sábado, 20 de marzo de 2010

DERECHA.


Siempre acabamos perdiéndonos en la distinción, o tendencia, o como queramos llamarlo entre izquierda y derecha, si es que esa distinción puede existir, que me parece a mí que no; es otra gansada más del pensamiento moderno; pero, claro, casi siempre acabamos por someternos a ella aunque no sea nada más que para que nos entiendan la inmensa mayoría de los que nos leen y escuchan.

Hacia la mitad del siglo XIX viene a producirse el triunfo del reino del dinero sobre el reino medieval del honor; el triunfo del homo económicus y racionalísticus, sobre el hombre espiritual y de pensamiento. Sólo hay que leer el teatro clásico español, el Quijote incluido, para darse cuenta de que la gente, toda, era infinitamente más feliz, desde todos los puntos de vista, por aquel entonces; dentro de lo que es humanamente posible, desde luego. Cierto es que los modernetes de mala uva han inculcado a fuego que, lo de aquellas épocas, era realmente terrible. Pues, como otras grandes falacias propugnadas por la modernidad, es una mentira esparcida con la intención de justificarse a sí mismos y a los efectos de sus taras mentales. Y es que la consecuencia del racionalismo del XIX no es otra que el irracionalismo del XX; es de suyo y tengo para mí que, más que una consecuencia, es un elemento constitutivo de aquel. Pasa lo mismo, porque es el mismo, con el homo de Debe, Haber y Balance. Tanto el homo ecónómicus (socialismo, comunismo…) como el homo racionalísticus (un poco anterior al económicus, del que éste proviene y padre del liberalismo cartesiano) han dado lugar a utopías con resultados tan espectacularmente catastróficos como los que la historia contempla.

Nada hay en este mundo, sin embargo, absolutamente malo ni absolutamente bueno. Pero el alborear del progreso técnico ―como si no hubiera existido el progreso técnico hasta entonces― ha intentado eliminar el progreso humano, un poco en el sentido en el que lo decía Unamuno cuando afirmaba que había avanzado más la civilización que la cultura. Cuando se producen tales desfases son posibles todas las barbaridades, pues "no está el hombre hecho para el sábado, sino el sábado para el hombre". Puedo hablar más claro, pero la felicidad ―aunque se intente mentir tan descaradamente― está en el Brazo de Dios y sólo desde Él se puede avanzar, tanto desde el punto de vista humano, como espiritual, racional o económico. Y, a la postre, creamos o no, siempre hay que hacer ese ajuste entre unas cosas y las otras. A veces esos ajustes son muy dolorosos, véase el siglo XX. Tales ajustes, me temo, serán cada vez más dolorosos.

A veces se intentaba, equivocadamente, volver a un estado más natural, más espiritual, más humano. Digo equivocadamente porque se prescinde, generalmente, de Dios. El resultado es siempre el fracaso, desde el jipismo a la New Age y otras experiencias. Lo curioso es que se intente prescindir también de la técnica, que también es algo humano, en vez de intentar llegar a equilibrios razonables.

En el Antiguo Régimen, aunque siempre con las taras propias de lo humano, el equilibrio era más o menos estable y, desde luego, mucho más justo. No podían surgir socialismos, fascismos, totalitarismos ―todos son la misma cosa― porque había una conciencia de lo humano y sus límites, había una frontera nítida que no se podía franquear. Las Guerras Mundiales, los socialismos, los fascismos, los totalitarismos son siempre contra Dios, es decir, contra el hombre. Y son el resultado de las renuncias a lo más propiamente humano; son simples ajustes, aunque, ya digo, muy dolorosos y que realiza la propia naturaleza humana.

No son derecha Hitler y Mussolini ―que a sí mismos se consideraban socialistas y de izquierdas―, no cabe en la derecha el totalitarismo porque, la derecha, siempre es conservadora, es decir, sabe de los límites, sabe de lo humano. En los casos extremos, la derecha, puede llegar, sin duda, al autoritarismo. Un caso gráfico es el franquismo, al que la izquierda quiere elevar a la categoría de totalitarismo. La izquierda basa su existencia en la maldad absoluta asignada al franquismo y, más que otra cosa, imaginada y esparcida contra sus contrarios electorales, a los que ven como enemigos siempre. Encontrará esta izquierda, casi seguro, las cámaras de gas franquistas detrás de algunas panaderías, los experimentos de Mengele en alguna covacha inmunda, las fosas de Katyn en cualquier cuneta y todo tipo de genocidios que se producían a tres metros de nosotros mientras viajábamos a Londres o a París, o cruzábamos el charco y nos íbamos a ver a nuestros parientes en Buenos Aires, Motevideo o Santiago. Mientras leíamos, en una terraza de Madrid, el Times, Le Figaró o el WSJ… se producían unas matanzas atroces a tres calles de distancia y, en casi todos los rincones de las plazas de España, se masacraban demócratas a tutiplén, cosa que todo el mundo sabe aunque nadie lo viésemos. Pero, claro, ellos dicen, que no veíamos lo que no queríamos; y, yo, tengo la impresión de que ellos viven en sus mentes, ahora, lo que no vivieron, entonces, en la realidad. En fin, son miles, los libros que hablan de los abusos de aquella dictadura (algunos hubo, claro) y unas pocas decenas los que tratan de decir la verdad. El tiempo, si se nos da, lo aclarará todo.

Lo más grave es que la izquierda ha roto ―está rompiendo y trata de que se afiance esa ruptura― la convivencia. Se atribuye todas las verdades y virtudes, aunque no ha aportado nada genuino ―no ha aportado, realmente, nada en absoluto a excepción de unas cuantas lacras―, desde su nacimiento, que merezca la pena recordar. Eso sí, se lo atribuye todo, como, por ejemplo, la convivencia, el odio al racismo, la libertad... Eso sí, siempre hace gala de su unidad, aunque se trata, en realidad, de uniformidad y achaca, a la derecha, su división. Y tienen razón, la derecha está dividida, y siempre lo estará, porque es real, es la vida misma y, la vida, es caótica. ¿Quién le va a dar los palos más gordos a Rajoy que sus propios correligionarios? ¿Cómo se van a poner de acuerdo un libertario, un neocón, un liberal, un tradicionalista, un conservador a secas…? ¡Es imposible! La izquierda habla, perora, grita palabras como libertad, multiculturalismo… pero no sabe lo que son. La derecha está viviendo todo eso, lo lleva puesto y rechaza, como el aceite al agua, que quieran quitarle esa libertad, se revuelve como gato panza arriba, porque quien experimenta la libertad está dispuesto a dar la vida para no perderla.

Fue la derecha la que elaboró la Constitución de 1812, fue la derecha la que trajo los cincuenta años de democracia de la Restauración, fue la derecha la que trajo la IIª República que se cargó la izquierda y, en fin, fue la derecha la que trajo la democracia que estamos viviendo y que tanto odian los colectivistas : izquierda y nacionalistas capitaneados por Zapatero. Y es que, cuando alguien sale idiota, sin tener más elementos innovadores que la uniformidad de que participa, es capaz de romper con todo lo genuinamente humano, más llevado del rencor, la ignorancia y el abuso de autoridad que del respeto a posibles fórmulas nuevas, las cuales le están vedadas por su propia naturaleza.

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