domingo, 11 de mayo de 2014

LA TRISTEZA

Cuando un Papa habla de laicidad o de sana laicidad, lo hace dirigiéndose siempre a entornos en que el poder político, abierta o solapadamente, persigue a la Iglesia, sólo a la Iglesia. Al hablar de libertad religiosa pasa exactamente lo mismo. El decreto conciliar que habla de este tema, el decreto sobre “la dignidad humana”, no tiene ni una sola referencia a la tradición y, por ello, parece algo nuevo, pero no lo es en absoluto a no ser que la dignidad humana no la refiramos a Dios.

Los tiempos que corren no son otros que los de la traca final de todos los peligros descritos por los papas durante los siglos XIX y XX. Releer las encíclicas de León XIII, San Pío X o Pío XI, por ejemplo, nos hace estar más al día que el último de los ensayos editados en las últimas semanas.

Que la Iglesia tiene sus enemigos está bien claro y no es nada nuevo. Siempre ha tenido enemigos porque siempre ha habido quien se opone a que Dios salve a los hombres. Estos enemigos externos son muy predecibles y no son, en realidad, demasiado preocupantes. O sea, que el laicismo, llamándose de esta manera, o de las demás que ha adoptado a lo largo de la historia, es bien conocido y no va a sorprendernos en modo alguno.

Lo que sí es preocupante es la apostasía porque es algo no exterior a la Iglesia sino algo que se produce dentro, el “humo de satanás que ha penetrado en la Iglesia” de que nos hablaba Pablo VI. Y en esta apostasía pueden incluirse desde los casos de pederastia, la jerarquía trepa, el tradicionalismo desobediente e insultante y la abierta herejía progre.

Los enemigos internos y externos, claro, piensan muy parecido y sus mandamientos y modos de actuar pueden nombrarse de otra manera y son los más evidentes, aunque no sea políticamente correcto nombrarlos: se empieza por cualquier tesis judaizante, a veces no percibida por  los protagonistas, la masonería es una de ellas o quizá la más evidente, y se sigue por la tonta protestantización que acaba derivando en liberalismo afrancesado, marxismo, fascismo, nazismo y en todas las variantes producidas a lo largo de los dos últimos siglos cuya descripción es ciertamente cansada y bastante idiota de hacer pues, para lo que nos vale, sobra con resumir todo el tinglado engañabobos en el “destierro de lo sobrenatural y el endiosamiento de la natural”.


Huelga decir, con Chesterton, que lo contrario del catolicismo no es el ateísmo, el islam, el judaísmo… o cualquier otra herejía por el estilo. Lo contrario es la tristeza. Por ello, un católico triste, tiene ya un pie en el estribo de la apostasía. 

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