miércoles, 5 de agosto de 2015

ALGUNAS VARIADAS FORMAS DE HACER EL IDIOTA.

He aquí, todas juntas, las entradas del mes de agosto. Es un leve resumen --con todo-- de lo leído, visto, oído e inventado. Vacaciones, o fiesta, o feria, o como se quiera. Para quien leyere, si queda alguno, será una sorpresa pues anda el mundo demasiado mediatizado ya como para pararse a pensar, aunque sea sencillamente.
Feliz verano.


Suelo pedir muchas veces disculpas por lo que escribo y por lo que digo. Alguno me ha llamado la atención por el título de la entrada anterior y me dicen que no debo insultar. Es verdad, aunque esta es una cuestión que ya creía haber aclarado. Dios me libre de llamar raca a mi prójimo, o idiota, o gilipollas… Es realmente algo de lo más indigno y vuelvo a aclarar que no es lo mismo ser idiota que hacer el idiota. Los primeros tienen mi respeto y mis oraciones, al igual que los segundos que, por supuesto, no se van a librar de mis descripciones. De esto último iba la anterior entrada… y también esta.

A veces recibo correos en los que alguien trata de convencerme de cosas que no han sido nunca verdad, de las que no se puede ni se podrá en absoluto argumentar nada y que llevan la voz cantante en los razonamientos de la mayoría de los ciudadanos. El hecho de que cada vez seamos menos los que defendemos la verdad no quiere decir que, la verdad, vaya a dejar de serlo, ni siquiera aunque la defienda una inteligencia estéril, como la mía. Eso sí, será políticamente incorrecto defenderla y cada vez más peligroso el vivir para quien quiera estar en ella.

Volvamos al tema. Ser idiota es una desgracia, como ya he dicho, y lo único que cabe es nuestro amor y nuestras oraciones, sin embargo hacer el idiota es tan reprensible —cuando no se es, vuelvo a aclarar— que unas buenas voces, a tiempo y a destiempo, nunca están de más.

¿Quiénes hacen el idiota? Ciertamente hay muchos que lo hacen constantemente, incluso sin darse cuenta. Algunos otros lo hacen de vez en cuando y, los menos, rara vez. En otras palabras, que todos hacemos el idiota alguna vez, aunque me da que la pérdida de la razón conlleva también la pérdida del sentido del ridículo.

Si encendemos la tele, leemos los periódicos y revistas de las más diversas especies o nos metemos en eso que laman “redes sociales”, podemos encontrar infinidad de ejemplos de eso que llamamos “hacer el idiota”. Pondré unos ejemplos que se dan continuamente. Algunos pueden ser repetitivos o tocar diversas facetas de un mismo tema.

Hacemos el idiota cuando:

1º- Pensamos que aquello en lo que no creemos no existe, que ni nos va ni nos viene y que, hagamos lo que hagamos, no va a afectarnos en modo alguno. Esta creencia es de idiotas —el modo más seguro de hacer el idiota, digo—, pero cada vez está más extendida.

2º- Hacemos el idiota cuando sacralizamos el consenso y la democracia. Cuando, encima, echamos mano de toda nuestra perspicacia idiotesca  cuando nos persuaden con toda facilidad de que existen “acuerdos felices”, lo que es una contradicción en los términos, un oxímoron. Está bien claro que cambiar lo bueno por algo que se acuerda como pasable —porque algunas mentes no llegan o no quieren llegar— es como echarle una paletada de mierda aun buen pastel. Cuando el príncipe anda por medio no es posible nada bueno porque sólo suele conformarse con cosas malas. Parece que sólo son posibles acuerdos sobre lo malvado cuando sólo debería existir consenso sobre lo bueno.

3º- Cuando hay discriminaciones positivas o negativas a lo único que se llega es a la discriminación positiva de la barbarie.

4º- Cuando admitimos la bioética oficial sin ponerle el apellido de “stalinazi”.

5º- Cuando so capa de tolerancia se admite el pluralismo y la multicultura sin darnos cuenta de que, el príncipe y sus ayudantes, lo único que pretenden hacer con ello no es otra cosa que la destrucción de la Civilización Occidental Cristiana, es decir, la destrucción de la verdad y de la libertad.

6º- Cuando damos y respetamos el turno de palabra a los aburridísimos demagogos, vendedores de crecepelos y de dentaduras usadas en la consunción de millones de diplodocus. Los aguantamos cuando sabemos muchos de nosotros que sólo predican cosas falsas. Acaban siendo tan persistentes porque creen que somos idiotas… y desde luego, lo hacemos. Estarían más calladitos si les hiciéramos saber que no lo somos.

7º- Hace el idiota quien no se sabe elegir, en infinidad de ocasiones, entre la vulgaridad y la soledad.

8º- Cuando nuestro carácter medroso nos hace convertirnos en sociedades silenciosas para no perder la prosperidad, o bienestar, o como quiera llamarse. Parece que las prosperidades, como decía Montaigne,  nos sirven de disciplina e instrucción.

9º- Cuando no nos damos cuenta de que España no es ningún capricho sino fruto de un complejo proceso histórico que la izquierda jamás ha entendido y, mucho menos, digerido. La derecha parece, también, estar enhebrando esas veredas.

10º-Cuando no nos damos cuenta de que el fascismo, o progresismo, o modernismo, o liberalismo, o socialismo, o naturalismo, o como lo queramos llamar no necesita variar un ápice la retórica democrática ni eliminar una sola de la instituciones para acabar robando poco a poco los últimos restos de libertad

11º- Cuando nos percatamos de que se legaliza el delito porque no es políticamente correcto el perseguirlo y no hacemos nada

12º- Cuando el príncipe nos obliga —mediante su persistencia contumaz— a pensar lo mismo que aquel ayudante de Hitler, H. Himmler y el mismo Lenin, que “el cristianismo es la peste más grande que han dado los siglos”. Igualito que cualquier arrapiezo de hoy, cuya ignorancia le lleva a tener la misma opinión que aquellos destacados ayudantes del príncipe.

13º- Cuando pablosiglesias, cayoslaras, curas obreros, sáncheces, madinas… dicen profesar un amor infinito por la sociedad y por la paz y, luego, profesan un odio africano a todos y cada uno de los componentes de esa sociedad.

14º- Cuando nos zampamos las campañas electorales como si fueran otra cosa que una simple operación de embozo.

15º- Cuando nos pasa desapercibido que no luchar contra los vicios públicos —y privados— supone luchar contra las virtudes cívicas y personales.

16º- Cuando no nos percatamos de que la libertad, en principio, es algo privado. No hay constitución que nos haga libres ni nos conceda nada. Nos lo regaló Dios y está inscrito en nuestra naturaleza, por tanto no necesitamos la libertad para ser libres por más que haya un mundo plagado de conseguidores. Sólo es factible la libertad que se basa en la verdad, lo demás es esclavitud y, la de hoy, es de las más horrorosas que vieron los siglos. Cierto es que el hombre es un animal social y político por naturaleza y que la libertad tiende también a ello. Pero si no pudiera ser privada, Sócrates, no hubiera existido.

17º- Cuando pensamos que la democracia y la igualdad tocan todos los ámbitos de la vida de una manera mágica. Que un memo ataviado de rastas y otros adminículos puede igualarse a Mozart mientras toca los atambores. O que un tonto con un spray de pintura es como Cervantes mientras escribe su firma por todas partes… En lo realmente más grande de lo humano no hay democracia sino aristocracia. No hay democracia en la literatura, en la música, en las artes en general, pero tampoco en la valentía, en la autoridad personal —de donde viene la otra—, en la santidad, en la genialidad…

18º- Decía Orwell que la labor que tienen que emprender los intelectuales no es otra que la de volver a enseñar a la gente las cosas más simples, más evidentes. Yo diría los Diez Mandamientos, que parece ser que, ahora, ya no son evidentes y necesarios. Para una mayoría están superadísimos. Cualquier criaturita de 35 años —por poner— piensa que eso de “Amarás a Dios…” ¡Pero si Dios no existe! Que aquello de “honrarás a tu padre y a tu madre…” ¡Será si me hace falta su pensión! Si no al asilo y si dan mucho la lata les sumistraremos una muerte dulce y digna. Y eso de prohibir matar, o robar, o liarse con la vecina, o la codicia, o la mujer del prójimo que también supone despreciar a la propia… ¡A quién se le ocurre! ¿Y santificar las fiestas? ¡Será con una buena jamada o con el botellón!
En fin que, Orwell tenía toda la razón, la duda es si enseñar las evidencias es ya posible. Por ello supone una gran desgracia que algunos ciudadanos tengan que hacerse responsables de la autoestima de una sociedad cada vez más adolescente que, en consecuencia, no es otra cosa que un simple reciclado de valores, o sea, el resultado de revolver la mierda.

19º- Cuando Pablo Iglesias y otros como él nos cuentan idioteces y ni siquiera las discutimos ni nos asombramos:
a) Cuando nos dicen lo mala que es la Iglesia, que reza por ellos y les da de comer cuando pierden las elecciones.
b) Cuando nos dicen lo malísima que es la libertad de mercado de la que disfrutan como cochinos.
c) Cuando despotrican de los americanos cuya defensa de la libertad no hace otra cosa que protegerlos
d) Cuando disparatan sobre la globalización que no tienen ni idea de lo que es.
e) Su odio a Israel, del que nada saben y se comen todos los mandamientos masones y judaicos sin distinguir ni esto ni aquello.
f) Cuando odian a la derecha española cuyos complejos tantas ventajas les da.
g) Podría seguir, pero resumiendo añadiríamos aquí el calentamiento global —cuya mayor anomalía consiste en que pasemos calor en verano y frío en invierno—, la multiculturalidad, la España plural, papeles para todos, el matrimonio igualitario —dicen ahora—, la canonización de los terrorismos, la santificación de la violencia okupa, la justificación de la yihad, más derechos a los animales que a las personas no teniendo ni idea de que sólo el ser humano puede ser objeto de derecho (¡Ah y dicen defender los derechos del toro de lidia intentando llevarlo a la extinción!). 
Tenemos que enterarnos de una vez de que cualquier estructuración de ideas que no admita la aberrante superioridad de la mezcolanza cacumenal analfabeta de esos extorsionadores morales está condenada al fracaso.
Esta forma de hacer el idiota está totalmente convencida de que apedreando establecimientos de comida rápida americana, llenándose el cuerpo de tatuajes y alambres, participando en manifestaciones violentas y demás algaradas callejeras, tocando música de ni se sabe dónde van a acabar con el sistema.
Lo más grave es que creen a pies juntillas que de USA y Corea del Sur salen millones de pateras a Cuba, Venezuela y Corea del Norte. También les parece puro fascismo la excelencia académica y demás lacras propias de arévacos, berones, carpetanos y vetones.
Conciben el cristianismo —muchos cristianos también— como un humanitarismo blandito y, en lontananza vemos a Nuestros Señor liando un látigo que va a empezar a chascar en cualquier momento.


Hacemos el idiota, en conclusión, cuando creemos haber borrado definitivamente el Calvario. Por informar he de decir que no es posible semejante cosa. Antes o después nos veremos obligados a tomar partido —de esto no se va a librar nadie— y sólo tendremos tres caminos posibles que seguir:

-Lavarnos las manos, con Pilatos.
-Tomar la Cruz, como el Cirineo.
-Ahorcarnos, con Judas.

Si hay alguien que con su iPod, iPhone, iMac, iTunes… y demás ciencias parciales --incluso la Enciclopedia-- y otras cosas así, cree que pude zafarse de ese momento culminante no va a hacer otra cosa que el iDiota, porque no hay más.

Iba a terminar aquí, pero he decido no volver a teclear una sola palabra hasta septiembre y, en septiembre, habrán empezado algunas zambras sin cuento en España. Para entonces tendremos que volver a soportar los caprichos infantiloides de Podemos propios de los más grandes crápulas stalinistas, al igual que del PSOE e IU. La derecha seguirá con sus complejos y haciendo cuentas que a los ciudadanos se les escaparán hasta que no logren atar a los perros con longanizas. Ciudadanos y demás minipartidos seguirán dando ora PP, ora PSOE, ora Podemos ni se sabe qué y que sacarán de las alforjas políticas de PP, PSOE, Podemos… alternativamente y para cada cual lo del otro.

La derecha sabe que no hay manera de derrotar ideológicamente a la izquierda. Cuando la izquierda gobierna no hace otra cosa que tonterías, absurdas medidas que tapan el hecho del empobrecimiento y el paro que extienden cual plaga bíblica. Sin embargo, no hay manera de derrotar ideológicamente a la izquierda porque intelectualmente, la izquierda, es el vacío. Cuando cayó el muro se vio con diáfana claridad que no había nada, sólo pobreza y horror. No había, ni hay, ni siquiera cuatro ideas mal trenzadas. Así es que resulta más bien inútil contraponer ideas contra el vacío, un vacío apabullado de frases hechas, de toneladas y toneladas de palabras que más que provocar preguntas tapan las bocas, palabras hueras sólo proferidas para aturdir.

Y con toda esta sandez, con todo el aturdimiento de una sociedad que, cual plastilina biológica, se ha dejado amasar a base de bien, ha dejado de existir el matrimonio —por poner algo de lo mucho que se ha perdido— y el terrorismo se ha convertido en un instrumento político legal. Encima, nuestro tiempo que nos ha tocado vivir, ha mandado al exilio a las almas egregias y sólo se le da derecho y vía libre a la vulgaridad y a la ignorancia más aterradora.

Luego vienen los demagogos hablando y explayándose sobre programas políticos, sociales y culturales presentándolos en nombre del pueblo. Intentan someter al escrutinio electoral de la ciudadanía temas que, en su mayoría, la ciudadanía no entiende y que, que en su integridad, ni siquiera ellos entienden. La única fuente de la verdad es la urna, la mayoría y sanseacabó. Ese va a ser nuestro patíbulo.

“El gran poder de los ignorantes es la mano cruel que ejecuta la sentencia y amordaza a los hombres” (Revelación privada dada a Luz de María de Bonilla, en Chile el 10 de junio de 2012). Es difícil encontrar una descripción más certera de la democracia posmoderna. Independientemente de que creamos o no en este tipo de revelaciones, la frase es redonda y si no ha sido transmitida por Dios muy cerca le anda.

“El gran poder de los ignorantes” es una especie de mecanismo que convierte a la voluntad mayoritaria en instancia suprema. Una vez hecho esto aparece, siempre, un demagogo que habla en su nombre y a los que esos ignorantes dan crédito, todo el crédito. Logran encerrar a la sociedad en el desván de sus errores.

Está claro que la frase denuncia el embuste que se esconde hoy tras el sufragio universal: una masa de voluntades que se creen soberanas mientras en realidad actúan al dictado de la adulteración más refinada de la historia.

El sufragio como simple trámite necesario de ratificación de programas ajenos a su “conocimiento” —“ignorantes responsables”— en la medida en que conocen la perversidad de las aberraciones que legitiman con sus votos; pero absolutamente descuidados, porque se les ocultan las consecuencia finales, mortíferas para ellos mismos.

Ese gran poder otorgado a los ignorantes se transformaría, así, “en la mano cruel que ejecuta la sentencia”, porque prestar cobertura institucional a los enemigos del género humano estaría precipitando la purificación de la humanidad. La sumisión al mal que se hace en nombre del argumento inapelable de la democracia está empujando a la humanidad hacia situaciones de una gravedad y un dolor sin precedentes.

Todos caminamos erguidos, dignos y soberbios dada la autosuficiencia impuesta por la falsificación cultural que padecemos. Las dos grandes ignorancias de nuestro tiempo no son otras que la del amor de Cristo y la ignorancia del pecado. Con esas dos ignorancias se engaña a la humanidad haciéndola creer que puede seguir su marcha sin contar con Dios y sin que ello tenga consecuencias devastadoras. La ignorancia del Amor de Cristo es la verdadera mano cruel que ejecuta la sentencia. Muchos ya lo están viviendo en sus propias carnes aunque no se den cuenta de ello.

Pero damos infinitamente más crédito a los analfabetos de la democracia universal, a coletudos quintaesenciados de fárrago.

La modernidad más que negar a Dios niega, sobre todo, su presencia en el mundo, su gracia operante. Y si en algún modo lo detecta trata de expulsarlo como sea, y lo hace con un odio de una intensidad jamás visto.

El diablo también habla y entre las reglas que le dictó a Aleister Crowley destacan:

1º- “Haz lo que quieras. Esta será tu ley.
2º- No hay otro dios fuera del hombre.

Luego le comunicó a Anton La Vey lo de “dinero, sexo y poder”. “Masonería. Iluminati, sin Dios”.