miércoles, 14 de julio de 2010

ESPAÑA. EL SENTIMIENTO Y EL SER.


Millones de españoles por todas las ciudades y pueblos de España enarbolando banderas y gritando a todo pulmón "soy español, español, español", "¡viva España!", etc., no es algo que se deba única y exclusivamente a la euforia producida por un éxito deportivo por muy grande e importante que éste sea. Hay en ello mucho más, una necesidad acuciante de identidad y, por encima de todo, de "ser". Y es que, los españoles, somos españoles, independientemente de que lo sintamos o no; es lo que somos, es algo irrenunciable y no parangonable con el sentimiento. El sentimiento, según las circunstancias, será más fuerte o más débil, aunque nunca será definitorio ni decisivo en el "ser de los españoles".

Uno puede sentirse cualquier cosa, sólo catalán, o vasco, o andaluz, u oriundo de Alfa Centauro o un orangután que quiere hacerse con aquella arboleda municipal para él sólo. Todo esto lo estamos viviendo en España con absoluta normalidad ―al menos aparente―. Uno puede, con toda tranquilidad dirigirse a ZP y pedirle financiación para una nave espacial para viajar a las estrella de donde nos sentimos oriundos. Implotaremos por los espacios siderales, pero es nuestro derecho, al fin y al cabo, nuestro planeta ―el de la Pajín―, es un concepto discutido y discutible, ya saben. En fin, aunque no lo parezca, la nación vasca, catalana o gallega son exactamente iguales ―en usos y conceptos políticos de la actualidad española― a esa nave espacial pedida por los que se sienten extraterrestres, como la arboleda reivindicada para los que creen poseer el hecho diferencial de creerse orangutanes.

Una vez, un nacionalista vasco me aseguró que hace miles de años que existen los vascos. Yo, por ser amable, llegué a decirle que, probablemente, eran vascos los que pintaron Altamira. Me espetó que los vascos eran todavía más antiguos a lo que yo le contesté que, posiblemente, Adán y Eva, eran vascos. Me miró de hito en hito, sin saber muy bien si yo me estaba riendo o hablaba en serio. Añadí que si eso era cierto, y yo no tenía ningún problema en admitirlo, todos éramos vascos, entonces, ¿cuál era el problema?

Don Julián Marías lo decía más claro, más contundente, más atrozmente: "Si un pueblo dice haber estado esclavizado durante toda su historia es porque, o bien es verdad que es un pueblo tan inferior que jamás ha logrado zafarse de esa esclavitud o bien lo que dice es mentira".

Sólo los bobos, los que no poseen más que una filiación falsa, fantasmagórica, donde no hay más afinidad que la alienación ideológico-partidista ―y, por tanto, sectaria en el sentido religioso de término― afirman, "siempre" sentirse de un modo determinado y pertenecer a una nación que jamás cambia, que no evoluciona, que ni siquiera puede hacerse porque solamente existe en una ficticia arcadia que sólo funciona a la voz de "ar". Es una patria, o nación, o país, tanto da, que siempre va toda junta, como roca fundida en el primer eón del universo, como especia para cualquier caldiborrio, celebración del cojonlindo, amalgamado con castillitos humanos y levantamiento de cualquier cultura pétrea. No tiene partes que la componen, es algo sumamente simple ―como una precomunidad paleolítica― una especie de "todo junto" inseparable, indistinguible, que lo mismo sirve para una payasada que como excusa para asesinar. No hay, entonces, posibilidad de patria ―porque ésta sólo estará regada por la sangre martirial de la verdadera patria que pretenden combatir―, porque no hay próceres, ni santos que a esa patria se deban.

Al fin, solamente el cielo crea las patrias. Los hombres no pueden hacerlo y, cuando lo hacen, sólo crean patrias que no duran, patrias que duelen y que hay que acabar por olvidar. Y es posible que esas patrias falsas reciban las bendiciones ―diabólicas― de curas, obispos, cardenales y empeños poco gráciles de monjitas.

Es cierto que no toda la clase política es igual de culpable. No son tan culpables los despistados como los destructores, aunque, a veces los despistados se confundan con los destructores.

Un nacionalista catalán, vasco o gallego ―que son los que, en el último siglo han llevado la voz cantante, en cuanto a la idiotez, y que, en cualquier momento, pueden ser relevados por estúpidos de otros terruños―siempre se han sentido sólo catalanes, sólo vascos, sólo gallegos y no se han sentido españoles. Es decir, sólo se han sentido ―no han sido― catalanes vascos o gallegos ―son un insulto para esas maravillosas tierras de España― y para nada se han sentido españoles, que es lo único que han sido ―la eterna, también, España Negra―. El sentimiento en sustitución del ser, porque el ser es imposible inventárselo, no es algo que se adquiere o se consigue con esfuerzo, es algo que se recibe y sanseacabó.

Por ejemplo, es absolutamente genial Galicia pero porque es España y lo es España también, aunque no lo sería sin Galicia, porque ya no sería España y, Galicia, tampoco sería Galicia. Ninguna de las dos podemos conocerlas ―ni siquiera imaginarlas― por separado porque no son simplemente posibles. Una Galicia independiente, para empezar, ya no sería Galicia, sería otra cosa porque Galicia es España. Es jugar con demasiado fuego incluso si lo hacemos teóricamente, es asomarnos a un abismo que, aunque no podamos ver su fondo porque es muy profundo, está, sin duda, cubierto de sangre.

Ya sabemos que hay malos, es decir, nacionalistas, cobardes, progres, traidores, ladrones, asesinos, valga la redundancia ―como digo casi siempre―, que son simples peones del infierno que van a ir contra Dios y contra los hombres de todas las formas imaginables. Son lo que son y van a cambiar difícilmente ―España ha sido la maestra que les ha enseñado siempre que se puede cambiar, que todos podemos salvarnos. Por eso la lucha contra ella siempre ha sido tan terrible―. Lo que me parece tremendo es que salga Feijóo, Sánchez Camacho o, incluso, el mismo Rajoy, diciendo que ciertas cosas no interesan para nada a los españoles, que lo que les interesa es el paro, la crisis. Terrible.

Millones de españoles por las calles, contentos por un triunfo deportivo, han expresado algo mucho más profundo que un simple sentimiento de pertenencia, de filiación de identidad o semejanza. HAN EXPRESADO, aunque la mayoría no sepan articularlo mediante razones, argumentos y datos históricos ―verdaderos―, SU PROPIO SER. HA SIDO LA EXPESIÓN ―y explosión― DE UNA NECESIDAD VITAL Y ONTOLÓGICA. No se ha gritado "¡me siento español!". Se ha gritado "¡SOY ESPAÑOL", por tanto "¡VIVA ESPAÑA!". Lógica pura, el "ser",  "es" y punto, no hay más retórica, ni nada más que decir. Se es, simplemente, y, a la postre, no se puede no ser.

¡DE UNA VEZ POR TODAS ―todos los políticos―, DEBEN ENTENDER QUE "SER ESPAÑOL" NO ES ALGO ACCIDENTAL COMO "SENTIRSE O NO ESPAÑOL"! Debe entenderse con absoluta claridad que no será posible ninguna recuperación, ni siquiera parcial, si no se empieza por ahí.

No es lo mismo que en 1996. Aznar llegó a un país necesitado de seriedad. Quien venga ahora tendrá que decirles a los españoles quiénes son para que puedan ponerse en marcha.Y, los españoles, tendrán que entenderlo, tendrán que poder expresarlo, articularlo en un pensamiento noble, verdadero y sencillo. Esta es la única salvación, la alternativa es el simple caos jurídico, jurisdiccional, accidental, identitario, bobalicón, analógico, estupidizante, clasificatorio, entomológico… si no es, por desgracia, mucho peor.

Una derecha idiota y llena de complejos es el aliño perfecto para el mayor de los desastres. Al fin y al cabo, España,  no es, fundamentalmente, una nación, ni un estado, ni un país o cualquier otro término que elijamos para clasificarla de algún modo en el devenir de los siglos, aunque haya sido la primera en todo y maestra de todos. Es una piel de toro cogida con palillos, que apenas resiste la tensión de los siglos, pero que nunca podrá dejar de resistir.

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