martes, 12 de marzo de 2013

EL 11 M, SUS CLAVES Y EL CÓNCLAVE.

Las ideas acaban por tiranizar al que tiene pocas y las víctimas de esa tiranía --la izquierda, el modenismo, el naturalismo, el progresismo o como quieran llamarlo-- van a arreglarnos la vida queramos o no y, por tanto, nos van a librar de la maldita manía de pensar. Que lo están logrando es un hecho inversamente proporcional al grado de su desaparición, véanse los hechos de hace veinte años o la descomposición del PSOE en la actualidad. Ambos hechos son simple apariencia.

Lo propio de ese pensamiento es la reivindicación continua, pertinaz e inasequible al desaliento de lo que no vale nada. Zapatero supone el culmen o el provocador definitivo de una guerra que la sociedad desata contra la indeformable estructura de la realidad. Guerra que siempre se pierde si nadie se empeña en impedirlo --que por lo visto no se empeña.

La gran prueba de la estulticia de esa situación es que ese mundo vuelve a berrear --jamás ha dejado de hacerlo, por cierto, y la cosa es sólo cuestión de grado-- con todas sus fuerzas que no quiere a Cristo por Rey, que pretende que le suelten a Barrabás; y cuando pasa bajo la cruz, aún voceando su propia incredulidad, se ríen de Él y le piden la prueba de que se baje del madero. ¡El colmo!

Todos los totalitarismos han combatido a Cristo, por ejemplo los nazis consideraban al cristianismo como la peste más grande que se ha generado en la historia. Una vez derrotados los totalitarismos hubiera sido lógica la restauración de Cristo en su Trono de Rey y la redignificación de la persona como resultado incuestionable de ello. Pero no ha sido así, quizá porque se persigue a Cristo con mayor saña, decisión, medios y de un modo quizá más sibilino que en otras ocasiones y que ha hecho superfluo cualquier totalitarismo porque cada vez son más innecesarias las personas. Algo muy grave se está extendiendo que aún no ha mostrado su rostro con claridad, de momento cabe pensar que quizá tuviera razón La Fontaine cuando decía que la inteligencia sumada de todo el mundo resulta impotente frente a la clase de estupidez que está de moda.

Y aquí puede estar la clave de todo lo que estamos viviendo. Frente a un Benedicto XVI que ha dimitido aduciendo su falta de fuerzas, sus enfermedades, su edad y, por supuesto, usando su dimisión como elemento muy importante para la solución de los problemas planteados dentro de la Iglesia por los enemigos exteriores e interiores de la Iglesia, nos encontramos frente al panorama político español.  Benedicto XVI no ha dejado que nadie le defina y ha pretendido que nadie, ni siquiera él, defina a su sucesor.

Sin embargo, en España, un gobierno intelectualmente y profesionalmente tan nimio como el de Zapatero está marcándole el paso  en todos los ámbitos a otro, el de Rajoy, cuya superioridad intelectual, profesional y de todo tipo es tan evidente que casi sonroja el compararlos. Los amos, por lo visto, son otros, muy poderosos ellos y que no ven con buenos ojos las disidencias. Se trata pues de deambular sin rumbo balando como borregos castrados la sarta de estupideces que suenen bien a los oídos de los amos. Lo dicho: las personas superfluas. En poco tiempo enchufados y funcionando a pleno rendimiento todos los inhibidores. Del "sí podemos" al  "sí, Bwanna".

La Iglesia no se amilana, España, por lo visto, sí. Claro, España, ha dejado de ser cristiana y sólo le queda el desastre, el caos. Tenía razón Evelyn Waugh cuando decía que la cuestión está entre cristianismo o caos.

El 11 M buscaba poner en valor, en lo más alto, el zapaterismo, la ideología que nutre la mollera de los esclavos de dentro y de fuera del Partido Socialista. El 11 M lo causó el laicismo y la apostasía, causa de nuestras debilidades. España se muere por traicionar su esencia.

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