miércoles, 5 de septiembre de 2012

¿DÓNDE ESTÁ LA POLÍTICA?

Probablemente está donde están los valientes. Quizá por ello ya ni siquiera hay política y una de las pruebas es que hasta el lenguaje político se ha llenado de tecnicismos oscuros (cosa de administrativos, secretarios, abogados, fontaneros, informáticos...) y ha acabado siendo lo que en ningún caso debería ser. Antes, la política, era hija de la literatura, de la historia, de la filosofía y de la teología. El hecho de que ya no sea así es lo que ha llenado de muertos el mundo en los dos últimos siglos.

Así son nuestros tiempos (aunque no deberían serlo) en los que, las cosas, ya no pasan por lo que son sino por lo que parecen. Hay demasiada información superflua, innecesaria, trivial, baladí que hace que la gente pueda ser engañada con mucha mayor facilidad que nunca antes en la historia. La democracia se utiliza para someter al juicio público cosas que la mayoría no entienden y se aplica, el resultado del sufragio, para que campe por sus respetos la tiranía más atroz, la de la ignorancia adulada por el consenso. La urna es la fuente de la la verdad... y hasta Platón acabó harto de esta mierda.

La influencia infernal se mide, con toda claridad, en el grado en que el pensamiento se va volviendo cada vez más refractario a los argumentos y las razones. También en que cada vez se van utilizando más encarnizadamente contra Dios los dones que Él ha concedido.

Por lo visto si un millón de personas creen en una tontería, la tontería, en sí, deja de serlo. La estupidez consensuada se ha convertido en fuente del derecho... y tambien lo es la cobardía; y ni siquiera (como diría La Fontaine) la inteligencia sumada de todo el mundo es operante frente a la clase de estupidez que está de moda. Está claro que combinar la inteligencia de las personas es infinitamente más difícil que combinar su estupidez. Y en política, la estupidez, no es ningún impedimento, como diría Napoleón.

El mayor problema de todos no es aquel que preocupaba tanto a Evelyun Waugh, es decir, que la cuestión se dirimía entre el cristianismo y el caos, sino entre el tipo de caos que hemos de elegir. Lo cual significa renunciar a la civilización Occidental, o simplemente a la civilización porque, al fin y al cabo, no hay ninguna otra.

La fe, no es otra cosa que una adhesión personal a Dios (Dominus Iesus); pero, claro, ya no existe Dios sino muchos diosecillos de todo tipo y, los muertos, que jamás han podido transigir (y jamás podrán hacerlo por más que se consensúe la cosa) ahora deben hacerlo según muchos desalmados.

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