miércoles, 16 de junio de 2010

NIQAB, HIPOCRESÍA, BURKA, FARISEÍSMO Y DEMÁS TRAPOS.


Se podría poner un mapa de las democracias en el mundo para ver, con absoluta claridad, que si la democracia no es cristiana no tiene de democracia ni siquiera el más leve de los reflejos desvaídos. Y esto, desde luego, es así; definitivamente así, por lo que el ateísmo no es otra cosa que una majestuosa traición a la cultura europea y una adulteración mortífera. Nietzsche lo tenía absolutamente claro, decía que la democracia y la modernidad eran herederas del cristianismo. Es decir, si, de un zarpazo eliminamos el cristianismo acabamos eliminando la libertad y abriendo las puertas, de par en par, al atraso y a la indigencia.

Es cierto que aún existen memos (con perdón, simple modo descriptivo) que andan todo el día recordando y resucitando la polémica de que si el cristianismo y la democracia son compatibles. Pero la cuestión no es esa, la cuestión es si es posible una democracia sin raíces cristianas. La verdad es que, incluso cuando se realizan revueltas anticristianas, éstas se realizan en nombre de valores y principios cristianos.

Hablemos, entonces, de los disfraces. Es cierto que el embozo femenino islámico no es otra cosa que un vilipendio para la mujer, un atentado contra su dignidad; sin embargo es absolutamente coherente con lo que está establecido en el Corán, ya saben, ese libro sagrado, increado y eterno que no puede ser interpretado y que obliga bajo pena de… Nuestra hipocresía consiste en aplicar al caso las leyes que ya se aplicaron a casos parecidos, esta vez masculinos, en España en el siglo XIX.

Está muy claro que somos unos cobardes, unos hipócritas, unos fariseos: el burka y los demás trapos, aparte de lo obvio ―del embozo que debe prohibirse en determinados espacios―, ¡va contra la dignidad de la mujer! Es un agravio, un vilipendio, un ultraje a su dignidad y a sus derechos. Si logramos un rostro despejado sin restituir la dignidad como persona de la mujer, sin restablecer su igualdad definitiva y original acorde con nuestras leyes ―empezando por la Constitución― que provienen de la igualdad de todos ante el Dios cristiano, no habremos logrado nada real; sólo una apariencia que esta vez va a embozar, definitivamente, la desigualdad y va a consagrar la esclavitud femenina.

El Islám debe ser sometido a nuestra legalidad o ser prohibido por ir contra nuestra cultura, nuestra dignidad y nuestras leyes. Por el contrario, si decidimos salvaguardarlo, deberemos santificar la desigualdad, el sometimiento, la esclavitud, renunciar a nuestra libertad, renunciar al progreso, traicionar y prohibir nuestra cultura y nuestro arte ―desde la música a la pintura―, esclavizar a nuestras mujeres, renunciar a la civilización occidental…

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