martes, 8 de junio de 2010

¡QUE ALGUIEN COJA ESA BANDERA, POR DIOS!


Sentado al borde del camino, con las manos caídas a los lados, me encuentro acompañado de miles, quizá millones. También de Ángeles, millones de Ángeles, aquellos de los que cuenta el Dante que, en la gran batalla de los Cielos, no quisieron tomar partido ni por las huestes de San Miguel ni por las de Lucifer y, por ello, están condenados a vagar por los andurriales más inhóspitos de la tierra hasta el fin de los tiempos.

No es éste tiempo de certezas, sino de enigmas. Tocqueville decía que si el pasado ya no ilumina el porvenir el espíritu humano camina entre tinieblas. Pero, el pasado, se ha acordado de nosotros, aunque lo hayamos querido olvidar. Mi guardián celeste me ha pinchado con su espada y me ha hecho salir de la cuneta:

― ¡Abandona esa cuneta! ¡Sal de esa compañía! Ya ha emprendido la marcha una gran comitiva. ¡Coge una banderola y camina! ¡Abandona a esos pacifistas provocadores de todas las violencias! ¡Desconfía de los sin Dios, de los apolíticos, de los sin patria! ¡No seas vulgar, estás vivo, por eso tienes una patria! ¡Sólo para los muertos, como diría Filón de Alejandría, toda la tierra es tumba! ¡Sigue a los héroes que ya van por delante, ellos no se ocupan de los pensamientos de los mediocres, de los juicios de los demagogos, de las cobardías de los vulgares! ¡Ellos pertenecen a la gran historia, a la historia verdadera, que tiene un inmenso desdén por las mayorías y los plebiscitos! ¡Ellos respetan a los vencidos y defienden a muerte la verdad!

Y la trémula banderola en mis manos da cuenta de mi miedo y, poco a poco, empiezo a darme cuenta de la nueva compañía. Allí muy por delante de mí, va Teresa de Ahumada, escoltada por caballeros cristianos; unos cientos de metros más acá, cerca de la cuneta, va el maestro Quevedo arengando sátiras a escupitajos para todos los que en ella se encuentran. Encabeza la comitiva la reina Isabel y Fernán González ya está preparando la estrategia con el Gran Capitán. Aquí y allá españoles por doquier, héroes, santos, genios… Hay noticias que vienen de lejos; los aedas, los juglares, los poetas, los rapsodas nos las van trasmitiendo. Los de la cuneta no oyen, permanecen sin expresión, como con una especie de careta que no es otra cosa que la máscara cínica con que la nada encubre su miedo a lo real. Antes de ser "ser", dice Maeztu, la patria es un valor, por tanto un espíritu. Pero, "valor", remite a valentía en primer lugar, de ahí mi trémula banderola.

Voy sintiendo que es el vacío del alma el que me había dejado inerme ante la barbarie. A los únicos que hoy se les escucha, que no son otros que los ejércitos de nihilistas, dicen cada vez con más fuerza que hay que hacer más vacío ese vacío. A esos malditos, como diría Montaigne, les parece estar en temporada de cosas vanas, cuando las perjudiciales nos apremian. Los malos hacen las revoluciones a zambombazos, cortando cabezas a centenares de miles, fusilando a millones y matando de hambre a decenas de millones. Luego pretenden que los que por fin se rebelan contra esas atrocidades lo hagan con un "¡por favor, usted primero!"

España no es ninguna boñiga seca al borde del camino, no es un fárrago de maricones y machorras, de arribistas, delatores, gigolós, gobernadores corruptos, cornudos consentidos, falsarios, envenenadores, sectarios, sátiros, pornócratas, pederastas, asesinos, traidores, cobardes, turbas de encorbatados saqueadores, progres barbilindos, comités mafiosos de extensión de derechos, endemoniados…

España ha venido a ser de la civilización que tiene su inicio en el "hágase" del Génesis y ha venido a afianzarse en el "hágase en Mí según Tu palabra" de María. Por eso no reconocemos ningún gobierno, para esta tierra de María Santísima, si no se respeta a Cristo Rey.

Se oyen por delante, digo, a aedas y juglares cantar las gestas, transmitir las noticias… Dicen que, el Doncel de Sigüenza, desenvainada la espada, yace herido por la vega de Granada. Pero han visto llegar a Mio Cid y, veloz como el viento en su blanca cabalgadura, han visto a Mi Señor Santiago atravesar montes, valles y llanos de España. Dicen también que el Maestre de Calatrava ya ha pasado a Ceuta y se encamina hacia Melilla. Don Rodrigo de Lara ya está en Canarias.

¡Que alguien coja esa bandera!, dicen que ha dicho mi señor don Quijote, y ha añadido que "la virtud más es perseguida de los malos que amada de los buenos". Don Miguel de Unamuno, que asido a la albarda del rucio de Sancho camina casi al frente de la comitiva, cree haber oído que, don Quijote, lucha a brazo partido contra los gigantes que visten camisas rojas, camisas negras, camisas pardas. No sabe cómo le irá, seguramente ande ya un poco maltrecho. Es por eso que oigo los gritos de Bernardo del Carpio, mientras sale al galope: "Aquí, aquí los mis doscientos/los que comedes mi pan/que hoy era venido el día/que honra habemos de ganar". Y corren en ayuda de mi señor don Quijote.

En una mano la espada, en la otra el rosario como escudo y un crucifijo en el pecho. Ya están empezando los gritos enardecidos: ¡Sus y al ataque! ¡Los progres y los cobardes no pasarán! ¡Jeh, toro! ¡Santiago y cierra España! ...

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