domingo, 11 de mayo de 2014

LA TRISTEZA

Cuando un Papa habla de laicidad o de sana laicidad, lo hace dirigiéndose siempre a entornos en que el poder político, abierta o solapadamente, persigue a la Iglesia, sólo a la Iglesia. Al hablar de libertad religiosa pasa exactamente lo mismo. El decreto conciliar que habla de este tema, el decreto sobre “la dignidad humana”, no tiene ni una sola referencia a la tradición y, por ello, parece algo nuevo, pero no lo es en absoluto a no ser que la dignidad humana no la refiramos a Dios.

Los tiempos que corren no son otros que los de la traca final de todos los peligros descritos por los papas durante los siglos XIX y XX. Releer las encíclicas de León XIII, San Pío X o Pío XI, por ejemplo, nos hace estar más al día que el último de los ensayos editados en las últimas semanas.

Que la Iglesia tiene sus enemigos está bien claro y no es nada nuevo. Siempre ha tenido enemigos porque siempre ha habido quien se opone a que Dios salve a los hombres. Estos enemigos externos son muy predecibles y no son, en realidad, demasiado preocupantes. O sea, que el laicismo, llamándose de esta manera, o de las demás que ha adoptado a lo largo de la historia, es bien conocido y no va a sorprendernos en modo alguno.