miércoles, 9 de noviembre de 2011

¡INDIGNAOS CON RAZÓN!



Nada es nuevo, claro. Hace diez, quince o veinte mil años un tal Huigh se encontró en su cueva con que había recolectado un montón de manzanas silvestres. Tras largos días sin haber comido otra cosa sintió la imperiosa necesidad —como animal omnívoro que era— de variar la dieta. En esas andaba cuando al salir a la entrada de su cueva vio a Craught, que vivía justo enfrente en otra cueva, y que estaba hasta el gorro de haberse pasado una buena temporada no comiendo otra cosa que la carne de un mamut que había cazado. A la derecha de Craught, como a unos cien metros, vivía, en otra cueva, Trahuigt, que estaba hasta las narices de no comer otra cosa que las truchas que pescaba en el riachuelo que pasaba justo por detrás de su cueva. Se miraron fijamente y, al mismo tiempo, se les ocurrió una idea que, a los tres, les nacía de sus necesidades y de su propia naturaleza. Decidieron, pues, intercambiarse los productos que cada uno había conseguido y fue bueno para todos. Por las noches, junto al fuego, había decidido reunirse e intercambiar experiencias, pensamientos, descubrimientos: había nacido la propiedad privada, el mercado, la filosofía, la cultura y la civilización.


No obstante, una especie de espíritu negro sobrevolaba todo aquello sugiriendo la maldad de aquella naturaleza de las cosas. Una especie de concepción cretinoide estaba empezando a contaminar las percepciones naturales de aquellos seres humanos. Aquel espíritu negro acabó con la cultura de la cueva, pero, la naturaleza humana, inventó la cultura de la cabaña, de la tribu, de la ciudad, de las comunidades modernas con los mismos fundamentos que tenían aquellos tres primigenios vecinos en las cavernas: los fundamentos de su propia naturaleza humana. El espíritu negro variaba sus formas, se adaptaba, pero siempre era el mismo y, siempre, era negro.


Con los siglos, aquellos intercambios primigenios fueron variando con la clara intención de que, esos intercambios, fueran cada vez más justos, intentando descubrir cuál era el valor real de las cosas. La aparición del dinero no es otra cosa que el intento de que los intercambios sean cada vez más justos. Pero, el espíritu negro es inevitable, anda en guerra perpetua contra la naturaleza humana que, aunque no es perfecta, se resiste. Hoy en día, casi todas las facetas del espíritu negro —por no decir todas— han sido asumidas por eso que la gente conoce como socialismo que, en sus diversas vertientes —comunismo, nazismo, fascismo, maoísmo, populismo, nacionalismo, new age, budismo, islamismo, talmudismo, ateísmo…— acapara la lucha contra el ser humano, su libertad y su naturaleza.


En el ocaso del socialismo, enésimo intento del espíritu negro, surge éste en ayuda de aquel intentando desesperadamente salvar una modalidad que, durante un tiempo fue muy efectiva. Surge lo "políticamente correcto" como sustituto del socialismo asumiendo la mayor parte de las lacras de éste y añadiéndole una serie de elementos putrefactos recolectados en las cloacas de la modernidad. Quien en principio le pone nombre a la cosa no fue otro que Joseph Goebbels, lugarteniente de Hitler, que lo llamó lo "ideológicamente correcto". Este es, pues, el sustituto de socialismo que nos viene, aunque acabe por llamarse de otra manera. Los primeros intentos teóricos vienen de lejos, pero se hace más acuciante que nunca el falseamiento del lenguaje por lo que no es gratuito que uno de sus líderes sea un lingüista llamado Noah Chomsky.


El panfletillo de Hessel —que sólo conozco por algunas referencias, resúmenes… y que me resisto a leer y mucho menos a comprar— va en esa línea de apuntalamiento de la estupidez y de la barbaridad. Su éxito parece casi tan grande como el no menos estúpido Código da Vinci y se han hecho necesarias algunas contestaciones. He leído dos de estas contestaciones que son muy buenas. Una es el ¡Libertad real ya!, del Grupo Intereconomía y, la otra, que da título a este post, es el ¡Indignaos con razón! De Enrique de Diego. Deberían ser de obligada lectura, algo que llevar en la mochila a esas acampadas tan mugrientas y que, al ser releídas y comentadas, acabaran por disolverlas y desanimar a los manipuladores del socialismo. ¡No caerá esa breva! Digo esto porque una cosa es que, Enrique de Diego, haga el esfuerzo de explicar las cosas de la forma más sencilla posible y otra cosa es que, esa sencillez, pueda ser comprendida por la víctimas de un sistema educativo altamente contaminado de doctrina socialista y políticamente correcta. La difícil sencillez de Enrique de Diego puede ser demasiado complicada para las víctimas de Noah Chomsky y demás porque, en el opúsculo de Enrique de Diego, las palabras adquieren su auténtico significado y, eso, para muchos es ya algo inalcanzable.


Esta es nuestra desgracia. El socialismo es la elevación de la estupidez al grado de lo concienzudo y, como decía Borges, todas las tiranías fomentan la estupidez. O sea, la pescadilla que se muerde la cola, y quien se mete en ese círculo, por más grado de inteligencia que tenga, no es sino un tonto útil. Mal augurio en ámbitos influidos por el socialismo para los opúsculos ¡Libertad real ya! e ¡Indignaos con razón! El librito de Hessel tendrá sin duda más éxito porque, al contrario que aquellos, es simplemente estúpido y no propugna más pensamiento que el simple balido.


"La comunicación política actual no permite, por su modalidad, entender contextos tan finos" (Benedicto XVI, Ratisbona)

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