ya hay muchos libros que detallan aquel terrorífico proyecto y las fases horrorosas que ya emprendieron. De cualquier forma ahí están las hemerotecas, sobre todo los periódicos de izquierdas de aquella época que detallan con claridad cuál era su proyecto. Por fortuna, gracias a Dios, nos les fue posible llevarlo a cabo como, sin embargo, sí pudieron hacer en medio mundo.

Sí se impone un somero y sencillo repaso para entender que la historia no es en absoluto caprichosa. Nada ocurre por casualidad; aun haciendo el idiota, en cada momento, la humanidad, siempre apuesta, acertadamente, por lo menos malo. Siempre, claro está, después de haberse vuelto loca y tener todas las dificultades habidas y por haber para paliar su insensateces.

El PSOE, fundado por el tipógrafo Pablo Iglesias y legalizado por Sagasta en 1898, siempre estuvo en contra de España. La E de sus siglas fue adoptada más tarde de su nacimiento para que lo cosa no cantase demasiado. De hecho, en la guerra de Cuba, provocada por los EEUU, Pablo Iglesias, apoya a los EEUU alegando que él está con los proletarios americanos en contra de su odiada aristocracia española; al contrario que ahora en que, el PSOE, apoya a un aristócrata gallego, que tiraniza a Cuba, pero que da toda la impresión de odiar a España, que es lo que le mola. Porque, la izquierda española, odia a España ―la España Católica o la Católica España, póngase el título que se quiera, aunque sobra, porque al decir España hablamos de catolicidad y de Roma, que es la Hispania de la que proviene―, ama más a la musulmana Al-Ándalus o la caótica y bárbara Iberia prerromana y precristiana.

Pablo Iglesias intenta, incluso blandiendo su revólver en el parlamento, destruir, en repetidas ocasiones, la democracia surgida en los setenta del siglo XIX. Sus repetidos intentos de golpe de estado no tuvieron éxito hasta que la izquierda ―eso que Gustavo Bueno llama las diversas generaciones de la izquierda― mata literalmente la democracia matando a los representantes de la derecha. Llega, así, la dictadura de Primo de Rivera del año veintitrés en la que participa el PSOE asumiendo varios cargos. Su idea es meter a España en una revolución al estilo soviético. Casi lo consigue y lo ve mucho más fácil en los últimos estertores de la dictadura, con el gobierno de Berenguer. Lo tenía en la mano, y programado el golpe de estado en el Pacto de San Sebastián cuando, la derecha, desde los partidos monárquicos, el ejército y la Guardia Civil, cuyo jefe era Sanjurjo, posibilitan y traen la República en 1931. Enseguida es la izquierda quien se hace la dueña de la situación. Se inician las quemas de iglesias, conventos, bibliotecas y obras de arte y se proclama una Constitución contra la mayoría de los españoles. Se proclama la "Ley de defensa de la República" que supone la suspensión de las garantías constitucionales muy poco después de la promulgación de la Constitución; proclaman la ley de "Vagos y Maleantes", que ahora los progres atribuyen a Franco, y se mete a España en uno de los periodos de hambruna más terribles de su historia moderna, bastante mayor del que se dio después de la guerra.

En las elecciones de 1933, la CEDA (la derecha) arrasa, sin embargo, para no crear problemas decide apoyar el gobierno del ―por entonces ya― centroderechista Lerroux. Es entonces cuando, Clara Campoamor, del partido de Lerroux, consigue, con el apoyo de la CEDA, claro, el voto para la mujer. La izquierda se opone, sobre todo las componentes femeninas del PSOE, que, en bloque, vota en contra.

El PSOE advierte que si, alguien de la CEDA entra en el gobierno lo considerarían una provocación e irían, incluso, a la agresión personal, cosa que ya estaban haciendo. En octubre de 1934 directamente, el PSOE y ERC, se levantaron en armas contra la República. Es la primera batalla de la guerra en la que hay dos mil muertos en todas las provincias, aunque se haya querido esconder la cosa como una pequeña reyerta que se ha denominado ―la izquierda lo ha hecho― la Revolución de Asturias. Sí es cierto que fue en Asturias donde se pusieron las botas asesinando curas y católicos sin más y volaron hasta la magnífica Cámara Santa de la Catedral de Oviedo: la izquierda y su innato amor al arte y a la cultura. Aquella guerra logró pararse momentáneamente hasta que, de un pucherazo, la izquierda gana las elecciones de febrero del 36.

A partir de ahí el desastre: los asesinatos, continuos, la inseguridad más apabullante, el comienzo del exilio tremendo que, aún hoy, está tapado y olvidado, las risotadas del gobierno y de las Cortes cuando Gil Robles y Calvo Sotelo piden que se respete la ley, cuando a estos se les amenaza en las mismísimas Cortes y luego, la escolta de Indalecio Prieto va a buscarles para asesinarlos. A Gil Robles no lo encontraron en casa, pero a Calvo Sotelo sí y pudieron asesinarlo… y, claro, más de media España no estaba dispuesta a morir.

El 18 de julio del 36, la timorata derecha ― y no, desde luego el fascismo, o el nazismo, o cualquier otra idiotez que se quiera decir por parte de la propaganda de la izquierda―; intenta un golpe de estado con la intención de hacer cumplir la ley republicana ―de cuyo asalto por parte de la izquierda ya la había defendido en el año 34―. Aquel golpe de estado fracasó y no hubiera ocurrido nada más ―a excepción quizá de unos centenares de miles, o millones, de fusilamientos mientras se afianzaba pacíficamente un gobierno revolucionario y una sociedad proletaria― a no ser que, con esa excusa, la izquierda, saliera a la calle a matar a todo el mundo, cosa que hizo. Ya se estaba asesinando a todo asesinar mientras, Franco, aún se estaba pensando qué hacer, cómo parar aquello. Por fortuna lo paró, pero acabó convencido de que con semejante izquierda era imposible una democracia en España. Se veía muy claro en 1936 si se le sumaba el primer episodio grave de 1934. En 1939, Franco, lo tenía ya muy claro: no creía en una democracia que la izquierda utilizaba para sus propios fines ―todo el mundo sabe qué fines son esos― y para que el horror tuviera que ser frenado tan dolorosamente una y otra vez.

La izquierda sigue sin aceptar plenamente las reglas del juego y, aun hoy, la democracia y la libertad le son algo ajeno. Quieren otro tipo de sociedad, una sociedad que ellos impongan. La sociedad española ¿tendrá que volver a defenderse?, o, si la izquierda se contiene y no mata y permite una cierta disidencia, triunfará esta vez. ¿Se conformará, la libertad, con vivir en un escueto reducto permitido por papacito Zapatero?

O se va, quizá, a una cárcel sin barrotes. La deriva de la educación, y todos los demás parámetros, llevan a la sociedad española, y a buena parte de la población occidental ―quizá, aún, con la excepción de USA―, a una suerte de libertad meramente aparente, a una animalidad social en la que, cual pocilga, todo huela igual. No es esto algo que haya comenzado Zapatero, no se le puede atribuir ninguna paternidad de la herejía; le viene dado y formulado en unos pocos mandamientos claros, fáciles de memorizar y absolutamente terribles.

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