sábado, 8 de mayo de 2010

OMNIA INSTAURARE IN CHRISTO.


Una de las cosas más tontas y curiosas que ocurrieron durante la revolución francesa fue que en 1793, la Convención, estableció el culto a la diosa Razón y la entronizó y dedicó la catedral de Notre Dame a semejante cosa. Es decir, que ese magnífico instrumento humano, como es la razón, había dejado de ser un instrumento fundamental en el desenvolvimiento y devenir histórico del hombre y se había convertido en un hecho credencial. Con la ciencia, obviamente, vino a ocurrir exactamente lo mismo y, aparte de los meros fenómenos a que se dedica el quehacer científico, ahora también se dedicaba a sacar conclusiones que no le correspondían. Sigue en ello.

Si bien, a través de la historia, no habían faltado las tentaciones y los intentos, era ahora cuando se daba el pistoletazo de salida a la gran deshumanización de la sociedad occidental. Este proceso consiste fundamentalmente en la progresiva instauración del totalitarismo. Son varios los modos por los que se instaura, aunque, fundamentalmente, comienza por echar a Dios de la vida del hombre y considerar a éste como un simple elemento más, como sujeto de cosificación. Dicho de otro modo: desterrar lo sobrenatural y divinizar a lo natural. Curiosamente, durante aquel 1793 también se instaura la religión de la Naturaleza. El verdismo actual que pretende ser totalitario es heredero de aquella religión y no es otra cosa que la resurrección de un dudoso culto pagano en el que destacó, sobre todo, Hitler y sus nazis; casi tanto como la progresía actual.

La razón había alcanzado cumbres increíbles al tratar de desentrañar el misterio divino. Una y otra vez se estampaba contra semejante infinitud y tenía que retroceder para tomar nuevo impulso y perspectiva. A cada nuevo intento se daba cuenta de que había crecido un montón de palmos gracias al intento anterior. Una vez desterrado Dios, la razón se convierte en un mero elemento de adoración, en un elemento que, en la acción política, sirve, solamente, para intentar desnaturalizar al que piensa. De este modo puede así ser considerado — el que piensa por su cuenta— de la manera más conveniente para los que tratan de eliminarlo al haber cometido el sacrilegio de allanar la morada de la diosa. Y estos son los que reparten los permisos de pensar, los que dan los títulos en las universidades como si fueran permisos para opinar de lo que no se sabe siempre y cuando se sea afecto al régimen. La peor enemiga de estos denaturalizadores es, por supuesto, la Iglesia. Es contra ella contra la que hay que luchar y mentir. Su instrumento favorito es el falseamiento de la historia.

La verdad es que todo tiene su lógica: si es Dios el objeto central del pensamiento, de la razón, ésta alcanza el máximo desarrollo a que puede aspirar. Si, por el contrario se destierra a Dios y se coloca en su lugar a la diosa Razón, ésta se convierte en un mero objeto de adoración, en una simple cuestión credencial que enseguida queda superada pues no puede contrastarse nada más que consigo misma. La propia endogamia la esteriliza. Se acaba cayendo en un racionalismo atroz —que es lo que llegó en el XIX—, simple capadura de lo racional, tan válido e intercambiable con el irracionalismo a que éste da lugar y que son las atrocidades del XX. Seguimos, desgraciadamente, en esa deriva terrorífica que no sabemos a qué nos llevará y, de seguir así, el Gulag y Auschwitz con todo su horror, sólo serán unas simples anécdotas unos meros avisos.

Ahora es muy difícil decir dos palabras sensatas sin que el bobo de turno te califique de machista, ultraderechista, islamófobo, homófobo, racista… si repites aquello que decía sensatamente Ganivet: "La síntesis espiritual de un país es su arte. Pudiera decirse que el espíritu territorial es la médula; la religión el cerebro; el espíritu guerrero, el corazón; el espíritu jurídico la musculatura y el espíritu artístico como una red nerviosa que todo lo enlaza y unifica y lo mueve", te expulsarán a las tinieblas exteriores y te volverán a llamar facha y belicista. La desfachatez de la ignorancia es inusitada, la cobardía al amparo de la adoración de la razón por quienes no saben lo que eso es, les hubiera llevado al gueto de los inútiles y al suicidio de los gallinas en otro tiempo. Y esto es lo esencial: la consideración de la ignorancia como el grado máximo, primero de la sabiduría y después de la petulante cobardía. Es así, por lo que, desgraciadamente, el ideal de la democracia está, ahora, más en entredicho que nunca porque ha tomado la deriva de la oclocracia —gobierno de la plebe— de una manera terrorífica. Siempre me admiró el hecho de que algunos, aun en pleno invierno, iban en mangas de camisa, camisa roja, claro. No hace demasiado tiempo que me he enterado de que no pasan frío, pues llevan por debajo, siempre, otro par de ellas: una parda y otra negra. Y, encima, son cobardes, incapaces del sí e incapaces del no. No sé quién decía que es mejor adorar al diablo —como hacían todos esos camisas— que no adorar ni a Dios ni al diablo. Lo primero es diabolismo, pero para eso existe el exorcismo. Lo segundo es eunuquismo, y no tiene solución. El que lleva esas tres camisas no tiene solución, es carne de frenopático plagado de chinches Y lo es por intensidad, no por incoherencia.

Vivimos una época plagada de borregos castrados, de timadores, de engañabobos, de ciegayernos, como llamaba Quevedo a las cosas que, teniendo alguna apariencia, no tenían ni sustancia ni valor. La civilización Occidental ha consistido fundamentalmente en considerar la vida como un bien absoluto y su garante era Cristo. Una vez desterrado Cristo la vida deja de ser un bien absoluto, ni siquiera es un bien a secas. Es un simple elemento ideológico que se coloca en el lugar que, en cada caso, convenga mejor. De este modo, Occidente, ha dejado de serlo, es ya una simple sociedad —si es que llega a ello— compuesta de residuos infectos y malolientes en la que, poco a poco, sólo van a quedar una aristocracia o cuadros del partido con escaso número de componentes y una inmensidad que se dividirá simplemente en ladrones y mendigos. La gente está prefiriendo ser idiota a parecerlo.

El laicismo y el ateísmo están en la base de toda esta deriva, en la entronización de la diosa Razón y en su consideración meramente credencial. Siempre he dicho que las iglesias no están vacías por falta de fe sino por falta de curiosidad intelectual. El diablo sabe muy bien todas estas cosas. Siempre estará contra Dios, contra nuestra fe en Él, por supuesto; pero es que Dios es el Intelecto Puro y estamos hechos a su imagen. Si el diablo logra cercenar la razón nuestra fe dejará de ser razonable y no podremos creer en el verdadero Dios. El cristianismo es la razón en todo su esplendor —en realidad es la razón a secas— y el mensaje cristiano está más allá de toda religión, aunque también conforma una religión por voluntad de Cristo. El fomentar el laicismo, decía Simone Weil, no es sino trabajar en favor del totalitarismo y, también decía en este mismo sentido, que el único obstáculo para la idolatría del totalitarismo consiste en una vida espiritual auténtica. Tenía ojos y sabía ver.

El trabajo es duro y, desde luego, hay que empezar por reconstruir la razón. Pero esto no puede hacerse sin el concurso fundamental del cristianismo. Sin él sólo se seguirá profundizando en el encanallamiento, en la barbarie y en el fin definitivo.

Asistimos hoy a la horrible representación de una multitud obcecada, intoxicada, mezquina, envilecida que se desgañita y brama, que abronca, silba y patalea que no quiere a Cristo por Rey, que quiere que le suelten a Barrabás.

Y Barrabás campa por sus respetos, pero es la vaciedad y el abismo. La humanidad tendrá que ponerse las pilas y volver a instaurarlo todo en Cristo, no en Barrabás. Omnia instaurare in Christo.

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