martes, 1 de octubre de 2013

LOS VIEJOS ESQUEMAS, DESGRACIADAMENTE.



Hay cosas que no dejan de asombrarme y, en la crisis en la que nos desenvolvemos, más nos valdría hacérnoslo mirar. Estoy absolutamente convencido de que ésta no es una crisis solamente económica, que va mucho más allá de lo económico, que toca casi todos los aspectos del ser humano, que toca de lleno a su propia naturaleza, aunque se diga que vale cualquier cosa —aquí está la crisis de valores— y, la insobornable naturaleza, que ni está atenta a caprichos ni a democracias plebiscitarias, luego nos haga pasar a todos —o a muchos— por la piedra. Y, esto, aunque nos pongamos en plan cursi y de un afectado que llegue a espantar al más hortera.

Esta es una crisis del final de algo, probablemente de un periodo dominado por la mentira en casi todas sus facetas e inaugurado, por poner una fecha, en 1789. O sabemos reconocerlo o esta crisis no tendrá un final sino un languidecer de lo humano hasta su desaparición.

La izquierda que cree que todo lo que responda al su caprichoso perfil democrático es monolítico y sagrado —desechando así el otro 90%—, es maestra en  provocar estos desastres y también en achacárselos a los demás. Ahora se ve esto con mucha claridad pues, por desgracia para ellos, ha sucedido todo a una velocidad endiablada y todo el mundo lo ha visto.

Los menos espabilados o, los más agradecidos, acaban comprando la mentira y termina la cosa por tener éxito. Ellos son los buenos y cualquier otra cosa es mala. Expenden un pensamiento cutre, extremadamente sencillo de comprender, que impide a los menos dotados entrar en un nuevo tiempo, en un nuevo pensamiento que tire por la borda los viejos esquemas: capitalismo-marxismo, derecha-izquierda, libertad de mercado-economía del partido, privado-público…

Hay quien se gana la vida con estas dicotomías absolutamente idiotas y malvadas, aparte de engañabobos, y presentan los males como estructurales —otro engaño atroz— por lo que para ellos el mal es el capitalismo, la libertad de mercado, la libertad de empresa… y no lo son la esclavitud, el latrocinio, el abuso. Si el mal es el liberalismo —el liberalismo cartesiano, roussoniano, volteriano, francés…— te presentan, así con todo su rostro de mármol y de una ignorancia supina, al hijo predilecto del liberalismo como alternativa, es decir, al marxismo. Aceptar el marxismo no es otra cosa que servidumbre de liberales, masones, judíos, comunistas, maoistas, polpotianos, castristas, bolcheviques, populistas, fascistas, nazis… todos ellos socialistas o creadores del socialismo en todas sus vertientes que, por lo visto, es lo bueno, denominador común que impele a adcribirse a semejante cosa.

Me alarma y me desanima que muchos jóvenes con una inteligencia natural notable, buena gente y con unas posibilidades magníficas sigan sin poder zafarse, aunque sólo sea mentalmente de momento, de estos esquemas viejos, desasosegantes, desconsoladores y desesperanzadores en grado superlativo ya que no van a librarse de nada, sólo cambiarán de malvado patrón. El nuevo patrón ni siquiera dejará la posibilidad de poder evolucionar en el futuro y serán, por desgracia, tan progres como lo fueron papa, el abuelo, el bisabuelo el tatarabuelo… ¡Eres el sumun de la progresía, como tu tatarabuelo, los demás son unos carcas! Ya ni siquiera quedará la posibilidad de poder patalear e irás, una y otra vez, vestido de verde, empuñando la tricolor, la estrellada, el banderín de los presos, o lo que sea, porque es lo mismo que hizo el progre de tu bisabuelo.

No hay comentarios: